A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 28
—Empecemos por el principio: ¿dónde te imaginas exactamente tu boda?
—Sé que mi hermano debe de haberte contado lo que viví. —Asentí levemente y la miré con cariño; no sentía lástima, sino respeto por su historia y por todo lo que pasó y enfrentó sola—. Por eso mismo no me sentiría cómoda en una iglesia; sé que no fue culpa mía, pero es algo mío, y no soportaría entrar a una iglesia vestida de novia.
—No voy a intentar cambiar tu forma de pensar, linda, sé que llevará tiempo hasta que las heridas empiecen a cicatrizar, y aun cicatrizadas todavía podrán doler. Pero entonces, ¿qué te parece una boda en un jardín bonito? —Se le iluminaron los ojos.
—Cuando era niña, mi madre decía que desde chica siempre soñó con casarse en un jardín florido. Sería hermoso cumplir su sueño; así sería como si ella estuviera conmigo. —Esbozó una sonrisa encantadora, como soñando con aquello, y por primera vez la vi entusiasmada con ese momento.
—Me encantó. Déjamelo a mí, que tengo una idea maravillosa.
—¿Qué idea es esa?
—Mira aquí, ¿qué me dices de estos jardines y casas para la ceremonia? Así tenemos un lugar donde tú y las madrinas puedan prepararse. —Le mostré varias casas con jardines maravillosos, sin que ella supiera que mi idea era elegir la casa donde van a vivir. Así, cuando llegue la boda, será en su propia casa. ¿Ves? ¿Quién dijo que no se puede ser psicópata y romántica al mismo tiempo?
Seguimos mirando casas un buen rato hasta que elegimos una que, sinceramente, no elegiría mejor. La casa tenía tres habitaciones, comedor, cocina, sala de estar, cuatro baños, una zona de esparcimiento maravillosa y un jardín espectacular e inmenso. En serio, qué casa perfecta.
Aunque a Joana no le gustara la idea de gastar, veía cómo le brillaban los ojos al imaginar una boda en aquel jardín, y cuánto le pareció hermoso todo, así que, claro que la voy a comprar y queda como mi regalo de bodas para los dos. Cierto que quien va a pagar es mi hermano, pero yo trabajo para él y no cobro sueldo, así que no puede quejarse de mis gastos excesivos; y es para complacer a su prometida, así que ay de él si se atreve a molestarme.
Joana y yo pasamos horas frente a la computadora y, cuando me di cuenta, ya era tarde, así que decidí ir a mi cuarto a bañarme y arreglarme para cenar. Renzo me mandó un mensaje diciendo que viene a cenar con nosotros y, aunque todavía no tengamos nada oficialmente, siento un cosquilleo en la panza de solo saber que viene.
Decidí que necesitaba relajarme, así que voy a empezar por mi baño premium. Velas aromáticas, una tina con sales de baño, música tranquila y un libro maravilloso, porque si hay algo que amo es leer, y más aún libros de terror o suspenso, son mi pasión.
Mientras se llenaba la tina, me fui quitando la ropa; aproveché y dejé todo lo que iba a necesitar después en la ducha. Mis productos de belleza, mi exfoliante, la mascarilla hidratante. Quiero salir de esta tina y darme un baño en condiciones; creo que, después del día de hoy, de verdad lo necesito.
Puse una música bajita, sin letra, solo un toque suave para relajarme. Sé que es raro leer con música, pero me encanta; para mí es como mi sonido de ambiente.
* * *
Después de aquel baño delicioso me pasé crema por el cuerpo y estaba terminando de vestirme cuando Renzo irrumpió en mi cuarto. Di un salto y ya iba a sacar un arma que guardo en el cajón cuando vi que era él.
—¿Te volviste loco? ¿Cómo entras aquí así? ¿Y si alguien te ve irrumpiendo en mi cuarto, loco?
—Sí que me estoy volviendo loco, loco por esconder lo que hicimos, loco por saber que vas a casarte, loco de solo imaginar que alguien toque lo que es mío. —Parecía trastornado como no lo veía en mucho tiempo, pero confieso que la parte en que dijo que yo era suya me hizo saltar el corazón.
—Oye, tranquilo, todo va a estar bien.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila con todo esto? Carajo, estoy perdiendo la cabeza. Por lo general lo tengo todo bajo control, hago mis tareas sin problema, me ocupo de los soldados, ejecuto mis misiones a la perfección, pero cuando el tema eres tú quedo como un idiota perdido. —No aguanté y me reí, haciéndolo fruncir el ceño.
—Parece que fui la única con el valor de admitir lo que sentía, aunque tú sientas lo mismo.
—Carajo, Beatriz, huí de ti desde el final de tu adolescencia, cuando ya casi eras mayor de edad. Sabía que lo que sentía no eran celos de hermano y que tenía que evitarlo al máximo, pero ahora, después de tenerte en mis brazos, ni de coña dejo que otro te toque. Si fuera antes, ya no sé si lo permitiría. —Se acercó rápido, aplastándome contra la cómoda del cuarto—. Eres mía, carajo.
Renzo me besó, un beso intenso, un beso que me incendiaba el cuerpo entero y me hacía perder el rumbo. Pero despegué sus labios de los míos para hablar.
—Estás equivocado, querido; yo soy mía, y no pertenezco ni pertenceré jamás a ningún hombre. Conmigo no existe eso de "detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer"; conmigo o es lado a lado o no hay trato. —Me miró distinto, hasta le brillaban los ojos.
—Carajo, cómo amo esa determinación tuya. Mierda, Beatriz, cómo pude enamorarme de ti, carajo. —Todavía estaba muy cerca, y ahora me colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja mientras el pulgar me acariciaba el rostro.
—Tenemos que hablar en serio. —dije apartándome un poco—. Renzo, sabía lo que hacía cuando me acosté contigo, y cuando arruiné la maldita boda, aunque nadie lo sepa todavía. Pero también sabía que caería sola. Jamás voy a contar quién estuvo conmigo, jamás voy a dejar que te traten como traidor.
—Y una mierda, si tú caes, yo caigo contigo. —Carajo, ahora fue mi turno de derretirme entera; rayos, uno no manda en el corazón.