Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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La mujer detrás de la puerta.
El golpe volvió a retumbar.
Una vez.
Dos veces.
A la tercera, la puerta se abrió por completo.
Evelyn contuvo la respiración.
El hombre que apareció al otro lado llevaba un abrigo negro empapado por la lluvia. Su cabello, antaño oscuro, estaba salpicado de mechones plateados, y una cicatriz le atravesaba la mejilla izquierda. Sostenía un bastón con una empuñadura de plata, pero lo que más llamó la atención de Evelyn fueron sus ojos.
Grises.
Exactamente del mismo tono que los de Adrian.
—Buenas noches, mi querida familia —dijo el desconocido—. Veo que, después de tantos años, todavía no han aprendido a cerrar las puertas que deberían permanecer selladas.
Adrian se quedó inmóvil.
La sangre que manchaba su camisa pareció volverse más oscura.
—No puede ser…
Evelyn miró a su prometido.
—¿Lo conoces?
Adrian no respondió. Sus labios se habían entreabierto, pero ninguna palabra salía de ellos.
El desconocido sonrió con tristeza.
—¿De verdad me has olvidado, hijo?
El silencio que siguió fue insoportable.
—Padre… —susurró Adrian.
Evelyn sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
Arthur Blackthorne.
El hombre que todos creían muerto.
El padre de Adrian y Alexander.
El hombre que había manipulado a su familia, ocultado a uno de sus hijos y participado en los rituales que habían condenado a tantas personas.
Estaba vivo.
Y acababa de regresar a la habitación donde se guardaban los secretos más oscuros de los Blackthorne.
—No —murmuró Adrian, dando un paso hacia él—. Yo vi tu cuerpo. Estuve en tu funeral.
Arthur inclinó ligeramente la cabeza.
—Viste lo que alguien quiso que vieras.
—¿Quién?
—La misma persona que te hizo creer que tu hermano había muerto al nacer. La misma que te convenció de que tu madre había fallecido por una enfermedad. La misma que te hizo pensar que podías heredar esta casa sin heredar también sus pecados.
Adrian apretó los puños.
—Si has venido a mentirme otra vez, te juro que…
—¿Qué harás? ¿Matarme?
Arthur soltó una risa seca.
—Ya lo intentaste una vez.
Adrian palideció.
Evelyn sintió que su prometido retrocedía un paso, como si acabara de escuchar una sentencia.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó ella.
Arthur dirigió hacia ella sus ojos grises.
Y sonrió.
—Ah, Evelyn Ashbourne. La muchacha que recuerda haber vivido una vida entera y todavía cree que conoce su propia historia.
Evelyn se colocó delante de Elara.
—No vuelva a hablarme como si me conociera.
—Pero te conozco, querida. Te he conocido en más ocasiones de las que puedes imaginar.
—¿Quién es usted realmente?
Arthur dejó de sonreír.
—Soy el hombre que intentó detener el primer regreso.
Hizo una pausa.
—Y el responsable de que todos los demás fueran posibles.
I. El padre que nunca murió
Adrian avanzó hacia su padre.
—¿Dónde has estado todos estos años?
Arthur lo observó con una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.
—En el único lugar donde el tiempo no podía encontrarme.
—Deja de hablar con acertijos.
—No son acertijos. Son las consecuencias de tus propias decisiones.
Adrian lo agarró del cuello del abrigo.
—¡Mi madre está muerta!
Arthur no intentó defenderse.
—Sí.
—¡Alexander fue borrado de nuestra familia!
—Sí.
—¡Y Evelyn ha pasado por muertes que ni siquiera puede recordar!
—También es cierto.
Adrian apretó los dedos con más fuerza.
—Entonces dime por qué. Dime qué ganabas con todo esto.
Arthur lo miró a los ojos.
Por primera vez, su expresión se quebró.
—Quería salvar a tu madre.
La respuesta fue tan inesperada que Adrian lo soltó.
Evelyn observó al hombre con desconfianza.
—¿Eleanor?
Arthur asintió.
—Tu madre descubrió el pacto antes que yo. Comprendió que las personas que regresaban no estaban recuperando simplemente sus vidas. Estaban arrastrando consigo a quienes amaban, condenándolos a repetir pérdidas que nunca habían aprendido a aceptar.
—¿Y aun así participaste en el ritual? —preguntó Evelyn.
—Porque creía que podía dominarlo.
—Todos dicen lo mismo —intervino Elara.
Arthur volvió la mirada hacia la niña.
Su rostro perdió todo el color.
—Tú…
Elara le sostuvo la mirada.
—Hola, Arthur.
El hombre retrocedió tan bruscamente que su bastón golpeó el suelo.
—No. No es posible.
Evelyn sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿La conoce?
Arthur no respondió.
Sus ojos permanecían fijos en Elara, como si estuviera viendo un fantasma.
—Tú no deberías existir —susurró.
La niña apretó la mano de su madre.
—Eso mismo me dijeron la última vez.
Arthur se llevó una mano al pecho.
—Yo vi cómo te llevaban.
—¿Quiénes?
El hombre cerró los ojos.
—Las personas que prometieron salvarte.
Elara bajó la mirada.
Y Evelyn comprendió que aquel hombre sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a confesar.
—Quiero respuestas —dijo ella—. Todas. Y si vuelve a intentar ocultarme algo, no habrá título ni apellido que lo proteja de mí.
Arthur la estudió en silencio.
Después inclinó la cabeza, casi con respeto.
—Ahora comprendo por qué el pacto te teme.
—El pacto no me teme.
—Sí, Evelyn. Porque tú eres la única que ha regresado sin aceptar las condiciones.
II. La habitación de Eleanor
Arthur pidió que lo acompañaran al ala este del castillo.
Adrian se negó al principio.
—No voy a seguirte a ninguna parte.
—Entonces quédate aquí y continúa creyendo que tu madre murió en su cama.
El duque se quedó helado.
Arthur comenzó a caminar.
—Tu madre no murió en su habitación, Adrian. Murió bajo la capilla, intentando destruir el registro original.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y por qué todos nos hicieron creer otra cosa?
—Porque el registro no desapareció. Eleanor lo destruyó parcialmente, pero sus páginas sobrevivieron. Algunas fueron escondidas por los Whitmore. Otras terminaron en manos de los Ashbourne. Y una de ellas…
Arthur se detuvo frente a la puerta de la antigua habitación de Eleanor.
—Una de ellas fue enterrada con ella.
Adrian miró la puerta que había permanecido cerrada durante años.
—¿Qué hay ahí dentro?
—La última carta de tu madre.
—Encontramos sus cartas.
—Encontraste las que ella quería que encontraras.
Arthur sacó una llave de plata de su bolsillo.
La cerradura emitió un chasquido.
La puerta se abrió.
El aire que salió de la habitación olía a rosas marchitas y madera húmeda. Las cortinas permanecían cerradas, los muebles cubiertos con sábanas blancas y un espejo antiguo descansaba sobre una cómoda.
Todo parecía detenido en el instante en que Eleanor había abandonado la habitación.
Adrian entró primero.
Evelyn lo siguió, sin soltar la mano de Elara.
—¿Dónde está la carta? —preguntó el duque.
Arthur señaló el espejo.
—Detrás.
Adrian lo apartó con cuidado.
En la pared había una pequeña cavidad. Dentro descansaba un sobre amarillento, sellado con cera negra.
Evelyn reconoció el símbolo grabado en el sello.
Una rosa blanca atravesada por una línea.
El mismo que aparecía en la daga.
—No lo abras —dijo Arthur.
Adrian se volvió lentamente.
—¿Perdón?
—La carta fue escrita para ti, pero no debes leerla hasta que hayas recordado lo que hiciste.
—¡No recuerdo haber hecho nada!
—Precisamente.
Adrian tomó el sobre.
—Estoy harto de que todos utilicen mis recuerdos como una excusa para ocultarme la verdad.
Rompió el sello.
Arthur intentó detenerlo, pero fue demasiado tarde.
Adrian extrajo una hoja doblada.
La letra de Eleanor era delicada, inclinada ligeramente hacia la derecha.
Leyó en voz alta:
Mi querido hijo:
Si has encontrado esta carta, significa que he fracasado en mi intento de destruir el pacto. También significa que tu padre ha regresado o que alguien ha ocupado su lugar.
No confíes en lo que recuerdes de mí. No confíes en lo que tu padre te diga sobre tu nacimiento. Y, sobre todo, no permitas que Evelyn conozca el nombre que elegí para ella antes de que naciera.
Adrian dejó de leer.
Evelyn sintió que el estómago se le encogía.
—¿Qué nombre?
El duque continuó.
Hay una verdad que he escondido incluso de mí misma: tú no fuiste el primer hijo al que amé, y Evelyn no fue la primera mujer a la que intenté salvar.
Cuando naciste, el pacto ya había elegido a uno de ustedes. Tu padre creyó que podía engañarlo ocultando a Alexander, pero no comprendió que el precio nunca había sido uno de los dos niños.
El precio era el hijo que todavía no había nacido.
La carta tembló entre los dedos de Adrian.
—¿Qué significa esto?
Arthur se apoyó en su bastón.
—Significa que tu madre descubrió que el pacto no estaba intentando destruir a nuestra familia.
—¿Entonces qué quería?
Arthur miró a Evelyn.
—Crear una nueva.
III. El hijo que nunca nació
Evelyn sintió que Elara le apretaba la mano.
—Mamá…
—Estoy aquí, mi pequeña estrella.
Pero su propia voz sonó distante.
La carta seguía abierta en manos de Adrian.
El duque leyó las últimas líneas.
Si alguna vez vuelves a ver a la niña, no intentes retenerla. No es la primera hija que el pacto reclama, ni será la última mientras alguien siga intentando corregir su muerte.
Y si Evelyn llega a recordar quién fue antes de llamarse Evelyn, dile que no fue su culpa.
Dile que yo fui quien eligió.
La carta terminaba con una firma.
Eleanor.
Adrian bajó lentamente el papel.
—Mi madre sabía quién era Evelyn antes de que naciera.
—Sí —respondió Arthur.
—Y sabía que Elara regresaría.
—Sí.
—¿Por qué no hizo nada para detenerlo?
Arthur miró hacia el espejo.
—Porque lo intentó. Y por eso murió.
Evelyn se acercó a él.
—Dijo que el precio era un hijo que todavía no había nacido. ¿De quién hablaba?
Arthur tardó en responder.
—De un niño que Eleanor esperaba tener.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Mi madre estaba embarazada?
—No cuando murió. Antes de que tú y Alexander nacieran, Eleanor perdió un hijo. Nadie lo supo, excepto ella y yo.
—¿Y qué tiene que ver eso con Evelyn?
Arthur miró a la joven.
—Porque el pacto no empezó con la muerte de Elara, ni con tu regreso a los dieciocho años, ni con la primera vez que Lucien pidió recuperar a su esposa.
Su voz se volvió más baja.
—Empezó cuando una madre perdió a un hijo y pidió que el tiempo le devolviera aquello que le había arrebatado.
Evelyn sintió que un recuerdo intentaba abrirse paso.
Una habitación blanca.
Una mujer llorando.
Un bebé envuelto en una manta.
Y una promesa:
Si me lo devuelves, aceptaré cualquier precio.
Evelyn se tambaleó.
Adrian la sostuvo.
—¿Qué pasa?
Ella se llevó las manos a la cabeza.
—Lo recuerdo…
Arthur se acercó de inmediato.
—¿Qué recuerdas?
Evelyn levantó la mirada.
—No era yo quien sostenía al bebé.
Arthur se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Era Eleanor.
Adrian apretó los labios.
—¿Mi madre?
Evelyn asintió lentamente.
—La vi en una habitación. Estaba llorando. Sostenía a un niño, pero no podía verle el rostro. Había alguien junto a ella, diciéndole que podía recuperarlo si aceptaba el precio.
Arthur palideció.
—No puede ser…
—¿Qué? —preguntó Evelyn—. ¿Qué sabe?
El hombre retrocedió hasta el espejo.
—El niño que Eleanor perdió nunca fue enterrado.
El silencio fue absoluto.
Adrian parecía incapaz de respirar.
—¿Dónde está?
Arthur no lo miró.
—No lo sé.
—¡Mientes!
—¡No lo sé! —gritó Arthur—. ¡Creí que había muerto! Eleanor me lo dijo. Me aseguró que había entregado el cuerpo a los Whitmore para que lo enterraran lejos de aquí.
—¿Y después?
Arthur cerró los ojos.
—Años más tarde, encontré una carta de ella. Decía que nuestro hijo había regresado.
Evelyn sintió que una certeza aterradora comenzaba a tomar forma.
—¿Regresado cómo?
Arthur abrió los ojos.
—Con otro nombre.
Adrian se acercó a su padre.
—Dime cuál.
Arthur miró a su hijo.
Y, por primera vez, pareció sentir miedo de él.
—Lucien.
IV. El hombre que no pertenecía a su tiempo
Nadie habló durante varios segundos.
Adrian fue el primero en reaccionar.
—Eso es imposible. Lucien pertenece a una época anterior a la nuestra.
—Eso es lo que indican los registros —respondió Arthur—. Pero los registros han sido modificados tantas veces que ya no podemos confiar en ellos.
—¿Estás diciendo que Lucien era hijo de Eleanor?
—Estoy diciendo que encontré documentos que lo sugieren. No puedo asegurarte que sea cierto.
Evelyn sintió que una pieza de la historia acababa de encajar, pero otras diez se habían desprendido.
Lucien había afirmado ser el primer esposo de Evelyn, un hombre que vivió mucho antes de la familia Blackthorne tal como ella la conocía.
Si también era el hijo perdido de Eleanor, ¿cómo podía haber vivido antes que ella?
¿Y por qué se parecía a Adrian en algunos recuerdos, pero no en otros?
—El pacto no solo repite vidas —murmuró Evelyn—. También cambia las relaciones entre las personas.
Arthur la miró con atención.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie. Estoy empezando a entenderlo.
Elara soltó la mano de su madre y se acercó a la carta.
—Lucien no es el hijo que Eleanor perdió.
Todos se volvieron hacia ella.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Adrian.
—Porque yo estuve allí.
La niña parecía mucho más pequeña bajo la luz de las velas.
—Recuerdo a Eleanor llorando. Recuerdo que me sostuvo entre sus brazos y me pidió que no la olvidara. Pero el bebé que perdió no era Lucien.
Arthur negó con la cabeza.
—No puedes recordar algo ocurrido antes de tu nacimiento.
Elara lo miró con una serenidad inquietante.
—¿Y quién te dijo que nací una sola vez?
Arthur retrocedió.
La niña señaló el espejo.
—Hay alguien detrás.
Evelyn giró de inmediato.
Al principio solo vio su propio reflejo: el rostro pálido, los ojos llenos de lágrimas, el cabello revuelto por tantas horas de miedo.
Pero después distinguió una figura detrás de ella.
Una mujer vestida de blanco.
El cabello negro le caía sobre los hombros. Sus ojos eran oscuros, casi completamente negros.
Seraphine.
Eleanor.
O quizá alguien que utilizaba ambos nombres.
Evelyn se volvió, pero la habitación estaba vacía.
Cuando miró de nuevo el espejo, la mujer seguía allí.
Y sonreía.
—No le creas a Arthur —dijo la figura desde el otro lado del cristal.
Adrian se colocó delante de Evelyn.
—¿Qué eres?
La mujer ignoró la pregunta.
Sus ojos se clavaron en Evelyn.
—Mi niña, hay algo que debes comprender antes de que sea demasiado tarde.
—¿Qué?
La figura apoyó una mano contra el espejo.
—El hijo que perdí no fue el primero en regresar.
El cristal comenzó a agrietarse.
—Y tampoco fue el último.
Un sonido parecido a un grito surgió desde el interior de la pared.
El espejo estalló.
Adrian cubrió a Evelyn y Elara con su cuerpo mientras los fragmentos caían al suelo.
Cuando el ruido terminó, Arthur estaba arrodillado frente a la cómoda, con las manos sobre la cabeza.
—No —murmuraba—. No otra vez. Por favor, no otra vez.
Evelyn se apartó de Adrian y lo miró.
—¿Qué está pasando?
Arthur levantó el rostro.
Las lágrimas le surcaban las mejillas.
—Ella ha regresado.
—¿Quién?
El hombre miró los pedazos del espejo.
—La persona que el pacto intentó borrar antes de que existiera.
V. El nombre escrito en la pared
Una corriente de aire recorrió la habitación.
Las velas se apagaron una por una.
Adrian sacó una pequeña lámpara de su bolsillo y la encendió, iluminando el suelo cubierto de cristales.
Elara se había quedado inmóvil frente a la pared donde había estado el espejo.
—Mamá —susurró.
Evelyn se acercó.
En la pared había aparecido una inscripción que no estaba allí antes. Las letras parecían escritas con tinta oscura, aunque la piedra estaba seca.
NO BUSQUÉIS AL NIÑO QUE MURIÓ. BUSCAD AL QUE FUE OBLIGADO A VIVIR.
Debajo, alguien había escrito un nombre.
ALEXANDER.
Adrian se volvió hacia su padre.
—¿Qué tiene que ver mi hermano con esto?
Arthur se puso lentamente de pie.
—Todo.
—Creí que lo habías ocultado para salvarlo.
—Eso intenté convencerme a mí mismo.
—¿Qué significa?
Arthur apretó el bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Cuando nacieron, el pacto exigió un hijo. Eleanor se negó a entregaros a cualquiera de los dos. Intentó destruir el ritual, pero no pudo. Así que decidió esconder a Alexander y fingir que había muerto.
Adrian respiró con dificultad.
—Eso ya lo sabemos.
—No. No lo sabes todo. Alexander no fue elegido porque fuera el más débil. Fue elegido porque era el único que podía recordar.
—¿Recordar qué?
Arthur miró a Evelyn.
—La primera vida de todos ustedes.
Elara empezó a llorar.
Evelyn se arrodilló junto a ella.
—¿Qué pasa, mi pequeña estrella?
La niña señaló el nombre escrito en la pared.
—Alexander no fue el único que regresó.
—¿Quién más?
Elara levantó los ojos hacia su madre.
—El niño que nunca nació.
En ese instante, desde el pasillo llegó un ruido de pasos.
Lentos.
Irregulares.
Alguien se acercaba a la habitación.
Adrian levantó la lámpara.
—¿Alexander?
No hubo respuesta.
Los pasos se detuvieron justo detrás de la puerta.
Después, una voz masculina habló desde la oscuridad.
—No abras, Adrian.
El duque se quedó helado.
Evelyn conocía aquella voz.
La había escuchado en sus recuerdos, en los sueños que la perseguían desde que regresó a los dieciocho años.
Era la voz de Lucien.
—¿Dónde estás? —preguntó Evelyn.
—Del otro lado de la puerta.
—¿Qué está pasando?
Hubo una pausa.
—Arthur te ha mentido. Eleanor te ha mentido. Y yo también.
Evelyn sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Sobre qué?
La respuesta llegó en un susurro.
—Sobre quién fue realmente la primera persona que murió para que tú pudieras vivir.
Adrian se acercó a la puerta, pero Arthur lo sujetó del brazo.
—¡No la abras!
—¡Suéltame!
—Si cruzas esa puerta, no volverás a ser el mismo.
Adrian miró a su padre con furia.
—Toda mi vida me has dicho qué debía creer, qué debía olvidar y a quién debía proteger. Ya no.
Se soltó.
Evelyn tomó su mano.
—Esta vez, decidimos juntos.
Adrian asintió.
Y abrió la puerta.
El pasillo estaba vacío.
No había nadie.
Solo una pequeña caja de madera descansaba en el suelo, atada con una cinta azul.
Evelyn se agachó para recogerla.
Elara comenzó a temblar.
—No la abras, mamá.
Pero Evelyn ya había desatado la cinta.
Dentro había una fotografía antigua, amarillenta por el tiempo.
Mostraba a Eleanor de Blackthorne sosteniendo a un bebé.
A su lado estaba Arthur, mucho más joven.
Y detrás de ellos, casi oculto por las sombras, aparecía un niño de unos cinco años.
Cabello plateado.
Ojos claros.
Una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Alexander.
Evelyn sintió que el mundo se detenía.
Porque junto al niño había otro, idéntico a él.
Pero aquel segundo niño tenía el rostro de Adrian.
Y en el reverso de la fotografía, una frase escrita por Eleanor revelaba lo imposible:
«Mis hijos nacieron tres veces. Solo dos recibieron un nombre».
Adrian dejó caer la lámpara.
La oscuridad los envolvió.
Y desde algún lugar del castillo, una voz infantil comenzó a reír.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁