Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 22
No conozco a ningún Mendoza. Camino hacia la recepción con las piernas de plomo. Al llegar, veo a un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje demasiado llamativo para este bufete. Me sonríe de una forma que me revuelve el estómago.
—¿Alicia Vázquez? —pregunta, escaneándome de arriba abajo con una familiaridad insultante—. Te pareces mucho a tu padre, pero tienes algo... diferente. Un brillo que no encaja con este mármol.
—¿Lo conozco, Sr. Mendoza? —mi voz es un muro de hielo.
—Quizás. He estado en muchos lugares últimamente. Lugares con mucha luz... y lugares con muy poca. Me pareció verte el otro día cerca de la zona industrial. Llevabas un coche muy bonito, pero juraría que el pelo te brillaba de otra manera bajo las farolas.
El mundo se inclina. Siento un pitido agudo en los oídos. Este hombre estuvo en el club. O me vio salir. O me está cazando.
—Se equivoca de persona —respondo, manteniendo la mirada fija a pesar de que quiero salir corriendo—. No frecuento esa zona. Si me disculpa, tengo una reunión.
Me doy la vuelta sin esperar respuesta. Al entrar en mi despacho, cierro la puerta y me hundo en la silla. Mis manos están empapadas de sudor. La brecha ya no es una teoría; es un hombre con nombre y apellido que sabe quién soy. O que está muy cerca de saberlo.
El viernes llega como una condena a muerte y un indulto al mismo tiempo. El miedo a ser descubierta es atroz, pero la necesidad de estar con Él es superior a cualquier instinto de conservación.
Llego a Anónimos conduciendo un coche de alquiler que recogí por la tarde. He dejado el mío en un parking a tres kilómetros. He cambiado mi ruta tres veces. La peluca roja descansa en el asiento del copiloto, esperándome. Al ponérmela, siento que me pongo un chaleco antibalas de seda.
Entro en la 402. Él está de pie, pero esta vez no mira por la ventana. Está frente a la puerta, como si hubiera estado contando mis pasos desde el callejón.
En cuanto cierro la puerta, me lanza contra ella. Sus manos, grandes y seguras, se estrellan contra la madera a ambos lados de mi cabeza, encerrándome. Su aliento, cargado de sándalo y una impaciencia feroz, me golpea el rostro.
—Estás aterrorizada —dice él. Su voz es una vibración que siento en el pecho—. Puedo oler tu miedo desde aquí.
—Me han encontrado —susurro, y las lágrimas que he estado conteniendo durante dos días empiezan a resbalar por debajo de mi máscara de encaje—. Un hombre vino al bufete. Me habló de la zona industrial. Me habló de mi pelo.
Él suelta un gruñido animal y hunde su rostro en mi cuello, apretando su cuerpo contra el mío con una fuerza que me quita el aire. Sus manos bajan por mis brazos, apretando mis muñecas, buscando mi pulso.
—Nadie te va a tocar —sentencia, y hay una oscuridad en su tono que me dice que él también está luchando sus propias batallas externas—. Si ese hombre vuelve, si alguien más te mira de esa forma, dímelo. No importa quién sea. Lo haré desaparecer de tu vida.
Me abraza con una desesperación que trasciende lo erótico. Es una posesión absoluta. Sus dedos largos se enredan en mi pelo rojo, tirando suavemente hacia atrás para obligarme a mirarlo a través de la penumbra.
—No quiero que este sea el final —confieso entre sollozos—. No quiero que el mundo nos robe esto.
—No lo hará —responde él, y me besa con una violencia hambrienta.
La sensualidad de esta noche es salvaje. Nos desvestimos con una prisa que ignora los botones y las cremalleras. Necesitamos el contacto de la piel como si fuera la única medicina contra el veneno de afuera. Me tumba en la cama y se sitúa entre mis piernas, sujetando mis manos con una sola de las suyas por encima de mi cabeza.
Me fijo en el detalle de sus nudillos blancos por el esfuerzo, en la forma en que sus venas se marcan en su antebrazo. Su pulso es lo único que me ancla a la realidad. En la oscuridad de la habitación 402, el sexo se convierte en un acto de resistencia. Cada gemido es una protesta contra el bufete, contra mi padre y contra el tal Mendoza.
Sus manos exploran mi cuerpo con una voracidad que me deja sin aliento. Sus dedos encuentran mis puntos más sensibles con una precisión que me hace arquear la espalda y gritar su "nombre" imaginario. La tensión sexual acumulada por el miedo estalla en una descarga eléctrica que nos deja a ambos exhaustos, temblando en mitad de las sábanas de seda.
—Pase lo que pase —murmura él, mientras me abraza por la espalda, envolviéndome en su calor—, no dejes de venir. Si dejas de venir, me apagaré.
—No puedo dejarte —respondo, cerrando los ojos—. Pero tengo miedo de que el nudo en mi garganta termine por asfixiarme.
Nos quedamos allí, protegidos por las sombras, mientras el reloj avanza hacia el amanecer. La grieta en la máscara se ha convertido en un incendio, y ambos sabemos que el próximo viernes será el juicio final de este bloque. Pero por ahora, mientras sus manos acarician mi vientre en la oscuridad, elijo el fuego sobre el gris.
El reloj de mi oficina marca las siete de la tarde de un viernes que se siente como el preludio de una ejecución. He pasado el día encerrado en reuniones de directorio, moviendo cifras que no me importan y estrechando manos que me resultan extrañas. Pero en mi cabeza, solo resuenan las palabras que ella me susurró la semana pasada: "Me han encontrado".
Esa frase ha estado royendo mi cordura durante siete días.
Me miro las manos mientras espero el ascensor. Son manos que el mundo conoce por su capacidad de cerrar tratos y construir imperios, pero que solo ella conoce por la forma en que tiemblan cuando su piel toca la mía. Hoy, esas manos están cerradas en puños. No permitiré que nadie le arrebate su refugio. No permitiré que nadie la asuste.
Salgo del edificio corporativo y no me dirijo a mi coche habitual. Uso el de repuesto, el que nadie asocia con mi apellido. Manejo hacia la zona industrial con los ojos clavados en el retrovisor. Mi propia paranoia se ha vuelto un arma afilada. He contratado seguridad privada para los alrededores del club, hombres que no hacen preguntas y que solo responden ante mi chequera. Si ese tal "Mendoza" o cualquier otro buitre intenta acecharla, se encontrará con un muro de hormigón.