una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
NovelToon tiene autorización de Andreiina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: El peso de la ternura
El llanto de un recién nacido tiene la capacidad de reordenar el universo, o al menos, de demoler las estructuras de cristal que uno ha tardado años en construir. Para Maximiliano, el nacimiento de Valeria no fue el estallido de júbilo que los manuales de paternidad describían, sino una revelación silenciosa y aterradora.
Sucedió un martes de lluvia torrencial, mientras los indicadores de su empresa comercial mostraban su primer trimestre de ganancias exponenciales. Solangel, fiel a su naturaleza, había programado la cesárea con la misma precisión con la que organizaba una auditoría.
Entró al quirófano con el cabello perfectamente recogido y salió de él, horas después, entregándole a Maximiliano un bulto pequeño envuelto en mantas de algodón egipcio.
—Se parece a ti —susurró Solangel, con la voz debilitada por la anestesia pero manteniendo esa serenidad administrativa que la caracterizaba—. Tiene tu determinación en la mirada, Maximiliano.
Él tomó a la niña en brazos. Pesaba poco, casi nada, y sin embargo sintió que sus hombros se hundían bajo un peso de mil toneladas.
Al mirar los ojos vidriosos de Valeria, Maximiliano no vio solo a una hija; vio un ancla. Vio la razón definitiva por la cual su vida ya no le pertenecía. Vio el sello de cera roja sobre el contrato de su matrimonio con Solangel.
A partir de ese día, la monotonía de su hogar cambió de frecuencia, pero no de esencia. El silencio del mármol fue reemplazado por el sonido rítmico de los extractores de leche, el susurro de la niñera que contrataron para las noches y el tecleo incesante de Solangel, quien apenas un mes después del parto ya estaba revisando balances financieros desde la cama, con la misma eficiencia de siempre.
—La guardería que seleccioné tiene el mejor currículo de estimulación temprana del sector —comentó Solangel una tarde, mientras amamantaba a Valeria sin despegar la vista de su tablet—.
He organizado sus vacunas y sus citas pediátricas en el calendario compartido. Maximiliano, necesito que bloquees los jueves por la tarde; la pediatra dice que es importante que ambos estemos presentes.
—Lo haré, Sol —respondió él, observando a su esposa.
La admiraba. Realmente lo hacía. Solangel era una máquina de eficacia, una mujer que no se permitía quebrarse, que administraba la maternidad como si fuera una nueva sucursal de su firma.
Pero al mirarla, Maximiliano sentía una soledad abrumadora. No había espacio para el caos, para el miedo o para la pasión desordenada. Todo era un proyecto bien ejecutado.
Su empresa, mientras tanto, se convertía en un monstruo que demandaba cada segundo de su energía. Maximiliano se encontraba a menudo viajando, cerrando tratos en salas de juntas de techos altos, rodeado de hombres que, al igual que él, usaban el éxito como un escudo contra la vacuidad de sus vidas privadas.
Una noche, al regresar de un viaje de negocios en el extranjero, encontró la casa en penumbras. Valeria tenía ya seis meses. Maximiliano caminó hasta la habitación de la niña y se quedó de pie junto a la cuna. La pequeña dormía con un puño cerrado cerca de su mejilla.
En ese momento, una oleada de ternura lo golpeó con la fuerza de un naufragio. Amaba a esa criatura con una desesperación que lo asustaba. Pero era un amor que venía acompañado de una sentencia: por ella, harás lo que sea necesario. Por ella, mantendrás esta farsa de perfección hasta el final.
Esa misma noche, Solangel apareció en el umbral de la puerta.
—¿Cómo fue el cierre en la capital? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—Bien. Ganamos la licitación —respondió él sin apartar la vista de Valeria.
—Eso es excelente para el fondo universitario que le abrimos a la niña. Estamos construyendo algo sólido, Maximiliano. Pocas parejas logran este nivel de estabilidad tan rápido.
Él asintió mecánicamente.
—Sí. Somos muy afortunados, Sol.
Pero la palabra "afortunados" le supo a ceniza. Se sentía como un actor que había olvidado que estaba interpretando una obra.
Se sentía como si estuviera esperando un evento, una señal, algo que le recordara que su corazón todavía era capaz de latir por algo más que por el cumplimiento de un deber.
Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, Elizabeth seguía viviendo su vida de "casi".
Casi terminaba su carrera, casi compraban la casa, casi eran felices. Ella y Adam seguían siendo el refugio del otro, pero la pobreza y el cansancio empezaban a erosionar la paciencia de Adam.
El contraste era cruel: Maximiliano tenía todo el dinero del mundo y ninguna pasión; Elizabeth tenía toda la entrega del mundo y ninguna seguridad.
El destino, que se mueve con la paciencia de un cazador, comenzó a estrechar el cerco.
Un viernes por la mañana, Maximiliano recibió una llamada de su departamento de marketing.
Necesitaban contratar a una editorial externa para el lanzamiento de la nueva imagen de la empresa comercial. Querían a alguien con una visión fresca, alguien que no estuviera contaminado por el cinismo del mundo corporativo.
—Hay una pequeña editorial que está haciendo cosas interesantes —le dijo su asistente—. Tienen a una editora joven, muy talentosa, que se encarga de los proyectos especiales. Se llama Elizabeth.
Maximiliano, con el teléfono apretado entre el hombro y la oreja mientras firmaba un cheque para la nueva póliza de seguros de Valeria, apenas prestó atención al nombre.
—Organiza una reunión para el lunes —dijo con voz plana—. Dile que venga a mi oficina a las diez.
Colgó el teléfono y miró la fotografía que tenía sobre su escritorio: Solangel sonriendo con Valeria en brazos el día del bautizo. Era una imagen perfecta.
Era la imagen de un hombre que lo tenía todo bajo control.
Maximiliano no sabía que ese lunes, a las diez de la mañana, su control se evaporaría como el rocío bajo un sol abrasador. No sabía que la mujer que entraría por esa puerta sería la única capaz de ver al hombre real que se escondía detrás del empresario exitoso, y que sería ella quien, años después, le arrancaría la promesa más dolorosa de su vida: la de elegir a la niña de la cuna y a la mujer del calendario por encima de su propia felicidad.
Aquel viernes, Maximiliano simplemente se ajustó el nudo de la corbata, ignorando el leve temblor de sus manos, y siguió administrando su propia inexistencia.