Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 1. La esposa que lo daba todo
Catalina
El olor a café recién preparado llenaba nuestra pequeña cocina mientras observaba a Rubén dormir a través de la puerta entreabierta de nuestra habitación.
Eran las seis de la mañana y yo llevaba varias horas despierta. El embarazo me había quitado el sueño, pero también me había regalado una felicidad que no podía explicar con palabras.
Me acaricié el vientre, todavía pequeño, y sonreí.
—Buenos días, mi amorcito —susurré, mirando hacia abajo—. Mamá te está esperando.
Desde la sala llegó la voz de Mateo, nuestro hijo de cinco años.
—¡Mamá! ¿Dónde está mi uniforme?
—En la silla, cariño. Ven a desayunar.
Mateo apareció corriendo, con el cabello despeinado y una sonrisa enorme.
—¿Papá me va a llevar hoy al colegio?
Miré hacia el dormitorio.
—Si se despierta a tiempo, sí.
Mi esposo llevaba varios días distante. Ya no me abrazaba al llegar a casa, apenas me preguntaba cómo me sentía y pasaba largas horas mirando su teléfono.
Yo había intentado convencerme de que solo estaba cansado.
Rubén trabajaba demasiado. Tenía responsabilidades, reuniones y problemas que no siempre compartía conmigo. Yo, como su esposa, había aprendido a comprender sus silencios.
O al menos eso creía.
—Mamá, ¿por qué papá ya no juega conmigo? —preguntó Mateo mientras untaba mantequilla en una tostada.
La pregunta me dolió más de lo que quise admitir.
—Papá está cansado, mi vida. Pero te quiere mucho.
Pronuncié aquellas palabras con seguridad, aunque en el fondo necesitaba escucharlas yo misma.
Cuando Rubén finalmente salió de la habitación, llevaba una camisa blanca perfectamente planchada y el ceño fruncido.
—El desayuno está listo —le dije con una sonrisa.
—No tengo tiempo, Catalina.
Dejó las llaves sobre la mesa y revisó su teléfono.
—¿Ni siquiera vas a sentarte cinco minutos? —pregunté.
—Te dije que no tengo tiempo.
Mateo bajó la mirada.
Yo respiré profundamente.
—Anoche te esperé para cenar.
Rubén levantó los ojos hacia mí.
—No empieces, Catalina. Tengo demasiados problemas.
—Solo quería saber si estabas bien.
—Estoy perfectamente bien.
Su respuesta fue fría. Tan fría que sentí un nudo en la garganta.
Me acerqué para acomodarle el cuello de la camisa, como había hecho tantas veces durante nuestros siete años de matrimonio. Él retrocedió.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Pero me hirió.
—¿Qué te pasa? —pregunté en voz baja.
Rubén tomó sus llaves.
—Nada. Solo necesito espacio.
Mateo corrió hacia él antes de que saliera.
—¡Papá, dame un abrazo!
Rubén se quedó quieto unos segundos. Después, se inclinó y abrazó a nuestro hijo.
—Pórtate bien, campeón.
—¿Vas a volver temprano?
—No lo sé.
Lo vi salir por la puerta sin despedirse de mí.
Me quedé inmóvil, con una mano sobre mi vientre y la otra apoyada en la mesa.
Había algo diferente en él.
Algo que no sabía nombrar.
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Rubén
Mientras conducía hacia la oficina, el teléfono vibró sobre el asiento del copiloto.
Un mensaje de Valeria.
«¿Cuándo vas a dejar de fingir que ese matrimonio todavía significa algo para ti?»
Apreté la mandíbula.
No quería pensar en Catalina. No quería pensar en sus ojos cansados, en su embarazo ni en las veces que me había esperado despierta.
Quería pensar en Valeria.
En su risa. En sus palabras. En la vida que me prometía cuando estábamos juntos.
Catalina era una buena mujer. Demasiado buena, quizá. Siempre estaba pendiente de mí, de la casa, de Mateo y de ese bebé que venía en camino.
Pero yo sentía que mi vida se había convertido en una rutina.
Y Valeria me hacía sentir diferente.
—¿Vas a dejarla? —me había preguntado ella la noche anterior.
No le había respondido.
Porque, aunque no quisiera admitirlo, todavía había algo que me ataba a Catalina.
Tal vez era la costumbre.
Tal vez era la culpa.
O tal vez era el miedo de convertirme en el villano de mi propia historia.
El teléfono volvió a vibrar.
«Te estoy esperando. Necesito que tomes una decisión, Rubén.»
Estacioné frente al edificio donde trabajaba y cerré los ojos.
Durante siete años, Catalina había sido mi hogar.
Pero yo ya no estaba seguro de querer seguir viviendo en él.
Y, sin saberlo, estaba a punto de destruirlo todo.
🙊a hora cual será el misterio