A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 25
Capítulo 25: Socios, no amantes
Santiago la encontró en su departamento de Coyoacán.
No recordaba haberle dado la dirección. No recordaba haber abierto la puerta. Pero ahí estaba Santiago Montero, de pie en la entrada del departamento que Alejandro le había dado, con una bolsa de supermercado en la mano y una expresión que no era de preocupación —Santiago nunca se preocupaba de la forma en que la gente normal se preocupa— sino de reconocimiento. La expresión de alguien que ve en otro lo que ya ha visto en sí mismo.
Valentina estaba en el sillón. No se había bañado en dos días. No había comido en uno. La carta de admisión de UNAM estaba en la mesa junto a un vaso de agua que no había tocado. El medallón de jade estaba en el suelo, donde lo había arrojado durante una de las noches en que el sueño se negaba a venir y los recuerdos insistían.
Santiago no dijo nada. Entró a la cocina. Valentina lo escuchó abrir gavetas, sacar una olla, llenarla de agua. El sonido del gas encendiéndose. El olor del ajo dorándose en aceite de oliva —el mismo olor que llenaba la cocina de la hacienda cuando él cocinaba a las dos de la madrugada.
Quince minutos después, Santiago salió con dos platos de pasta. Aglio e olio. Lo único que sabía hacer. Se sentó en el otro extremo del sillón y le puso un plato en las manos.
Valentina miró la pasta. Las manos le temblaban. El tenedor repiqueteaba contra el borde del plato como un metrónomo descompuesto.
—He matado a dos personas —dijo.
Las palabras salieron de su boca como algo que lleva demasiado tiempo contenido y que ya no cabe. No fue una confesión dramática. No hubo llanto ni temblor en la voz. Fue un hecho enunciado con la misma tonalidad con que se dice "está lloviendo" o "son las tres".
Santiago enrolló pasta en su tenedor. Se la comió. Masticó. Tragó.
—Lo sé —dijo.
Valentina lo miró. Buscó en su cara el horror. La repulsión. El juicio. No encontró nada. Los ojos de Santiago la miraban como un espejo oscuro: sin luz propia, reflejando solamente lo que ella traía encima.
—¿No vas a decir nada? —preguntó Valentina.
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. Que soy un monstruo. Que debería entregarme. Que lo que hice no tiene perdón.
Santiago dejó el tenedor en el plato.
—¿Quieres que te diga que eres un monstruo? —Su voz era baja, sin filo—. No lo eres. Los monstruos no tiemblan después. Los monstruos no dejan de comer. Los monstruos no se tiran en un sillón durante dos días preguntándose si merecen respirar.
Valentina no respondió. Se llevó un bocado de pasta a la boca. Masticó sin saborearlo. Tragó.
—Tú también has matado —dijo—. ¿Verdad?
Santiago no respondió. Levantó el plato, tomó un sorbo del caldo que quedaba en el fondo, y lo dejó en la mesa. Su silencio era más elocuente que cualquier confesión: el silencio de un hombre que no niega porque no puede y que no confirma porque confirmar significaría abrir una puerta que prefiere mantener cerrada.
Valentina dejó el plato en la mesa junto al de él. Se recargó en el sillón. Miró el techo. Las grietas del departamento de Alejandro formaban un mapa que no llevaba a ningún lugar.
—Necesito algo de ti —dijo Valentina—. Y necesito que lo entiendas antes de que la universidad empiece y todo cambie.
Santiago esperó.
—Socios —dijo Valentina—. No amantes.
Las tres palabras cayeron en el espacio entre ellos como monedas sobre una mesa. Valentina las había ensayado en su cabeza durante dos días. Las había probado en voz alta frente al espejo del baño, ajustando la entonación hasta encontrar el punto exacto entre firmeza y respeto. No quería herirlo. Quería ser clara.
Santiago no se movió. Su cara no cambió. Pero algo detrás de sus ojos —en ese lugar profundo donde guardaba las cosas que no quería que nadie viera— se fracturó.
—¿Puedo preguntar por qué? —dijo.
—Porque lo que tenemos funciona mejor sin amor. Tú me necesitas para moverte dentro del mundo de los Montero. Yo te necesito para sobrevivir en él. Si le ponemos otro nombre a eso, lo arruinamos.
—¿Es por Alejandro?
Valentina dudó. Podía mentir. Podía decir que no se trataba de nadie, que era una decisión puramente estratégica, que el corazón no tenía nada que ver. Pero Santiago merecía al menos eso: la verdad que ella le negaba a todos los demás.
—Sí —dijo—. Es por Alejandro.
Santiago cerró los ojos. Cuando los abrió, algo en ellos había cambiado. No se apagaron —los ojos de Santiago nunca se apagaban— pero la llama se volvió más oscura, más azul, como una estufa de gas que alguien gira al mínimo pero que sigue ardiendo.
—Un hombre de cincuenta y un años —dijo Santiago, con una suavidad que era más peligrosa que cualquier grito—. Que te conoció cuando tenías diez. Que eligió sacarte de un orfanato. Que te vistió, te educó, te protegió, y ahora tú estás enamorada de él. ¿No te parece...?
—No termines esa frase —cortó Valentina.
Santiago levantó las manos en rendición. Pero la semilla estaba plantada, y ambos lo sabían.
—Lo entiendo —dijo Santiago. Su voz sonó diferente. No rota —Santiago no se rompía frente a nadie— pero sí raspada, como papel de lija pasado sobre algo suave—. Pero entenderlo no hace que deje de doler.
Valentina lo miró. En ese momento, Santiago Montero no era el manipulador que le había mentido sobre estar grave. No era el estratega que usaba secretos como cadenas. No era el hombre que la había besado entre humo y sangre sin pedir permiso. Era un hombre de veinticinco años sentado en un sillón con un plato de pasta vacío y el corazón lleno de algo que no sabía cómo llamar porque nadie le había enseñado el nombre.
Valentina se levantó. Recogió el medallón del suelo. Se lo puso.
—Socios —repitió.
Santiago asintió. Un movimiento lento, pesado, como el de un hombre que firma un contrato sabiendo que las cláusulas lo van a destruir.
Valentina caminó hacia la puerta. La abrió. Se detuvo.
—Gracias por la pasta —dijo sin voltearse.
Salió. La puerta se cerró.
Santiago se quedó en el sillón durante un minuto completo. Luego se levantó, caminó hasta la mesita de centro y la empujó con las dos manos. La mesa se volcó. Los platos se estrellaron contra el piso. La pasta se derramó sobre las baldosas como una ofrenda que nadie quiso.
Se quedó de pie sobre los pedazos rotos, respirando pesado, con los puños cerrados y la espalda tirándole donde las heridas todavía no sanaban.
Sacó el teléfono. Marcó un número.
—Necesito que investigues todo sobre Alejandro Reyes —dijo—. Todo. Desde que nació hasta hoy. Especialmente su relación con una niña de Casa Hogar Esperanza.
Colgó. Se sentó en el suelo, entre los platos rotos, y se pasó las manos por la cara.
En algún lugar de la Ciudad de México, Valentina caminaba por Reforma con el medallón de jade contra el pecho y la sensación de haber hecho algo necesario y algo irreparable al mismo tiempo. La universidad empezaba la próxima semana. Un mundo nuevo. Pero en ese mundo, como Santiago le había dicho, los cuatro estarían ahí.