Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Mi otra mitad
Fabiano
El trayecto de regreso se hace eterno.
Cloe no ha dicho una sola palabra desde que la ayudé a subir al auto.
Sigue pegada a mí.
Tiene la cabeza escondida contra mi pecho y ambos brazos aferrados a mi cintura con tanta fuerza que apenas puedo respirar.
No me importa.
Que me rompa un par de costillas si eso consigue que deje de temblar.
Paso una mano por su cabello mientras intento ignorar los dedos morados marcando su cuello.
Cada vez que los veo siento unas ganas irrefrenables de dar media vuelta y matar a Lucio con mis propias manos.
Mattheo está sentado delante de nosotros.
No ha dejado de mirarnos desde que salimos del punto de intercambio.
Ni una sola vez.
Como si necesitara asegurarse de que Cloe sigue aquí.
Viva.
La puerta de la mansión apenas alcanza a abrirse cuando salgo del auto con ella en brazos.
—¡Señorita Cloe!
Viola rompe a llorar antes incluso de llegar hasta nosotros.
Las empleadas aparecen detrás de ella.
Algunas lloran. Otras se llevan una mano a la boca.
Cloe intenta esconder todavía más el rostro contra mi cuello.
—No... —susurra con la voz rota—. No me miren.
Mi pecho se parte.
—No quiero que me vean así.
Las mujeres se detienen de inmediato.
Viola comienza a llorar todavía más fuerte.
—Mi niña...
—Viola.
Mi voz sale mucho más dura de lo que pretendía.
Ella asiente enseguida.
—Prepara el baño. Agua caliente. Ropa limpia. Llama al médico —ordeno—. Y que nadie entre a su habitación sin mi permiso.
—Sí, señor.
Subo las escaleras sin soltarla.
Siento a Mattheo siguiéndonos muy de cerca.
Demasiado cerca.
Entro en la habitación de Cloe y la siento cuidadosamente sobre la cama.
Ella no levanta la cabeza.
Tiene ambas manos aferradas a su camiseta rota que apenas la cubre. Como si esa poca tela fuera lo único que todavía pudiera protegerla.
—Ya estás en casa. —susurro, pero no dice nada—. Cloe...
Levanta el rostro muy despacio.
Tiene los ojos completamente vacíos.
—¿Puedo bañarme?
La pregunta me desarma.
—Claro… enana.
—Quiero quitarme su olor.
El aire desaparece de mis pulmones.
Mattheo baja la cabeza.
Aprieta tanto los puños que sus nudillos pierden el color.
No dice nada. Pero veo perfectamente cómo lucha por mantenerse quieto.
Viola entra con una bata blanca entre las manos.
La deja sobre la cama.
—Mi niña...
Cloe retrocede de inmediato.
—No me toques.
La voz le sale demasiado fuerte.
Toda la habitación queda en silencio.
Ella abre mucho los ojos.
—Lo... lo siento. No quería gritar. No... —Se rompe en un sollozo. Las lágrimas empiezan a caer una detrás de otra—. No quiero que nadie me toque.
Viola asiente llorando.
—Nadie te tocará. Lo prometo —le digo.
Cloe vuelve a mirarme. Sus labios tiemblan.
—Fabi...
—Estoy aquí.
—Tú...
—Aquí. Siempre.
Traga saliva. Una, dos veces. Como si reunir valor doliera.
—Luché.
Frunzo el ceño.
—Lo sé.
Niega desesperadamente.
—No... no lo sabes. —Sus manos comienzan a temblar—. Luché todos los días. Todos. No dejé de hacerlo nunca. Intenté escapar —susurra—. Lo mordí. Lo arañé. Le rompí una botella en la cabeza. Intenté... —Su respiración se acelera—. No me rendí. Te juro que no me rendí. No quiero que pienses... No quiero que creas... —Las palabras dejan de salir. Luego solo queda el llanto.
Me arrodillo frente a ella. Tomo su rostro entre mis manos con toda la delicadeza que soy capaz de reunir.
—Escúchame. Nunca. ¿Me oyes? —pregunto sin dejar de mirar sus ojos—. Nunca pensé eso de ti. Nunca.
Ella rompe a llorar todavía más fuerte.
—Tenía tanto miedo de que dejaras de quererme.
Mi corazón deja de latir.
—Eres mi otra mitad, Cloe. No existe absolutamente nada que pueda hacer que deje de quererte. Nada —le juro—. Ni aunque el mundo entero me obligara a hacerlo.
Se lanza a mis brazos.
La abrazo con toda la fuerza del mundo.
Como si pudiera mantener lejos cada recuerdo simplemente sosteniéndola.
Por encima de su hombro veo a Mattheo.
Sigue inmóvil. Mirándola con una expresión que jamás le había visto.
Da un paso.
Solo uno.
Levanta una mano. Como si necesitara apartarle un mechón del rostro. Como si quisiera asegurarse de que está realmente aquí.
Cloe lo ve.
Su cuerpo entero se tensa.
Retrocede inmediatamente hasta pegarse otra vez a mí.
—No... —Su voz apenas es un susurro—. Por favor... No me mires.
Mattheo se queda completamente quieto.
Baja la mano despacio.
No hay molestia en su rostro. Solo un dolor silencioso. Uno que intenta esconder incluso de mí.
—Está bien —dice con una tranquilidad que no le creo ni por un segundo—. Nadie va a mirarte si no quieres.
Da un paso hacia atrás y luego otro, hasta quedarse junto a la puerta. Con suficiente distancia para que Cloe vuelva a respirar.
Ella cierra los ojos.
—Quiero bañarme.
Asiento.
—Viola te ayudará.
—No. Quiero hacerlo sola.
Viola intenta protestar. Levanto una mano para detenerla.
—Como tú quieras, enana.
Beso la cima de su cabeza y me levanto para darle un momento de privacidad.
—¿Podrías….? —Traga dolorosamente—. ¿Podrías quedarte al otro lado de la puerta?
Asiento mientras mi corazón se rompe.
Pensé que nada podría doler más que decirle adiós a Alessia, pero esto… ver a mi hermana así, me está matando.
—No me apartaré nunca más de tu lado —le juro cuando se levanta y camina al baño—. No dejaré que nadie vuelva a lastimarte nunca.
Me mira con la mirada perdida, como si estuviera reviviendo cada terror que vivió a manos de Lucio, antes de asentir y entrar al baño.
—Voy a matarlo —sisea Mattheo con un odio tan visceral como el que siento yo.
—Lucio es mío —declaro.
Se atrevió a tocar a mi hermana.
Se atrevió a destruirla.
Va a aprender que existen destinos mucho peores que la muerte.
Esta guerra todavía no ha terminado.
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Saludos desde México.
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