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Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Telepatía / Completas
Popularitas:52.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 25

Capítulo 25: La despedida fingida

Ximara llamó de vuelta al amanecer.

Ximena no había dormido. Tenía la pierna elevada sobre dos almohadas, el celular en la mano y Motita acostado junto a la cama como guardia diminuto. Cuando la pantalla se iluminó, contestó antes del primer tono completo.

—No lo hagas —dijo.

Del otro lado, Ximara guardó silencio.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Sí sé.

—Entonces sabes que es lo único que puedo hacer.

Ximena cerró los ojos.

—Mentirle con eso es cruel.

—Mantenerlo esperando algo imposible también.

La voz de Ximara sonaba tranquila, y eso era lo que más miedo daba.

—En unos meses tengo que volver. Tú tendrás que irte. Papá no va a permitir que Sebastián entre otra vez en mi vida. Si él cree que sigo viva, va a buscarme. Si me busca, nos hunde a las dos.

—Podemos encontrar otra salida.

—Llevamos años encontrando salidas que parecen jaulas.

Ximena apretó el teléfono.

—Te va a odiar.

—Mejor eso que verlo esperarme.

Valeria llegó dos horas después con café, una carpeta delgada y cara de pocas bromas. Revisó la férula, la habitación de planta baja y el cachorro que le olfateó el zapato.

—¿Este es el famoso Motita?

—Duque, según Cristian.

Valeria miró al cachorro.

—Tiene cara de Motita.

—Gracias.

—No vine a validar perros. Vine a impedir que hagas una estupidez sola.

Ximena señaló la silla de ruedas junto a la cama.

—¿Entonces me ayudas a hacerla acompañada?

Valeria suspiró.

—Por desgracia, sí.

Valeria abrió la carpeta sobre la mesa de noche. No permitió que Ximena la tomara todavía.

—Antes de salir, reglas.

—Val.

—Reglas. Uno: no improvisas. Dos: no le das información que no estuviera acordada. Tres: si él pregunta algo que te rompa, me miras a mí y yo corto la conversación.

Ximena miró el documento sin tocarlo.

—Parece real.

—Tiene que parecerlo.

—Odio esto.

—Yo también.

Valeria cerró la carpeta.

—Pero odiarlo no lo vuelve menos necesario.

Ximena miró a Motita, que se había quedado dormido con la panza arriba, ajeno a cualquier tragedia humana.

—Cristian no puede saber.

—No sabrá por mí.

—Si aparece...

—No aparecerá.

Valeria lo dijo con seguridad.

La vida, que tenía un sentido del humor pésimo, ya estaba preparando lo contrario.

La cafetería elegida estaba lejos de los círculos habituales de los Montalvo. Pequeña, con mesas de madera, plantas colgantes y suficiente ruido de máquinas de café para tapar conversaciones incómodas. Valeria estacionó cerca, bajó la silla de ruedas y empujó a Ximena hasta una mesa del fondo.

—Si algo se sale de control, yo hablo —dijo Valeria.

—No.

—No era una sugerencia.

—Necesita escucharlo de mí.

—Necesita terapia, pero vamos por partes.

Sebastián llegó diez minutos después.

Sin bata, parecía más joven. También más cansado. Tenía un moretón leve en la mandíbula y los ojos de alguien que no había dormido desde el hospital.

Se detuvo al ver la silla de ruedas.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No pareces bien.

—No vine por mí.

Valeria se sentó a un lado, cruzada de brazos. Sebastián la miró.

—¿Quién es usted?

—La persona que se asegura de que esta conversación no se convierta en otro desastre.

—No necesito...

—Yo sí —dijo Ximena.

Sebastián aceptó el golpe en silencio y se sentó.

Ximena sacó de su bolso una carpeta.

Le temblaban las manos.

Valeria puso una mano sobre el borde de la mesa, cerca, sin tocarla. Presencia, no presión.

—Lo que pasó ayer no debió pasar —empezó Ximena.

—¿Cuál parte? —preguntó Sebastián—. ¿Que me enterara de que existe alguien más? ¿Que tu esposo me golpeara? ¿O que nadie quiera decirme dónde está ella?

Ximena abrió la carpeta.

—Esto.

Sebastián miró el documento.

Al principio no entendió.

Luego leyó el nombre.

La fecha.

La palabra fallecimiento.

Su rostro se vació.

—No.

Ximena sintió que algo dentro de ella se rompía, aunque la mentira no fuera suya por completo.

—Lo siento.

—No.

Sebastián tomó el papel con tanta fuerza que lo arrugó en una esquina.

—Esto no puede ser.

—Después del accidente hubo una cirugía. Hubo complicaciones.

—No.

—Sebastián...

—¡No!

La gente de la mesa cercana miró. Valeria les sostuvo la mirada hasta que volvieron a sus tazas.

Sebastián se cubrió la boca con una mano. La otra seguía apretando el documento.

—Yo la busqué —dijo, con la voz rota—. Fui a la casa. Llamé a todos. Me dijeron que necesitaba paz, que no podía verme, que no insistiera.

Ximena no pudo mirarlo.

—Lo sé.

—No sabes nada.

Sí sabía.

Sabía de las llamadas bloqueadas, de los mensajes borrados, de la noche en que Ximara había despertado del dolor preguntando por él y Aurelio había ordenado que nadie pronunciara su nombre. Sabía demasiado, y aun así no podía darle nada que no fuera esa mentira final.

—Ella no quería que vivieras esperando —dijo.

Sebastián soltó una risa sin aire.

—¿Y tú vienes a decirme eso? ¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Ximena levantó la mirada.

—Porque me lo pidió.

Esa parte, al menos, era verdad.

Sebastián dobló el documento con manos torpes. Las lágrimas le cayeron sin ruido. No intentó esconderlas.

—Le prometí que iba a volver por ella —murmuró—. Íbamos a irnos. Teníamos boletos vistos, no comprados, porque ella decía que comprar era tentar al destino. Y luego...

No terminó.

Se llevó una mano al pecho, como si el aire no entrara bien.

—Yo tenía un departamento visto —dijo—. Pequeño. Horrible. Con una humedad en la pared de la cocina. A ella le dio risa. Dijo que podíamos poner una planta enfrente para fingir que era decoración.

Ximena bajó la mirada.

Había escuchado esa historia de Ximara, pero en la voz de Sebastián dolía distinto. Menos como recuerdo y más como una casa que seguía vacía esperando a dos personas que nunca llegaron.

—También guardé el primer recibo del café donde estudiábamos —continuó él, riendo y llorando al mismo tiempo—. Qué idiota, ¿no? Un recibo. Como si eso probara algo.

—Probaba que fuiste feliz —dijo Ximena.

Sebastián la miró.

—No me alcanza.

—Lo sé.

—Nada de esto me alcanza.

Valeria apretó los labios. Incluso ella, tan acostumbrada a pruebas, traiciones y escenas feas, apartó la vista un segundo.

Ximena extendió una mano.

No para acariciarlo.

Para quitarle las lágrimas con una servilleta, porque verlo así era insoportable.

—Ella sabía que la amabas.

—No estuve.

—No fue tu culpa.

—Claro que sí.

—No.

Sebastián se dobló sobre la mesa, como si el dolor le hubiera quitado estructura. Ximena, impedida por la silla y la pierna, se inclinó lo más que pudo.

—Sebastián, escúchame. Vivir culpándote no la honra.

—No me digas cómo honrarla.

—Entonces escúchala a ella, aunque sea a través de mí: sigue viviendo.

La frase salió con la voz de Ximena, pero con el peso exacto que Ximara le había pedido que llevara.

Valeria miró hacia la puerta.

Y se tensó.

Cristian estaba afuera.

No entró de inmediato. Se quedó detrás del cristal, con la expresión congelada, mirando la escena desde el peor ángulo posible: Sebastián inclinado hacia Ximena, Ximena secándole las lágrimas, una carpeta entre ambos y Valeria demasiado seria para que aquello pareciera casual.

Ximena no lo vio.

Sebastián intentó levantarse. La silla rozó el piso. Ximena, por instinto, se incorporó un poco para detenerlo.

—No te vayas así.

El tobillo le falló.

Sebastián la sujetó por los hombros antes de que cayera hacia un lado.

En ese instante, la puerta de la cafetería se abrió.

El aire cambió.

Cristian entró con la voz helada.

—¿Ya terminaron de abrazarse?

Ximena se quedó inmóvil entre las manos de Sebastián.

Valeria cerró los ojos un segundo, como quien ve venir un choque que ya no puede evitar.

Y Sebastián, con las lágrimas aún frescas en el rostro, levantó la mirada hacia el hombre que había llegado justo a tiempo para malinterpretarlo todo.

1
San Aguirre
La historia en general me había gustado aunque me recordó otra donde también el esposo escuchaba los pensamientos de su esposa pero la trama es muy diferente.

Desafortunadamente todos hablan igual, el humor negro, sarcasmo, el estilo de Ximena parece que se los transmitió a todos, que la amiga lo hiciera suele pasar pero la suegra, la mamá Tencha hasta el suegro en las pocas participaciones que tuvo, así los demás personajes.

La historia se alargó de más, relleno innecesario y pésimo final con esa dimensión alterna. Todo lo bueno se fue perdiendo al final.
San Aguirre
Pésimo final, que pena de una historia que en general venía bien.
San Aguirre
¡No arruines la historia! 🥹
San Aguirre
Ya se siente relleno.
San Aguirre
La historia a estas alturas ya la empiezo a sentir muy larga 😒
San Aguirre
¿Cuándo se reconciliaron?
San Aguirre
¿Ya no es Mauricio?
San Aguirre
Valeria estaba en Guadalajara y Ximena en cdmx haciendo videollamada ¿en qué momento se fue Ximena a Guadalajara?
San Aguirre
Como que ya es exagerado.
San Aguirre
Emiliano ya lo sabe.
San Aguirre
La historia me gusta pero creo que ella ya está abusando de la paciencia de él.
San Aguirre
Creo que ya definitivamente no es Julián.
San Aguirre
No entendí, no tomó el celular de Ximena, llamó del suyo pero aún así le dice que no tome llamadas que no son para él, más bien Cristian le marcó a Emiliano o entendí mal 😒
San Aguirre
Ella también mintió 😒
San Aguirre
¿No iban juntos en el carro?
San Aguirre
Y dale con Mauricio 😒
San Aguirre
Creo que ya empieza a parecer un comportamiento infantil.
San Aguirre
Tampoco hay que ser grosera 😒
Kira Javan
ella es ximena, pero el doctor la llamo xiomara, entonces no tiene hermana gemela? interpreta dos mujeres distintas...ya me enredé 🙈
Kira Javan
todo va bien y pues son un matrimonio normal entre comillas, aquí es cuando la hermana regrese qué va a pasar? y si queda embarazada, hijole pobrecita...
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