Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 27
...Val....
Desperté a las tres de la mañana con la lluvia golpeando los ventanales.
La luz del estudio estaba encendida. Encontré a Seb frente al escritorio, descalzo y con una camiseta gris, revisando mapas meteorológicos en la tableta. Tenía una taza de café intacta junto al codo.
—¿Hay algún problema en el aeropuerto? —pregunté.
Levantó la vista.
—No. La operación está estable. Solo quería comprobarlo.
—A las tres de la mañana.
—Las tormentas no respetan horarios.
Me apoyé en el marco de la puerta. Lo conocía demasiado bien para creer que aquella pantalla era toda la explicación.
—¿Qué pasa, Seb?
Guardó silencio. Después apagó la tableta y se recargó en el respaldo.
—Mi padre murió durante un vuelo de prueba —dijo—. Fue años después de que terminamos la preparatoria. Cada vez que hay mal tiempo pienso en la última llamada que no contesté porque estaba en una junta.
No temblaba. No estaba fuera de sí. Pero la forma en que mantenía las manos cerradas me dijo cuánto le costaba hablar.
—No sabías que sería la última —dije.
—Eso no evita que uno repase todas las veces en que pudo haber hecho algo distinto.
Me acerqué y me senté en el borde del escritorio.
—Mi mamá cayó cuando yo tenía diecisiete. Durante años pensé que, si hubiera llegado antes, si no hubiera discutido con ella ese día, si hubiera visto lo que pasaba en esa casa... —Tragué saliva—. La culpa siempre encuentra una frase nueva.
Seb levantó los ojos hacia mí.
—Tú eras una adolescente, Val.
—Y tú no podías saber que esa llamada era la última.
Nos quedamos mirándonos. Por una vez, ninguno intentó resolver el dolor del otro. Solo lo dejamos estar entre los dos sin fingir que no existía.
Seb abrió una mano. Yo puse la mía encima.
—Nunca hablo de él —dijo.
—Yo tampoco hablo de mi mamá.
—Lo sé.
La lluvia siguió golpeando el vidrio. Él tiró suavemente de mi mano hasta dejarme de pie entre sus piernas y apoyó la frente en mi estómago. Le pasé los dedos por el pelo.
—Gracias por quedarte —murmuró.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Levantó la cara. Sus ojos estaban cansados, abiertos de una forma que casi nunca me permitía ver. Lo besé.
Fue un beso distinto a los anteriores. No había alcohol, desafío ni ganas de escapar. Era lento. Consciente. Un beso que decía: estoy aquí y sé que tú también tienes miedo.
Seb se puso de pie sin soltarme. Me besó la frente, los párpados, la boca. Sus manos bajaron por mi espalda con una paciencia que me desarmó. Yo le quité la camiseta y apoyé la palma en su pecho, sintiendo el ritmo firme de su corazón.
—Val... —dijo contra mis labios.
—No pares.
Nos movimos juntos despacio, sin intentar convertir aquello en una promesa. Su boca decía mi nombre. Mis dedos se aferraban a sus hombros. Por primera vez no fue sexo para olvidar, castigar o demostrar algo. Fue la única manera que encontramos de admitir que ya no estábamos solos.
Después nos quedamos abrazados en su cama. La lluvia había bajado a un murmullo.
—¿Seb?
—¿Sí?
—Gracias por contarme lo de tu papá.
—Gracias por escuchar.
Me dormí con su brazo alrededor de la cintura. Al amanecer, su mano seguía cerrada sobre la mía.
Miré nuestras manos entrelazadas. Miré su cara dormida. Miré la ventana.
Y con la otra mano —la que él no sostenía— empecé a juntar mis cosas mentalmente. La ropa en el piso. El teléfono en la sala. Los zapatos junto a la puerta.
Sabía que iba a irme.
Siempre me iba.
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