Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 25 CUESTIONES DE FAMILIA
En la mansión, Maya seguía esperando.
El teléfono vibró sobre la mesa. Lo agarró antes de que terminara el primer zumbido.
—¿Dante?
—Estamos bien —dijo la voz grave, al otro lado de la línea—. Tenemos lo que necesitamos. En dos horas estoy en casa.
—¿Mi padre está bien?
—Está bien. Incluso bromeó. Creo que le estoy empezando a caer bien.
Maya soltó una risa nerviosa, medio sollozo, medio carcajada.
—No te hagas ilusiones.
—Nunca las hago. Espérame despierta.
Colgó. Maya se quedó un momento con el teléfono en la mano, sintiendo cómo la tensión abandonaba su cuerpo en oleadas.
Espérame despierta.
Tres palabras. Tan simples. Y, sin embargo, Maya sintió que le llegaban a un lugar que no sabía que existía.
*_*
Dante cumplió su palabra: dos horas después, el coche entraba por el portón de la mansión.
Maya bajó las escaleras corriendo, sin importarle que Elsa la viera, sin importarle que los guardaespaldas la observaran. Llegó al recibidor justo cuando Dante abría la puerta principal.
Estaba cansado. Los ojos grises, normalmente impenetrables, tenían un brillo de fatiga. El traje estaba arrugado, las mangas manchadas de polvo de los cajones que había forzado. Pero cuando la vio, algo en su rostro cambió.
—Estás bien —dijo Maya, y no era una pregunta.
—Estoy bien —respondió él, y era una respuesta.
Se quedaron mirándose un momento, separados por apenas unos metros, con el aire de la noche filtrándose por la puerta abierta.
Alessandro apareció detrás de Dante, con una expresión que Maya no sabía interpretar.
—Tu yerno —dijo, dirigiéndose a ella—. No es tan inútil como pensaba.
—Papá.
—Es un cumplido. En mi mundo, eso es un cumplido.
Alessandro subió las escaleras sin esperar respuesta, dejando a Maya y Dante solos en el recibidor.
—¿Encontraron algo? —preguntó Maya.
—Sí. Suficiente para hundir a tu tío.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dijo Dante, subiendo un escalón hacia ella—, ahora dormimos. Mañana, luchamos.
Maya asintió. Dio un paso al frente, cerró la distancia entre ellos, y apoyó la cabeza en el pecho de Dante. Solo un segundo. El tiempo justo para sentir los latidos de su corazón, fuertes y firmes, demostrando que seguía vivo.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias todavía —respondió él, rodeándola con un brazo—. Esto no ha terminado.
Lo apretó un poco más.
—Pero estamos más cerca.
Maya cerró los ojos y se dejó sostener.
*_*
El golpe de Mateo no tardó en llegar.
A la mañana siguiente, mientras Maya y Dante desayunaban, el teléfono de Alessandro sonó con una llamada que heló la sangre de todos.
Era Renata.
No Renata la sedada, la ausente, la que apenas podía mantener los ojos abiertos. Era Renata la lúcida, la que llevaba días sin aparecer en la mesa, la que apenas había intercambiado diez palabras con su hija desde que llegaron a la mansión.
Su voz llegó temblorosa, entrecortada, el eco del pánico.
—Maya… hija… no sé dónde estoy… me sacaron de la habitación… unos hombres… me trajeron aquí… no sé dónde…
Maya sintió que el mundo se detenía.
—¿Mamá? —dijo, con la voz rota—. ¿Mamá, dónde estás?
—No lo sé… hay una ventana… se ve el río… y una iglesia… una iglesia con una cúpula verde…
Maya miró a Dante con los ojos llenos de lágrimas.
—Se la llevaron —dijo—. Mi tío se la llevó.
Dante arrancó el teléfono de las manos de Maya y lo puso en altavoz.
—Señora Velini —dijo, con una calma que no sentía—. Escúcheme. No cuelgue. Quédese en la línea. Nosotros la vamos a encontrar.
Pero la llamada se cortó. Un pitido seco, largo, definitivo.
El silencio en el comedor fue absoluto.
Alessandro se había puesto de pie, con el rostro pálido como la cera. Sus manos, apoyadas en la mesa, temblaban visiblemente.
—Mateo —dijo, y la palabra sonó a escupitajo—. Ese hijo de puta. Va a pagar. Lo juro por Dios que va a pagar.
Dante ya estaba en movimiento. Sacó su teléfono, marcó un número, dio órdenes con una voz fría y precisa.
—Quiero un rastreo de la última ubicación de esa llamada. Quiero un mapa de todas las propiedades de Mateo Velini en un radio de diez kilómetros. Quiero a mis hombres en la calle en cinco minutos. Y quiero que alguien me traiga a su abogado. Ahora.
Colgó y se volvió hacia Maya.
—Voy a traerla de vuelta —dijo, con una certeza que no admitía dudas—. Pero necesito que te quedes aquí. Necesito que estés a salvo.
—No —respondió Maya, levantándose—. No me quedo. Voy contigo.
—Maya…
—¡Dante! —gritó, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se derramaron—. Es mi madre. No voy a quedarme sentada en esta mansión esperando noticias mientras ella está en manos de ese monstruo. O me llevas contigo o voy por mi cuenta. Pero no me quedo.
Dante la miró un largo momento. Sus ojos grises, fríos, se encontraron con los de ella. Luego, lentamente, asintió.
—Elsa —dijo—. Tráigame la chaqueta de la señora. Y la mía.
—Sí, señor —respondió Elsa, y desapareció escaleras arriba.
Alessandro dio un paso al frente.
—Yo también voy.
—No —dijeron Maya y Dante al unísono.
Alessandro los miró con los ojos encendidos de furia.
—Es mi esposa.
—Y es mi suegra —respondió Dante—. Pero usted está en libertad condicional. Si lo ven conmigo en un operativo de rescate, lo devuelven a la cárcel. Y entonces, ¿quién cuida a Maya? ¿Quién cuida a Renata cuando la traigamos de vuelta? No, señor Velini. Usted se queda. Y espera. Como hace una semana esperaba Maya. Como he esperado yo toda mi vida.
Alessandro apretó la mandíbula. Pero asintió.
—Tráemela de vuelta, Carusso. O te juro que te mato con mis propias manos.
—Trato hecho —respondió Dante.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias