Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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28
Adrián y su familia seguían haciendo todo lo posible para que Camila volviera con ellos y así quedarse con el dinero de la venta de la casa.
Ese día, Adrián se apostó a propósito en la calle donde una vez había visto pasar a Camila. Su fracaso intentando llevársela por la fuerza desde la oficina lo había empujado a buscar otra estrategia.
—Tengo que lograr que Camila regrese. Mi mamá y Valeria la están pasando muy mal. Tienen que hacer todo ellas solas. Camila es mi esposa y su obligación es servir a mi familia —murmuró para sí.
Le resultaba intolerable que Camila hubiera conseguido un buen trabajo en una empresa importante. Siempre la había visto como una mujer ignorante, útil solo para ser la sirvienta gratuita de su familia. Se le olvidaba que, antes de casarse con él, Camila ya tenía un puesto destacado en esa empresa.
—Camila no debe trabajar. Tiene que quedarse en la casa atendiendo a mi familia. Si conoce el mundo de afuera, se va a volver más rebelde —se dijo en voz baja.
Con paciencia, esperó a que el auto de Camila pasara por ahí. Y su corazonada fue acertada. Después de un buen rato, vio el vehículo que conducía Camila cruzar frente a él.
—Ahora sí, Camila. Ya no te me escapas —murmuró con una sonrisa.
La siguió de cerca. Conocía ese auto perfectamente: durante los últimos tres años había sido él quien lo usaba. Aunque Camila lo había comprado antes de casarse, después de la boda fueron Adrián y su familia los que se lo apropiaron.
El auto de Camila entró a un complejo de departamentos de lujo. Adrián se quedó helado. No podía creer que Camila viviera en un lugar así mientras él y su familia se pudrían en una casa que se caía a pedazos.
—Desgraciada. Vives en un lugar así de lujoso mientras mi familia y yo estamos en esa ruina —apretó los puños.
Dejó su moto vieja estacionada del otro lado de la calle y entró a pie al complejo. No tenía idea de en qué piso ni en qué departamento vivía Camila.
—¿Cómo puede vivir en un sitio como este? Sus papás allá en el pueblo no tienen dinero. ¿De dónde sacó para pagar la renta aquí? Seguro se hizo amante de alguien. Maldita Camila, con razón se fue. Tiene otro hombre —masculló, furioso.
—¿Cómo voy a encontrar su departamento? No puedo ir tocando puerta por puerta. No sé ni en qué piso vive ni qué número es —se frotó las sienes.
Pensó un buen rato. Esta vez no podía fallar. Ya había fallado en la oficina, pero ahora no. Se acercó a la administración del edificio y puso en marcha su plan. Preguntaría en qué piso vivía Camila.
—Buenas noches. Busco a mi esposa, que vive aquí. Pero no sé en qué piso ni en qué departamento está. ¿Podría ayudarme? —le dijo a la encargada.
La mujer lo miró con desconfianza. Le parecía extraño que alguien dijera ser el esposo de una residente y no supiera ni dónde vivía.
—¿Está seguro de que su esposa vive aquí? —le preguntó.
—Sí, señora.
—Siendo su esposo, es raro que no sepa en qué piso y en qué departamento vive.
—Ella se mudó hace como un mes, cuando yo estaba fuera de la ciudad —improvisó Adrián.
—¿Cómo se llama su esposa?
—Camila Herrera.
—Bien, señor. Espere un momento, voy a verificar.
La encargada abrió su computadora y buscó el nombre. Lo encontró, pero las normas del edificio eran claras: no podía revelar esa información a personas ajenas. Era una medida de seguridad para los residentes y propietarios.
—Disculpe, ¿podría mostrarme una identificación?
Adrián sacó su credencial de la cartera y se la entregó.
—Aquí tiene.
—Señor Adrián, espere un momento. Vamos a comunicarnos con la señora Camila.
Adrián no tuvo más remedio que esperar. La encargada llamó a Camila por teléfono.
Camila acababa de llegar a su departamento y se disponía a preparar la cena. Le extrañó ver en la pantalla el número de la administración del edificio.
—Buenas noches, señora Camila —escuchó al contestar.
—Buenas noches.
—Disculpe la molestia a esta hora. Aquí abajo hay un hombre que dice ser su esposo. Quiere verla y preguntó por su departamento. Por eso nos comunicamos con usted para confirmarlo.
—¿Podría decirme cómo se llama? —preguntó Camila para asegurarse.
—Dice llamarse Adrián.
—Discúlpeme, pero no quiero recibir visitas en este momento. Dígale que se vaya, por favor.
—Entendido, señora Camila. Buenas noches y que descanse.
Camila soltó un suspiro largo. Sabía que este drama no iba a terminar fácilmente. Adrián y su familia jamás la dejarían en paz. Tenía que encontrar la forma de frenarlos de una vez por todas.
—¿Qué voy a hacer? Estoy segura de que en cualquier momento Adrián va a armar un escándalo aquí abajo —murmuró con inquietud.