Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.
Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.
Hasta que un día dejó de aguantar.
Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.
Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.
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Capítulo 26
—¡Mercedes!
La mujer abrazó a Valentina con fuerza. Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.
—Dios mío, por fin vuelve a casa, niña —le tembló la voz—. La extrañé muchísimo.
Valentina la abrazó con la misma intensidad. El corazón se le llenó de calidez. En esa casa al menos quedaban personas que la querían de verdad, sin condiciones.
—Mami, ¿esa es la abuelita? —Mateo tironeó del borde de la blusa de Valentina.
Valentina soltó una risita y le acarició la cabeza.
—No, mi amor.
Se volvió hacia Mercedes.
—Es Mercedes. Nos cuidó a mí y a Rodrigo desde que éramos chiquitos.
—Ah... —Mateo asintió con mucha seriedad.
Luego, con toda naturalidad, soltó:
—Melcedes.
Dos segundos de silencio. Después todos se echaron a reír.
—Ay, Dios, qué cosa más linda —Mercedes se llevó la mano al pecho muerta de risa.
Mateo también se rio orgulloso, convencido de que lo había dicho perfecto.
Poco después una mujer guapa y elegante salió del interior de la casa. Al ver a Valentina la cara se le iluminó de inmediato.
—Por fin regresaste.
Valentina sonrió ampliamente.
—¡Mariana!
Se abrazaron con cariño. Mariana se apartó un poco y contempló a Santiago y a Mateo con los ojos brillantes.
—Pero qué hermosos son tus hijos, Valentina —murmuró enternecida.
Mateo se escondió detrás de las piernas de su madre. Pero Mariana ya lo había alzado en brazos.
—¡Ay, qué preciosura!
—¡No me dé beshitos! —protestó Mateo con inocencia, frotándose la mejilla.
Rodrigo, que venía detrás, soltó una carcajada.
Mariana, lejos de detenerse, le pellizcó la mejilla con suavidad.
—Perdóname, es que eres demasiado lindo.
Finalmente entraron todos a la casa. La mesa del comedor ya estaba servida con platillos calientes. El aroma de la sopa y el pollo frito inundaba el ambiente.
Santiago tragó saliva de inmediato.
—Mamá —susurró—. Tengo hambre.
Valentina esbozó una sonrisa discreta.
—Bueno, ve a lavarte las manos primero.
El ambiente de la casa era cálido y tranquilo. Un contraste abismal con la casa de Andrés, que últimamente vivía sumergida en tensión por culpa de la suegra y la cuñada.
Más tarde, cuando Mariana y Valentina estaban a solas en el cuarto, Mariana se sentó al borde de la cama y la observó con cautela.
—Entonces —dijo en voz baja—, ¿te vas a divorciar de tu esposo?
Detrás de la puerta, Santiago, que acababa de llegar con un vaso de jugo, se quedó petrificado. El vaso se le resbaló de las manos.
¡CRASH!
El estallido del vidrio hizo que Valentina y Mariana se sobresaltaran y giraran la cabeza hacia la puerta.
Santiago estaba clavado en el umbral. La cara del niño había perdido todo el color y las manos le temblaban. Los pedazos de vidrio y el jugo de naranja se esparcían por el piso a sus pies.
—Hijo... —la voz de Valentina se apagó.
—¡¿Mamá se va a divorciar de papá?! —El llanto de Santiago estalló de golpe. Los ojos se le inundaron de lágrimas.
Valentina entró en pánico.
—No, mi amor...
—¡No quiero! —gritó Santiago de repente. El llanto se le desbordó todavía más fuerte. Retrocedió varios pasos sacudiendo la cabeza una y otra vez.
—¡No quiero que mamá y papá se divorcien!
El pecho del niño subía y bajaba sin control. Las lágrimas le caían a chorros.
—Hijo, escúchame... —Valentina se acercó deprisa.
Pero Santiago lloró aún más fuerte.
—¿Por qué te fuiste de la casa? ¿Por qué no trajiste a papá? ¿Ya no quieres a papá?
Las preguntas salían atropelladas, mezcladas con sollozos que partían el alma.
Valentina lo envolvió entre sus brazos.
—¡No, mi amor! —Le temblaba la voz—. No es así, hijo.
Santiago siguió llorando en el regazo de su madre. El cuerpecito le temblaba entero. Siempre había sido más callado que los demás niños de su edad. Precisamente por eso se guardaba todo por dentro.
Había escuchado las peleas de los adultos. Había oído las voces elevadas. Había visto a su mamá salir llorando en silencio a medianoche. Y ahora el terror de perder a su familia lo devoraba.
—¡Quiero regresar a la casa! —El llanto de Santiago volvió a romperse—. ¡Quiero a papá!
La frase le desgarró el pecho a Valentina. Cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas empezaron a rodarle una a una.
Mariana, al ver la escena, se entristeció de inmediato. Salió del cuarto en silencio para darles espacio.
Mientras tanto, Mateo, que llevaba un rato parado junto a la puerta sin entender nada, también se puso a llorar al ver a su hermano.
—No lloles, hermanito —dijo con su vocecita, agarrándole la camiseta a Santiago.
Pero Santiago abrazó a su hermano menor con fuerza, entre hipidos.
—No quiero que mamá y papá se separen.
Valentina se puso de cuclillas frente a sus dos hijos. Le secó las lágrimas a Santiago con cuidado.
—Escúchame primero, mi amor —la voz de Valentina era suavísima, aunque temblaba.
Santiago asintió entre sollozos. Mateo también le limpiaba las lágrimas al hermano a su manera.
Valentina inspiró profundo.
—Mamá no piensa divorciarse de papá.
Los ojos de Santiago la miraron llenos de esperanza.
—¿De verdad?
Valentina asintió enseguida.
—Mamá todavía quiere a papá. Y papá también nos quiere.
Esas palabras lograron que el llanto de Santiago cediera un poco.
—Entonces, ¿por qué te fuiste y dejaste a papá? —preguntó en un hilito de voz.
La pregunta le volvió a oprimir el pecho. Esbozó una sonrisa diminuta. Una sonrisa amarga y forzada.
—Porque mamá está cansada, hijo. A veces los adultos también se cansan.
Le acarició el pelo despacio.
—Mamá solo quiere que papá entienda que nuestra familia chiquita también es importante.
Las lágrimas volvieron a acumularse en los ojos de Santiago.
—Pero tengo miedo —susurró.
Valentina lo abrazó otra vez con todas sus fuerzas.
—Mamá también tiene miedo.
La voz de la mujer estuvo a punto de quebrarse.
—Miedo de perder a papá. Miedo de que la familia se rompa. Pero mamá tampoco puede seguir callada mientras a papá lo exprimen los suyos.
El cuarto volvió a llenarse de sollozos pequeños. Santiago se aferró a su madre como si tuviera pánico de que lo dejaran.
Valentina le besó la cabeza una y otra vez. El corazón se le hacía trizas al ver a un niño tan chiquito cargando problemas de adultos.
—Hijo —dijo con suavidad, secándole las lágrimas de nuevo—. Ahora solo necesito que hagas una cosa.
—¿Qué, mamá? —la voz del niño era un hilito.
—Reza por papá.
Santiago se quedó callado.
—Pídele a Dios que papá esté sano. Que sea fuerte. Y que un día se atreva a poner límites.
Las lágrimas de Valentina volvieron a caer. Bajó la mirada un momento antes de continuar.
—Y reza también por los abuelos, por tu tío y por tu tía.
Santiago frunció el ceño sin entender.
—¿Por qué?
Valentina sonrió apenas, con los ojos enrojecidos.
—Para que se conviertan en mejores personas. Y para que entiendan que papá también tiene su propia familia que cuidar y que poner primero.
Santiago escuchó en silencio. Aunque todavía era pequeño, empezaba a comprender poco a poco. Todo ese tiempo, su papá se había desvivido tanto por la familia extendida que se había olvidado de que él también tenía su propio hogar.
Valentina le acarició la mejilla con ternura.
—Mamá no odia a papá. Y no dejes que tú tampoco lo odies, ¿sí?
Santiago negó rápidamente con la cabeza.
—¡Yo quiero mucho a papá!
Valentina sonrió apenas.
—Mamá también.
El llanto de Santiago volvió a brotar. Pero esta vez más quedo. El niño abrazó a su madre con fuerza, entre hipidos suaves.
Y Valentina lloró en silencio, abrazando a sus dos hijos con todo lo que tenía. Porque en el fondo lo que más deseaba no era la separación, sino que Andrés por fin se atreviera a elegir y a proteger a su propia familia.