Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 25
Capítulo 25
Le puse los ojos en blanco a Sofía.
—Piensas demasiado. Sólo quiero comprarle un regalo.
—Ajá.
—No hagas ese sonido.
—Es que suena sospechoso.
—Dante me compró un coche. Yo le doy un regalo. Es educación básica.
Sofía tosió para esconder la risa.
—Sí, claro. Educación básica de esposa que no está interesada.
—Exacto.
—Yuyu, viven juntos, duermen en la misma cama, se ven todos los días y, por las marcas que traes, también hacen otras cosas bastante seguido. ¿De verdad crees que no va a pasar nada?
Me quedé callada.
Porque esa pregunta no era tan fácil.
¿Podía pasar algo?
No sabía.
Cada noche me acostaba al lado de Dante y todavía me daba una especie de nervio incómodo. Ya no el mismo de antes. Ya no era sólo rechazo o vergüenza.
Era otra cosa.
Algo que se parecía demasiado a expectativa.
Y eso era peor.
—No pienso tan lejos —dije al final—. Voy día por día.
Sofía me miró como si no me creyera, pero tuvo piedad.
—Va. Hablemos del regalo.
—Para eso te llamé.
—A un hombre puedes regalarle camisa, corbata, reloj, cinturón. Si quieres algo más íntimo, calcetines o ropa interior.
—Ropa interior no.
—Miedosa.
—Decente.
—No tanto, por lo que veo en tu cuello.
—Sofía.
Se rio.
Yo intenté pensar en serio.
—Ropa no. No sé su talla exacta. Reloj... cualquier cosa que no cueste una grosería se le va a ver ridícula.
—Entonces corbata.
—Eso estaba pensando.
Entramos a una tienda de caballeros en el centro comercial. Todo olía a piel nueva, madera cara y aire acondicionado potente.
Había corbatas de todos los tonos.
Azul marino.
Gris.
Negro.
Verde oscuro.
Demasiadas opciones para un hombre que siempre parecía vestido por una junta directiva.
Tomé una.
La dejé.
Tomé otra.
También la dejé.
—No sé cuál le gusta.
—¿Y?
—¿Cómo que y?
—Es un regalo. Si tú se la compras, que la use y ya.
—Qué romántica.
—Práctica. Además, si no le gusta, problema de él. Tú ya cumpliste.
Tenía razón.
Aun así, tardé demasiado.
Al final escogí una corbata color vino. No roja brillante. No escandalosa. Un tono profundo, elegante, pero menos serio que sus corbatas negras y grises.
Dante siempre se veía demasiado adulto.
Demasiado correcto.
Tal vez ese color le bajaría un poco la distancia.
O tal vez me estaba esforzando demasiado para alguien que supuestamente sólo recibía un regalo de cortesía.
Pagué con mi tarjeta.
La mía.
No la que él me había dado.
Si iba a regalarle algo, tenía que salir de mí.
Después seguimos caminando hasta que nos dio hambre. Entramos a un restaurante de Polanco, de esos con luz baja y mesas demasiado juntas para fingir privacidad.
Apenas íbamos a pedir mesa cuando Sofía me jaló la manga.
—Yuyu.
—¿Qué?
Señaló hacia una esquina.
Miré.
Lorena estaba sentada ahí.
No sola.
A su lado había un hombre que yo no conocía. Guapo, limpio, camisa blanca, sonrisa fácil. El tipo de hombre que parecía amable hasta que una se fijaba mejor en los ojos.
—¿Quién es? —susurró Sofía.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes? Es tu hermana.
—Eso no significa que me mande su agenda.
Lorena dijo algo.
El hombre sonrió, se acercó y la abrazó.
Ella no se apartó.
Al contrario.
Se dejó caer contra él.
Luego él bajó la cabeza y la besó.
En pleno restaurante.
Yo me quedé tiesa.
Sofía abrió la boca.
—No inventes.
—Vámonos.
—¿Vámonos? ¿Estás viendo esto y quieres irte?
—Precisamente porque lo estoy viendo.
Lorena llevaba días llorando por Dante. Diciendo que lo amaba. Que sin él no podía vivir.
Y ahí estaba.
Besando a otro hombre como si nada.
No quería meterme.
No quería otra pelea.
Pero Lorena levantó la vista.
Me vio.
Su cara cambió.
Se separó del hombre de golpe.
—Ximena.
Perfecto.
—Hola.
—¿Qué haces aquí?
El tono no fue de sorpresa.
Fue de sospecha.
Como si yo la hubiera seguido.
—Vine a comer con una amiga.
Lorena miró a Sofía.
Sofía sonrió con toda la calma del mundo.
—Hola, Lorena. Soy Sofía, amiga de Ximena. Perdón por interrumpir la sesión.
Yo cerré los ojos un segundo.
Lorena se puso roja.
—No es lo que parece.
Claro.
Nunca lo era.
—Él es Emiliano Vega —dijo rápido—. Un amigo.
Emiliano la miró.
No le gustó la palabra.
Sofía ladeó la cabeza.
—Ah, ya. Amistad de besos.
Lorena apretó los labios.
Yo quería desaparecer.
Emiliano, en cambio, sonrió.
—¿Van a comer? Si quieren, siéntense con nosotros.
—No, gracias —dije enseguida—. Ya comimos.
Sofía me miró.
No habíamos comido nada.
Ni una aceituna.
—No queremos interrumpir. Vámonos, Sofía.
La jalé antes de que su espíritu de chisme nos metiera en una mesa imposible.
Lorena se quedó mirando cómo nos íbamos.
Tenía los dedos cerrados sobre la servilleta.
No podía dejar de pensar en lo que Ximena acababa de ver.
Si se lo contaba a Dante, todo empeoraría.
Ella ya no tenía una buena imagen frente a él.
Y si Dante sabía que seguía viendo a otro hombre...
Emiliano volvió a abrazarla.
—Bebé, la de vestido claro era tu hermana, ¿verdad?
Lorena se tensó.
—Sí.
—¿Por qué no le dijiste lo nuestro?
—Porque no hay nada nuestro.
Emiliano sonrió menos.
—No decías eso hace unas horas.
Lorena lo miró con enojo.
—Te dije que esto se acabó. No vuelvas a llamarme.
—Qué cruel eres.
—Cruel fuiste tú.
—¿Sigues enojada por el video?
Lorena no contestó.
Emiliano le tomó la cara entre las manos.
—Ya te dije que estaba borracho. Se me fue. No quise mandárselo a Montalvo.
—Me arruinaste la vida.
—No digas eso, bebé.
—Es la verdad.
Por culpa de ese video, Dante la rechazó.
Por culpa de ese error, la vida que Lorena había imaginado se cayó: la boda, el apellido Montalvo, la entrada a una familia que estaba muy por encima de los Robles, la seguridad de ser la mujer elegida por un hombre que todos respetaban.
Todo.
Roto.
Y ahora Ximena ocupaba ese lugar.
Su hermana menor.
La que nadie miraba.
Lorena tragó el resentimiento.
Miró a Emiliano.
Él tampoco era poca cosa.
La familia Vega tenía dinero, contactos, apellido. No eran los Montalvo, claro. Nadie era los Montalvo. Pero seguían estando por encima de los Robles.
Si Dante ya estaba perdido, Emiliano podía ser una salida.
No la salida que quería.
Pero una salida.
—¿Cómo piensas compensarme? —preguntó.
Emiliano le acarició la mejilla.
—Como tú quieras.
—¿Te vas a casar conmigo?
La mirada de Emiliano parpadeó.
Sólo un instante.
Luego la abrazó.
—Claro que sí, bebé. Pero no ahora. Hay que esperar el momento.
—Siempre dices eso.
—Porque quiero hacerlo bien. Cuando todo esté listo, voy a hablar con tus papás.
Lorena no veía sus ojos.
Sólo oía su voz.
Suave.
Cálida.
Una voz que Dante nunca usó con ella.
Dante siempre fue frío.
Distante.
Como si sus intentos no le movieran nada.
Emiliano, en cambio, la miraba como mujer. La tocaba como si la deseara.
Eso le devolvía algo que Dante le había quitado sin siquiera tocarla: la seguridad de ser deseable.
—Más te vale cumplir —murmuró.
Emiliano le besó la frente.
—Ven conmigo esta noche. Te voy a consentir.
Sofía y yo encontramos otro restaurante.
Uno sin hermanas besándose en las esquinas.
Apenas nos sentamos, Sofía se inclinó sobre la mesa.
—¿Era él?
—¿Quién?
—El hombre del video. El que hizo que Lorena le pusiera el cuerno a Dante.
—No sé. Yo no vi el video.
Gracias a Dios.
—Pero por la cara de Lorena...
—Sí —dijo Sofía—. Huele a que sí.
Pedimos comida.
Yo intenté concentrarme en el menú.
No pude.
Lorena besando a ese hombre me daba más incomodidad que sorpresa.
—¿Crees que Dante se molestaría si lo supiera? —preguntó Sofía.
Me quedé con la mirada en el vaso.
¿Se molestaría?
¿Le dolería?
¿Le daría igual?
Y, más importante, ¿por qué me importaba?
—No soy adivina —dije.
—Pero podrías imaginar.
—No quiero.
—¿Por qué?
—Porque Dante es... no sé. Aburrido. Difícil de leer. No hay nada que adivinar.
Apenas lo dije, sentí algo.
Una mirada.
Fuerte.
Levanté la cabeza.
Miré alrededor.
No vi nada.
A mi izquierda había un biombo que separaba otra mesa. Detrás se distinguían dos siluetas, pero nada claro.
Me quedé mirando unos segundos.
—¿Qué? —preguntó Sofía.
—Nada.
Volví al plato.
No sabía que el hombre que acababa de llamar aburrido estaba sentado detrás de ese biombo.
Dante Montalvo estaba impecable, como siempre: traje negro, camisa clara, postura recta. Frente a él, Nicolás Ibarra revisaba el menú con media sonrisa.
Dante no miraba el menú.
Miraba el biombo.
—¿Qué ves tanto? —preguntó Nicolás.
Dante retiró apenas la mirada.
Había visto a Ximena desde que entró.
La casualidad le pareció extraña y, por un momento, pensó en acercarse a saludarla.
Luego escuchó su voz.
Y después la palabra.
Aburrido.
La mandíbula se le apretó casi nada.
¿De verdad lo veía así?
Nicolás dejó el menú.
—Oye. ¿Y esa herida en el labio?
Dante lo miró.
—Nada.
—Eso no es nada. Eso es mordida.
Dante no respondió.
Nicolás sonrió.
—¿Tu esposa?
—¿No tienes hambre?
—Muchísima. Pero el chisme alimenta más.
Dante tomó agua.
—Fue ella.
Nicolás soltó un silbido bajo.
—Montalvo, mírate. Recién casado y marcado.
—Cállate.
—¿Cómo va eso con tu esposa?
—Bien.
—Ese bien sonó bastante bien.
Dante volvió a mirar hacia el biombo.
Nicolás siguió:
—¿Y los hijos? ¿Para cuándo?
—No hay prisa.
—Claro. Primero hay que disfrutar el matrimonio.
Dante no contestó.
Luego, como si la pregunta no tuviera nada que ver, dijo:
—Los videos que me mandaste. ¿De dónde los sacas?
Nicolás abrió los ojos.
—Perdón, ¿quién eres y qué hiciste con Dante Montalvo?
—Responde.
—Tú me dijiste que esas cosas eran basura.
—Yo no dije eso.
—Lo dijo tu cara. Tu cara me juzgó como sacerdote de película.
Dante lo ignoró.
—¿Tienes más?
Nicolás se recargó en la silla, feliz.
—Ay, hermano. Al fin reconoces mi aportación a tu vida matrimonial.
Dante lo miró con frialdad.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Nicolás siguió la dirección de sus ojos y alcanzó a ver, por un hueco del biombo, a dos mujeres en la mesa de al lado.
—Oye —dijo, bajando la voz—. No está bien.
—¿Qué?
—Estás casado y mirando mujeres ajenas.
Dante lo miró como si acabara de decir una estupidez.
—Es mi esposa.
Nicolás parpadeó.
—Ah.
Luego sonrió.
—Con razón miras tanto.
Cuando Sofía y yo terminamos de comer, fuimos a la caja.
—Mesa ocho —dije.
La cajera revisó.
—Son cinco mil cuatrocientos cincuenta pesos. ¿Tarjeta?
Abrí mi bolsa.
—Sí.
No alcancé a sacar la cartera.
Una voz baja sonó detrás de mí.
—Con la mía.
Me quedé quieta.
Una mano grande, de dedos largos, dejó una tarjeta negra sobre el mostrador.
No necesitaba mirar.
Pero miré.
Dante estaba a mi lado.
Traje negro.
Cara seria.
Labio marcado.
Y esa presencia que hacía que una caja de restaurante pareciera sala de juntas.
—¿Tú?
La cajera lo miró, impresionada.
—¿Paga la mesa de la señorita?
—Sí. Es mi esposa.
Mi esposa.
Me dio un vuelco tonto en el estómago.
Sofía me pellizcó el brazo.
—Yuyu.
—Ya lo vi —susurré.
Dante agregó:
—Y la mesa diez.
La mesa diez.
Entonces sí.
Había estado ahí.
Detrás del biombo.
Sentí que la sangre se me subía a la cara.
Todo lo que dije.
Todo.
—¿Estabas comiendo aquí? —pregunté.
—Sí.
—No te vi.
—Estaba detrás del biombo.
Quise que el piso se abriera.
Sofía, traidora, sonrió como si acabara de recibir el mejor regalo de su vida.
Detrás de Dante apareció Nicolás.
Me miró con curiosidad abierta.
—Así que tú eres la famosa esposa.
—Nicolás —advirtió Dante.
Nicolás ignoró el tono.
—Soy Nicolás Ibarra, amigo de este señor aburrido.
Me atraganté con aire.
Dante lo miró.
Muy despacio.
Sofía bajó la cabeza para no reírse.
Yo extendí la mano, porque alguien tenía que actuar normal.
—Ximena Robles. Esposa de Dante.
La palabra esposa me salió más natural de lo que esperaba.
—Ella es Sofía, mi amiga.
—Mucho gusto —dijo Sofía, un poco tiesa.
Nicolás nos sonrió.
—El gusto es mío. Y felicidades, Montalvo. Te fue bastante bien.
—Nicolás.
—Ya, ya.
Yo sentí la cara caliente.
Dante preguntó:
—¿Ya te vas?
—Sí. Bueno, casi.
Miré a Sofía.
—¿Me voy?
Ella movió las cejas.
—Vete, vete.
Qué amiga tan útil.
Dante tomó las bolsas que yo llevaba.
—Yo puedo.
No me hizo caso.
Me quitó todo de las manos con una naturalidad insultante.
Luego tomó mi mano.
Ahí sí me quedé inmóvil.
Sus dedos envolvieron los míos.
Cálidos.
Firmes.
Con esa textura ligeramente áspera que ya conocía demasiado bien.
Sofía estaba mirando.
Nicolás también.
Yo intenté convencerme de que era normal.
Éramos esposos.
Los esposos se tomaban de la mano.
En público.
Sin que eso significara nada.
Claro.
Nada.
Entonces, ¿por qué me latía así el corazón?
—Vamos —dijo Dante.
Me despedí de Sofía con la mirada porque si abría la boca iba a decir una tontería.
Afuera estaba el coche de Dante, un Rolls-Royce negro estacionado frente al restaurante.
Él abrió la puerta del copiloto.
Yo seguía pensando en el biombo, en la palabra aburrido, en su mano tomando la mía.
Me incliné para subir y casi me pegué en la cabeza con el marco.
Dante puso la mano de inmediato.
Mi cabeza chocó contra su palma.
Su mano, contra el coche.
—Perdón.
—Sube con cuidado.
—¿Te dolió?
—No.
No le creí.
Pero su cara no cambió.
Me senté.
Dante cerró la puerta y rodeó el coche.
Cuando subió, dejó las bolsas atrás, puso las manos en el volante y me miró de reojo.
—Cinturón.
Me lo puse de inmediato.
El coche arrancó.
Durante varios minutos sólo se escuchó el motor y el tráfico.
Yo esperaba que no dijera nada.
Obviamente lo dijo.
—Te estabas divirtiendo con tu amiga.
—Sí. Teníamos días sin vernos.
—Hablaron mucho.
—Normal.
—¿De qué?
Se me secó la boca.
—De cosas.
—¿Qué cosas?
—No me acuerdo.
Dante soltó un sonido bajo.
No fue risa.
Pero casi.
—Qué memoria tan conveniente.
Miré por la ventana.
—¿Desde cuándo supiste que estaba ahí?
—Desde que entraste.
Me giré.
—¿Y por qué no saludaste?
Sus ojos siguieron en la calle.
Su voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
—Pensé hacerlo.
—¿Y?
—Luego escuché que me estabas llamando aburrido.
Se me murió el alma.
Dante continuó, sin cambiar el tono:
—Me dio pena interrumpir.