Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 27
Capítulo 27: Pelea
Al día siguiente, Ximena descubrió que el reposo estricto tenía dos enemigos: el aburrimiento y Cristian.
El primero la atacaba con horas lentas.
El segundo aparecía cada veinte minutos para preguntar si le dolía, si quería agua, si había tomado el medicamento, si Motita la había molestado, si la almohada estaba bien, si el mundo seguía girando con autorización médica.
—Estoy fracturada, no moribunda —dijo ella cuando Cristian entró por cuarta vez antes del desayuno.
Él dejó una charola sobre la mesa.
—Traje fruta.
—La fruta no justifica vigilancia.
—No es vigilancia.
—¿Entonces?
—Supervisión.
*Qué palabra tan de hombre rico. Supervisión. Como si mi tobillo fuera una filial problemática. Aunque si se inclina otra vez con esa camisa gris, permito auditoría completa.*
Cristian acomodó el vaso de agua y fingió no haber oído.
Motita, instalado al pie de la cama pese a todas las órdenes contrarias, bostezó.
Cristian lo señaló.
—Dije que no subiera.
—No subió. Está al pie.
—En la cama.
—En una zona emocionalmente neutral.
Cristian decidió que no tenía energía para debatir derecho territorial con una mujer lesionada y un cachorro con ojos de estafa.
Se sentó en la silla junto a la cama.
—¿Tus padres ya saben lo del accidente?
La pregunta cayó suave.
Ximena se quedó demasiado quieta.
—No hace falta preocuparlos.
—Tienes una fractura.
—No es como si pudieran venir corriendo a cuidarme.
Cristian la observó.
—¿Por qué?
Ximena tomó una fresa de la charola.
—Están ocupados.
—¿Con qué?
—Problemas en la empresa familiar.
—¿Qué tipo de problemas?
—Una huelga. Proveedores molestos. Esas cosas.
*No digas deudas. No digas que Aurelio está ahogado hasta el cuello y aun así actúa como emperador. No digas que si esto se hunde, volverán a mirarme como cartera con piernas. No le pidas dinero. No parezcas interesada. No arruines lo poco que se siente real.*
Cristian dejó de mover la cucharita del café.
Deudas.
Aurelio.
Cartera con piernas.
La información llegó desordenada, pero suficiente para encender una alarma distinta a los celos.
—Si necesitan ayuda...
—No.
—No terminé.
—No hace falta.
—Ximara.
—Cristian, no.
La firmeza de ella cerró la conversación.
O eso creyó.
Dos horas después, en su oficina, Cristian llamó a Julián.
—Investiga discretamente a la familia Blanco.
Julián, al otro lado, no hizo preguntas inútiles.
—¿Alcance?
—Empresa familiar, proveedores, deudas, demandas, movimientos recientes. Sin alertarlos.
—Entendido.
Cristian miró por la ventana de su oficina. La ciudad se extendía bajo el vidrio como una maqueta cara.
—Y Julián.
—Sí, señor.
—Nada que pueda perjudicar a Ximara.
—Por supuesto.
Colgó.
No alcanzó a dejar el celular sobre el escritorio cuando entró otra llamada.
Mamá.
Cristian contestó con prevención.
—¿Qué pasó?
—Tu padre es un animal sin sensibilidad.
Cristian cerró los ojos.
—Buenos días para ti también.
—No me cambies el tema. Ven a la casa.
—Estoy trabajando.
—Tu padre sigue vivo solo porque soy una mujer elegante.
—Eso suena urgente.
—Lo es.
La llamada terminó.
Cristian llegó a la casa de sus padres cuarenta minutos después.
El despacho de Rodrigo Montalvo parecía haber sobrevivido a un fenómeno meteorológico con gusto por los portarretratos. Había papeles en el piso, un florero roto, un cojín sobre el escritorio y una foto familiar boca abajo junto a una pluma Montblanc partida en dos.
Rodrigo estaba sentado en medio del desastre, impecable de traje y profundamente cansado.
—No digas nada —pidió apenas vio a su hijo.
Cristian miró el florero.
—No iba a empezar por ahí.
—Tu madre exageró.
—¿Qué hiciste?
Rodrigo levantó la vista, ofendido.
—¿Por qué asumes que hice algo?
Cristian miró otra vez el despacho.
—Experiencia.
Rodrigo suspiró.
—Adriana quería hacer bungee jumping.
Cristian tardó un segundo en procesarlo.
—¿Qué?
—Bungee jumping. Con casco, arneses y un grupo de mujeres que se creen de veinticinco años.
—¿Y tú dijiste que no?
—Dije que era innecesario.
—Eso no rompe floreros.
Rodrigo miró hacia la ventana.
—También dije que a nuestra edad convenía elegir actividades más... tranquilas.
Cristian guardó silencio.
—Entiendo.
—No entiendes nada. Tu madre interpretó "nuestra edad" como "estás vieja".
—Porque eso dijiste.
—No dije eso.
—Lo pensaste en voz alta con peor redacción.
Rodrigo le lanzó una mirada seca.
—Veo que el matrimonio te volvió insolente.
—No. Mamá te dejó sin defensas.
Rodrigo se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.
—Se fue de la casa.
—¿A dónde?
—No lo sé. Probablemente con tu esposa.
Cristian se tensó.
—Ximara está lesionada.
—Adriana puede comprar junto a una cama si se lo propone.
Eso era, por desgracia, cierto.
Cristian recogió la foto familiar del piso y la puso sobre el escritorio.
—Discúlpate.
—Lo haré.
—Sin explicar por qué tenías razón.
Rodrigo lo miró con la expresión de un hombre al que acababan de pedirle una amputación moral.
—Eso será difícil.
—Por eso estás solo en un despacho destruido.
El silencio que siguió no fue cómodo, pero sí familiar.
Rodrigo fue quien lo rompió.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Cómo va tu matrimonio?
Cristian se puso alerta.
—Bien.
—Tu madre dice que tu esposa se fracturó.
—Se está recuperando.
—¿La cuidas?
—Sí.
Rodrigo apoyó los codos en el escritorio.
—Cuidar no es lo mismo que tener una esposa.
Cristian entrecerró los ojos.
—No empieces.
—Voy a empezar porque soy tu padre.
—Ese argumento nunca mejora una conversación.
—¿Duermen juntos?
La pregunta fue directa, fría, incómoda.
Cristian no respondió.
Rodrigo interpretó el silencio como quiso.
—Cristian.
—Ese tema no te corresponde.
—Me corresponde si Adriana decide que la ausencia de nietos es una tragedia nacional y convierte mi casa en campo de batalla.
—Entonces habla con mamá.
—Hablo contigo. Si hay algún problema médico...
—No lo hay.
—¿Estás seguro?
La irritación subió por la espalda de Cristian.
—Sí.
Rodrigo sostuvo su mirada.
—Investígalo a fondo.
Cristian pensó en Ximena en la habitación de planta baja, en su tobillo fracturado, en la forma en que se había encogido al hablar de su familia, en las palabras de su mente: deudas, cartera con piernas.
—Estoy investigando otra cosa —dijo.
—¿Qué?
—Algo de los Blanco.
Rodrigo se quedó quieto.
—Ten cuidado.
—¿Sabes algo?
—Sé que las familias que sonríen demasiado cuando entregan una hija suelen estar ocultando una cuenta pendiente.
Cristian sintió que la frase le raspaba una sospecha antigua.
—Voy a investigar a fondo qué está pasando.
Rodrigo asintió, serio por primera vez en toda la tarde.
—Hazlo. Pero no confundas protegerla con poseerla.
Cristian miró a su padre.
La frase, viniendo de un hombre sentado entre los restos de una pelea matrimonial, era casi ridícula.
También era incómodamente exacta.
Cuando salió del despacho, el celular vibró con un mensaje de Julián:
"Ya hay indicios de deuda y presión de proveedores. Necesito más tiempo."
Cristian cerró la mano alrededor del teléfono.
La respuesta, sospechó, iba a llevarlo mucho más cerca de Ximena de lo que ella quería.
Y quizá mucho más cerca de una verdad que todavía no sabía nombrar.
Desafortunadamente todos hablan igual, el humor negro, sarcasmo, el estilo de Ximena parece que se los transmitió a todos, que la amiga lo hiciera suele pasar pero la suegra, la mamá Tencha hasta el suegro en las pocas participaciones que tuvo, así los demás personajes.
La historia se alargó de más, relleno innecesario y pésimo final con esa dimensión alterna. Todo lo bueno se fue perdiendo al final.