En las calles vibrantes, pero peligrosas de Medellín, Zaira, una joven brillante y luchadora de 25 años, está a tres semestres de alcanzar su sueño de graduarse. Sin embargo, la pobreza amenaza con arrebatarle su futuro. En un intento desesperado, accede a acompañar a su mejor amiga a un club exclusivo, sin imaginar que sería una trampa.
Allí, en medio de luces tenues y promesas vacías, se cruza con Leonardo Santos, un hombre de 49 años, magnate de negocios oscuros, atormentado por el asesinato de su esposa e hijo. Una noche de pasión los une irremediablemente, arrastrándola a un mundo donde el amor es un riesgo y cada caricia puede costar la vida.
Mientras Zaira lucha entre su moral, su deseo y el peligro que representa Leonardo, enemigos del pasado resurgen, dispuestos a acabar con ella para herir al implacable mafioso.
Traiciones, secretos, alianzas prohibidas y un amor que desafía la muerte.
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Capitulo 27
La mañana llegó sin que Leonardo hubiera dormido más de dos horas. El sol se filtraba por las enormes ventanas de su ático, pero la luz no traía calma. Solo un nuevo día cargado de decisiones. Caminó descalzo sobre el suelo de madera pulida hasta la cafetera, la encendió sin pensarlo, mecánicamente, y apoyó ambos brazos sobre la barra de granito. Su teléfono seguía en silencio.
Zaira no había llamado.
Y aunque le ardía la impaciencia por dentro, se obligó a respetar su decisión. Nada de buscarla, nada de investigar. Si quiere hablar, lo hará. Si no... lo entenderé.
Tomó su café negro sin azúcar, dejando que la amargura le despertara los sentidos. Vestido con una camisa de lino blanca, abierta en el pecho, y pantalones oscuros, salió al balcón a fumar. La brisa de la mañana era fresca, pero no lograba calmarlo. El humo del cigarro se enroscaba entre sus dedos mientras sus ojos se perdían en la ciudad que comenzaba a latir.
Su teléfono vibró.
Era Marcelo.
—¿Sí? —dijo sin miramientos.
—Jefe. Tenemos a uno de los tipos que vigilaba la bodega en la zona portuaria. Lo atrapamos esta madrugada. Está en la nave vieja de La Curva. ¿Qué quiere que hagamos?
Leonardo se enderezó, los ojos se le encendieron con una chispa oscura.
—Voy para allá. Que lo amarren bien. Quiero verlo en persona.
Colgó.
La nave industrial se alzaba como un esqueleto oxidado en medio de un terreno baldío. Afuera, la grava crujía bajo las llantas del Mercedes negro de Leonardo. Se bajó sin esperar a que nadie le abriera la puerta, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y la mirada convertida en cuchillas.
Dentro, la luz entraba por los ventanales rotos, dejando haces de claridad polvorienta que cruzaban el aire cargado de aceite, humedad y óxido. El olor a encierro, a metal caliente, le recordaba viejos tiempos. A su alrededor, tres hombres de su confianza custodiaban a un tipo atado a una silla metálica, con la cara ensangrentada y los labios hinchados.
—¿Este es? —preguntó Leonardo sin levantar la voz, su tono helaba más que un grito.
—Sí, jefe. Lo vimos rondando los contenedores dos noches seguidas. Ayer lo siguieron los chicos hasta una bodega abandonada, y esta madrugada lo atraparon. No quiere hablar.
Leonardo se acercó al hombre. Lo observó detenidamente. Rostro flaco, ojos inyectados, olor a miedo.
—¿Quién te envió? —preguntó con una calma que dolía.
El hombre escupió sangre en el suelo y desvió la mirada.
—No sé de qué me habla...
Leonardo soltó una risa seca.
—¿No sabes?
De un movimiento rápido, le propinó un puñetazo directo a la mandíbula. El sonido del impacto retumbó en el silencio de la nave. El tipo se quejó, sacudiendo la cabeza. Leonardo caminó alrededor de él como un depredador cansado.
—Estoy de buen humor hoy. Así que te voy a dar una segunda oportunidad. ¿Quién te envió?
—Ya le dije que no sé... —balbuceó, con voz quebrada.
Leonardo chasqueó la lengua, fastidiado. Se volvió hacia uno de sus hombres y extendió la mano. El hombre le pasó una pequeña navaja de hoja curva, limpia. Brilló bajo la luz sucia que caía del techo.
—No te preocupes, solo será un mensaje.
El prisionero empezó a temblar, forcejeando inútilmente.
—¡No, no, no! ¡Espere! ¡No sé nada! ¡Se lo juro!
Pero Leonardo ya le había sujetado la mano izquierda. Y sin perder más tiempo, apoyó la hoja contra el dedo meñique y presionó.
El alarido del hombre rompió la quietud como un vidrio estallando. La sangre salpicó la silla, el suelo, las botas de Leonardo. El dedo cayó al cemento con un sonido húmedo.
Leonardo retrocedió un paso, lo observó jadeando, conteniendo la furia.
—Dile a tu jefe —dijo, la voz baja, firme, implacable— que la próxima vez no le corto un dedo. Le arranco el alma. Y que si vuelve a acercarse a mi mercancía, no quedará nadie para enterrar su cuerpo.
Levantó la vista hacia Marcelo.
—Suelten a este bastardo. Que se vaya caminando. Si puede.
Minutos después, mientras se lavaba las manos en el lavabo oxidado de una habitación trasera, Leonardo miró su reflejo en el espejo cuarteado.
Había sangre bajo sus uñas. En sus muñecas. En su alma.
Inspiró hondo. Cerró los ojos.
Zaira nunca debe ver esto, pensó. Nunca debe conocer esta parte de mí.
Porque por primera vez en años, deseaba ser mejor. No por negocios. No por respeto. Si no por ella. Porque si volvía a tenerla frente a frente, quería que lo viera con otros ojos. Con dignidad. Con el valor de enfrentar sus sombras.
Dejó la navaja sobre el lavamanos. Su rostro endurecido volvió a apaciguarse. Esta guerra no había terminado.
La oscuridad aún cubría el cielo cuando Zaira abrió los ojos. El reloj sobre la mesa marcaba las 3:42 a.m.
Había tenido un sueño difuso, lleno de sombras y murmullos. El aire en su habitación era denso, pero a ella le corría un frío incómodo por la espalda. Se sentó en la cama, con el camisón de satén pegado a la piel y las piernas dobladas, tratando de calmar el extraño temblor que sentía en el pecho.
Instintivamente, estiró la mano y tomó el teléfono.
Una notificación.. Un mensaje de voz de Leonardo.
Sus dedos se detuvieron sobre la pantalla. Por un instante, su corazón golpeó más fuerte.
No había texto, solo la nota de audio.
Duraba veintisiete segundos.
Su garganta se cerró un poco. Dudó. Luego respiró hondo y presionó “reproducir”.
La voz de Leonardo llenó la habitación. Grave, áspera, intensa. Su tono arrastraba algo contenido… quizás culpa, quizás deseo.
A Zaira se le encogió el estómago. Cerró los ojos al escucharlo terminar. Su acento, esa fuerza con la que pronunciaba su nombre... la desarmaba.
Le temblaron los dedos. No lo había perdonado, pero su voz… Dios. Esa voz tenía el poder de estremecerla desde los pies hasta lo más profundo.
Reprodujo el audio otra vez.
Y otra.
Y otra.
Cada vez sentía cómo las palabras se le quedaban grabadas en la piel, como si él estuviera ahí, susurrándole al oído, con ese tono bajo que rozaba el límite entre el peligro y el consuelo.
Recordó cómo vibraba su pecho contra el de ella cuando hablaba, cómo ese mismo tono la había hecho cerrar los ojos más de una vez cuando estaban solos.
Pero ahora no. No podía dejarse caer en esa sensación.
Lo escuchó por cuarta vez y luego dejó el celular sobre la almohada. Se tumbó de lado, abrazándolo sin querer, como si su presencia aún viviera en las fibras del algodón.
Una lágrima, rebelde y silenciosa, le cruzó la sien. No era tristeza. Era rabia. Deseo. Confusión.
¿Por qué no podía simplemente odiarlo?
Se mordió el labio con fuerza para no escribirle, para no responderle.
Porque si lo hacía, si bajaba la guardia ahora, él volvería a tener ese poder sobre ella.
Y Zaira ya no quería ser la mujer que esperaba. Quería ser la mujer que decidía.
Pero su voz… su maldita voz.
Cerró los ojos con fuerza y se prometió no contestar. No por ahora. No mientras aún doliera que la hubiera dejado sola.
En el silencio de la madrugada, su respiración fue bajando lentamente.
Y mientras el viento nocturno golpeaba suavemente las ventanas, Zaira se quedó dormida otra vez, con los latidos del corazón aún repitiendo su nombre: Leonardo, su maldito Suggar.