Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 27 — El cliente habitual de la florería
La mañana en Roma amaneció luminosa y templada.
La pequeña florería de Alya comenzó a llenarse de clientes. El aroma de las rosas, la lavanda y los lirios inundaba aquel local diminuto decorado en tonos pastel.
Detrás del mostrador, Alya armaba un ramo por encargo mientras vigilaba de reojo a Liora, que jugaba en un rincón de la tienda.
—¡Mimo no puede comer flores!
Liora regañó a su conejito de peluche con expresión severísima.
Kate, que alcanzó a escucharla, soltó una risita.
—La princesita es adorable.
Pero unos segundos después, la campanilla de la puerta tintineó.
Tilín.
Y sin necesidad de voltear, Alya ya sabía quién acababa de entrar.
León.
El hombre cruzó el umbral con su traje negro impecable de siempre, arrancando miradas furtivas de varias clientas.
Kate le susurró a Alya al oído:
—Confirmado: ya es cliente fijo.
Alya le clavó una mirada cortante.
—Cállate.
Pero las mejillas le ardieron un poco.
Porque durante la última semana…
León no había dejado de ir a la tienda.
Al principio se quedaba solo un rato.
Después empezó a llevar café.
¿Y ahora?
El hombre se sentaba durante horas enteras fingiendo leer documentos de trabajo.
—¡El señor del parque!
Liora corrió hacia León con pasitos apresurados.
Él se agachó por instinto y atrapó el cuerpecito de su hija antes de que tropezara.
—Despacio.
Liora se rio encantada.
—¡Viniste otra vez!
—Sí.
—Ayer también viniste.
León asintió con naturalidad.
—Mañana también vendré.
La respuesta le arrancó a Kate una carcajada contenida, mientras Alya fingía estar ocupadísima cortando tallos.
Liora rodeó el cuello de León con sus bracitos.
—¿Me extrañaste?
La pregunta inocente le curvó levemente la comisura de los labios.
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
La niña estalló en una risa satisfecha, como si aquello fuera el mayor de los logros.
Alya les lanzó una mirada fugaz.
Y otra vez…
La escena le llenó el pecho de calidez y de caos al mismo tiempo.
Porque León se veía demasiado cómodo junto a Liora.
Y lo peor de todo…
Liora empezaba a pegarse cada vez más a ese hombre.
—¿Ya llegó el papá falso? —bromeó Kate en voz baja mientras acomodaba flores.
Alya le dio un codazo.
—No digas tonterías.
Kate soltó una risita.
—Viene todos los días, Alya.
—Tiene asuntos de trabajo en Roma.
—Claro, claro… —Kate asintió con dramatismo—. Y su trabajo consiste en quedarse mirándote a ti y a Liora.
A Alya se le descompuso la compostura.
Mientras tanto, al otro lado de la tienda, León ayudaba a Liora a regar unas plantitas junto a la ventana.
—¡Mira! ¡La flor creció!
—Hm.
—Cuando sea grande va a ser bonita como mami.
León giró la cabeza hacia Alya por puro reflejo.
Y, para su desgracia…
Sus miradas chocaron de lleno.
Alya apartó el rostro a toda prisa, fingiendo concentrarse en el ramo que tenía entre las manos.
Pero las puntas de las orejas se le tiñeron de rojo.
León lo notó en silencio antes de que una sonrisa imperceptible le asomara a los labios.
Adorable.
Resultaba que Sabrina seguía ruborizándose con la misma facilidad de siempre.
A mediodía la tienda se fue quedando tranquila.
Alya cargaba una caja de flores nuevas cuando alguien se la quitó de las manos sin aviso.
—Yo la llevo.
León estaba a su lado, sosteniendo aquel cajón voluminoso sin el menor esfuerzo.
—Puedo sola.
—Eres pequeña.
Alya abrió los ojos como platos.
—¿Y eso qué tiene que ver?
León la observó sin expresión.
—La caja es casi más grande que tú.
Kate tosió de manera sospechosa para disimular la risa.
Alya se indignó todavía más.
—Devuélvemela.
—No.
Y el hombre se llevó la caja a la trastienda sin la más mínima dificultad.
Alya solo pudo masajearse las sienes, resignada.
—Siempre fue igual de insoportable —masculló por lo bajo.
Pero la sonrisa breve que le cruzó los labios no le pasó inadvertida a Kate.
—Pero estás sonriendo.
—No estoy sonriendo.
—Mentirosa.
Alya se quedó callada.
Porque ella misma empezaba a darse cuenta…
La presencia de León estaba devolviendo ruido a una vida que se había vuelto demasiado silenciosa.
Y la parte más peligrosa de todo aquello…
Era que se estaba acostumbrando.
A media tarde, cerca de la hora de cierre, Bastian llegó con varias piezas de pan como de costumbre.
Pero en cuanto vio a León sentado en el suelo de la tienda armando un rompecabezas con Liora…
Arqueó las cejas al instante.
—Vaya.
León alzó la vista sin alterarse.
Bastian esbozó una media sonrisa.
—Cada vez pasas más tiempo aquí.
—¿Por qué? ¿Te molesta?
El tono de León fue sereno.
Pero claramente gélido.
Bastian, en cambio, se rio con desenfado.
—No realmente.
Sin embargo, segundos después, lo observó con un dejo de provocación en los labios.
—Solo me preocupa que Alya termine cediendo de verdad.
El corazón de Alya dio un vuelco.
Sus manos se quedaron suspendidas a medio movimiento.
León, despacio, elevó la mirada.
Sus ojos se habían vuelto infinitamente más afilados.
Y por primera vez…
Bastian comprendió que León Ardián estaba decidido, con total seriedad, a regresar a la vida de Sabrina y de Liora.
🤭🤭🤭