Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 26
La llegada de Marta convirtió la paz de la casa en un caos. Saltaba a la vista que la mujer estaba furiosa.
Astrid se quedó en silencio un momento. El pulso se le aceleró. No necesitaba preguntar qué había pasado. Podía imaginar el motivo de la furia de su suegra. Marta seguramente ya se había enterado de la demanda de divorcio.
—¿Qué sucede, mamá? —preguntó Astrid en voz baja, esforzándose por mantener la calma.
—¡No te hagas la desentendida! —bramó Marta girándose hacia ella. El pecho le subía y bajaba conteniendo la emoción—. ¿Tú quieres divorciarte de Lucas?
Astrid no contestó de inmediato. Su mirada permaneció serena. Pero ese silencio fue precisamente la respuesta más elocuente.
Marta abrió los ojos de par en par; el rostro se le encendió todavía más.
—¿Entonces es cierto que le metiste una demanda de divorcio a Lucas? —la voz de la mujer subió de tono—. ¿Después de todo lo que Lucas hizo por ti? ¿Después de mantenerte todos estos años? ¿Después de darte una vida digna?
Marta señaló a Astrid con un dedo que le temblaba de rabia.
—¡Le pagas su sacrificio con un divorcio!
Astrid sintió cómo los puños se le iban cerrando a los costados. Aquellas frases le resultaban tremendamente conocidas.
Durante años, cada vez que surgía un problema en su matrimonio, escuchaba exactamente lo mismo. Lucas siempre era la víctima. Lucas siempre tenía la razón. Mientras que a ella siempre la colocaban como la culpable.
—¡Eres una malagradecida, Astrid! —continuó Marta a gritos—. ¿Qué clase de mujer le mete una demanda de divorcio a su propio marido?
Astrid inhaló profundamente. Podía sentir la rabia trepándole a la superficie, pero la contuvo. No por miedo, sino porque no quería perder el control.
—¿Acaso Lucas le contó por qué lo estoy demandando? —preguntó Astrid en voz baja.
—¡No necesito ninguna razón! —la cortó Marta—. ¡Una esposa tiene que luchar por su matrimonio!
Astrid esbozó una sonrisa tenue, pero no había calidez en ella. Solo el cansancio acumulado de años enteros.
—¿Por qué tendría que luchar por este matrimonio, mamá? —preguntó Astrid con tono calmo, pero con una mirada que cortaba como navaja.
Marta se quedó muda.
Astrid dio un paso hacia ella. La mirada ya no esquivaba como antes. Durante años siempre había elegido callarse, siempre ceder, siempre retroceder antes que pelear. Pero hoy era diferente.
—Lo que mamá quiere decir... ¿es que me quede con un marido infiel? —preguntó Astrid con serenidad, pero cada palabra penetraba como un aguijón.
Los ojos de Marta cambiaron al instante. El rostro se le crispó.
—Astrid...
—¿O que me quede con un marido que miente todos los días? —continuó Astrid. La voz seguía baja y serena.
Y era justamente esa calma la que resultaba mucho más afilada que cualquier grito. Marta abrió la boca, luego la cerró otra vez. Por primera vez desde que llegó a esa casa, se quedó sin respuesta.
Astrid la miró directo a los ojos. Sin parpadear, sin esquivar.
—¿Mamá sabía que Lucas tiene una aventura con una modelo joven y bonita?
La sala enmudeció de golpe. No se oía nada; hasta el sonido del televisor parecía haberse desvanecido. Marta se quedó petrificada. Astrid siguió mirándola con fijeza, esperando una respuesta, pero su suegra permaneció en silencio.
Entonces Astrid volvió a preguntar. Esta vez con una voz mucho más queda. Mucho más dolorosa.
—Vaya. Parece que mamá ya lo sabía.
Marta desvió la mirada un instante. Fue brevísimo, pero más que suficiente. Porque en ese segundo, Astrid obtuvo la respuesta que nunca se había atrevido a considerar.
Marta sabía de la infidelidad. Quién sabe si desde el principio o no, pero lo cierto era que su suegra lo sabía. Y aun así eligió callarse y hacer la vista gorda ante las porquerías de Lucas. Esa mujer siempre defendería a su hijo.
Una opresión inmediata le llenó el pecho a Astrid. No de sorpresa, sino de decepción. Una decepción inmensa. Todo este tiempo había respetado a Marta. La había tratado como a su propia madre. Incluso cuando la culpaban una y otra vez, se esforzaba por mantener la relación. Pero ahora, todo se sentía diferente.
Las lágrimas fueron acumulándose lentamente en los ojos de Astrid. No eran lágrimas por un corazón roto. Eran lágrimas de heridas que llevaba años guardándose.
—Yo siempre la respeté, mamá —dijo Astrid con un hilo de voz. La voz le empezó a temblar.
Astrid tragó saliva, que le supo amarga. La mirada no se apartó del rostro de Marta. La respiración se le fue haciendo cada vez más pesada.
—Me callé cuando me echaban la culpa. Me callé cuando me humillaban frente a los demás. Me callé cuando me decían que no era suficiente para Lucas.
Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Astrid. Pero no se las limpió. Estaba demasiado cansada para fingir que era fuerte.
—Pero ahora quiero hacerle una sola pregunta.
Marta volteó lentamente hacia Astrid. El rostro ya no era tan duro como al principio. Pero a Astrid ya no le importaba. Miró a su suegra con los ojos enrojecidos. Con todas las heridas que durante años guardó en soledad.
—Si a quien le fueran infiel fuera usted —dijo Astrid en voz baja, con la voz temblándole, pero cada palabra sonó con claridad absoluta.
Astrid respiró hondo. Y pronunció la pregunta que golpeó mucho más fuerte que todas las réplicas anteriores.
—¿Todavía me estaría diciendo que aguante?
Cuando esa frase salió, la casa se sumió en un silencio profundo. Marta no fue capaz de responder.