PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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Elizabeth: Cinco años después
Mi cuerpo estaba agotado; sentía que ya no me quedaban fuerzas para moverme. Sin embargo, al ver el enorme montón de hojas que aún cubría el escritorio, solté un suspiro profundo.
Hasta no terminar, no puedo regresar a casa.
Me puse en marcha de nuevo y continué revisando documento por documento, mientras los importes se cuadraban en otra sección de los balances.
Eran las dos de la madrugada cuando por fin di por concluido todo el trabajo. Terminé por quedarme dormida allí mismo, acurrucada en el sofá de mi oficina.
Con la ayuda incondicional de papá, había logrado fundar y sacar adelante mi propia filial en otra ciudad. Para el resto del mundo, yo me había mudado fuera del país; pero la realidad era otra: papá consideró que establecer una sucursal en una ciudad vecina era la estrategia perfecta para mantener las apariencias.
Durante cinco largos años, pasé mis días inmersa en las responsabilidades, obligándome a no distraer ni un solo segundo la mente, a reprimir a golpe de voluntad la necesidad visceral de correr a abrazarlo.
Suena extrañísimo, considerando que lo único que quise durante tanto tiempo fue huir de él y alejarme de su sombra. Pero ahora que lo había hecho, ahora que por fin era libre y no me sentía una prisionera, descubrí que tampoco podía vivir tranquila.
Las amigas que hice en este lugar habían intentado de mil maneras que disfrutara de mi nueva vida, que saliera y conociera gente. Pero me era imposible. No lograba pensar en ningún otro hombre sin imaginar a Diego de inmediato, sin creer que sentía sus manos sobre las mías. No conseguía borrar sus ojos de mi mente, ni esa constante y febril sensación de que seguía allí, observándome en silencio desde algún rincón.
No podía olvidar nada de aquello.
Todos los hombres con los que salí resultaron ser... demasiado tranquilos.
Me llevaban a casa después de cenar, hablaban con un exceso de ternura y delicadeza, eran educados y correctos hasta el hastío. Pero bastaba con que alguno intentara rozarme para que mi mente recordara a Diego: su manera tan posesiva, tan avasallante de tocarme, de mirarme, de tenerme cerca. En ese preciso instante, todo mi esfuerzo por pasar página se iba al carajo.
Cinco años sin verlo eran tiempo más que suficiente para empezar de cero con alguien más. Pero simplemente no se podía.
Lo único a lo que sí había renunciado con éxito fue a los recuerdos de mi otra vida; rumiar aquello no me hacía ningún bien. Además, el Diego que apareció frente a mí en el hospital no era aquel monstruo del pasado. Este Diego había tomado una decisión radical: decidió dejarme ir. Y realmente cumplió su palabra.
No supe nada de él en todos estos años; no tenía la más remota idea de qué era de su vida. Papá jamás volvía a mencionarlo, y mi hermana tenía estrictamente prohibido pronunciar su nombre, convencida de que cualquier noticia sobre Diego me destrozaría de nuevo.
Algo que yo misma aceptaba y agradecía en silencio. Fui yo quien decidió marcharme.
Después de todo, a Sofía no le había caído nada bien enterarse de la verdad sobre la obsesión de Diego; Max se había encargado de ponerla al corriente de todo lo que él sabía.
Además, a mí también me había dejado perpleja escuchar en su momento la versión de Max:
—Diego solía verte muchísimo, siempre se inventaba excusas absurditas para invitarte a salir. Al principio creí que solo lo hacía porque le caías bien, pero poco a poco me di cuenta de que algo andaba mal con él. Por ejemplo, el día de mi fiesta de cumpleaños, estaba muy tranquilo hasta que comenzó a ponerse tenso y extraño; de la nada se acercó a besar a varias chicas, no sé qué pretendía con eso. Pero viéndolo en retrospectiva y conociendo su comportamiento, creo que intentaba desesperadamente calmarse antes de que tú hicieras tu aparición. También se la pasaba tomándonos fotos a todos, pero cuando revisé su teléfono, el ochenta por ciento eran fotos tuyas; no había de nadie más. Era rarísimo, demasiado intenso para mi gusto.
Después de que Max sacudiera de esa forma la cabeza de mi hermana, ella prefirió no volver a tocar el tema de Diego jamás. Incluso continuó saliendo con él a reuniones y fiestas por amistad, pero jamás volvió a darme un solo detalle de su paradero. Por esa misma razón, preferí saltarme su fiesta de compromiso; no quería correr el riesgo de topármelo y echar a perder el equilibrio que tanto me costó construir.
No quería verlo y arruinarlo todo.
Pero eso no significaba que fuera a perderme su boda, ¿verdad?
En mi otra vida, encerrada en aquella habitación oscura y atada con cadenas, me fue imposible presenciar el matrimonio de mi hermana. Así que esta vez la historia era distinta: me encontraba allí, de pie justo afuera del recinto, esperando el momento indicado para entrar.
Mis manos temblaban levemente. Los nervios me cosquilleaban en el estómago. ¿Cómo reaccionaría si me veía? ¿Seguiría queriendo atraparme, tal vez con más fuerza que antes?
Pero esta vez la decisión había sido mía. Esta vez había querido ser yo la que se acercara a su mundo.
Di los pasos necesarios hasta cruzar los umbrales del gran salón de fiestas. Me había perdido la ceremonia religiosa a propósito; no quería causar ningún alboroto innecesario ni incomodar a Max en su día.
Miré hacia el interior del salón abarrotado de gente. En el centro de la pista, mi hermana bailaba el vals nupcial con Max; ambos se veían increíblemente felices.
Una lágrima solitaria se desprendió de mis ojos. En mi línea temporal pasada, aquel compromiso me causaba repulsión y angustia; pero en esta realidad era diferente. En esta ocasión ella no se veía ansiosa ni acorralada. No la veía odiándome por pelear por el amor del mismo novio.
Me quedé allí quieta, sin apartar los ojos de ellos, mientras secaba con discreción la humedad de mis mejillas. Al menos ellos dos habían conseguido ser felices.
Me di la vuelta dispuesta a buscar a papá entre los invitados. Al verme, él me recibió con un abrazo cargado de cariño y una profunda nostalgia.
Me dio un beso tierno en la frente.
—Se ven preciosos, ¿verdad? —murmuró papá, estrechándome contra su pecho.
—Lo están —respondí, observando a mi hermana con la sonrisa más sincera que me cabía en el rostro.
Fue entonces cuando mis ojos se desviaron hacia un rincón apartado.
A un lado del salón, discretamente alejado de la multitud, estaba él.
Sus fríos ojos grises me descubrieron al instante, deteniéndose en mí por un brevísimo segundo antes de darse la vuelta con rigidez y comenzar a caminar hacia la salida. Lo vi abandonar el recinto sin mirar atrás una sola vez.
El corazón me dio un vuelco brutal y desesperado. Quise correr tras él en ese preciso instante. Pero papá, sin percatarse de mi perturbación, me tomó de la mano para arrastrarme a saludar a un nuevo socio de la empresa que acababa de llegar.
El susodicho era un hombre alto; tuve que alzar ligeramente el mentón para mirarlo bien. El socio de papá era educado, impecable, exactamente como todos los caballeros predecibles que había conocido en los últimos años. Pero una parte amarga de mi interior confirmó lo que ya temía: para mí, la única chispa capaz de encender algo era la peligrosa y absorbente posesividad de Diego.
—Papá, disculpa, tengo que salir un momento —le avisé, soltándome de su agarre con sutileza.
Empujé las puertas dobles para salir a la frescura de la noche. Y allí estaba.
Sentado con total naturalidad sobre el capó de su coche, con un cigarrillo humeante atrapado entre los dedos. Lucía visiblemente más maduro; aquel era, sin duda, el Diego imponente que antaño me había encerrado, pero el aire denso y enfermizo que lo rodeaba ya no existía. Estaba disuelto. Por primera vez, al mirarlo, no sentí ni una sola pizca de miedo. Al contrario: lo único que habitaba en mi pecho era la absoluta certeza de que no quería moverme de su lado.
Él notó mi presencia al instante. Giró la cabeza para mirarme de reojo durante un segundo eterno, apagó la colilla del cigarrillo con el pié y pasó junto a mí con paso firme, ignorándome de forma deliberada y absoluta.
—¿Cómo has estado? —le pregunté a su espalda, conteniendo el aliento.
No se detuvo ni aminoró la marcha; continuó avanzando hacia su vehículo sin mirarme.
—Mantén tu distancia, Elizabeth... es lo más prudente que puedes hacer en tu vida —fue su única respuesta antes de abrir la puerta y desaparecer de mi campo de visión.
Solté una sonrisa torcida, casi divertida, mientras lo veía intentar huir de mí de la forma más fría posible.
Creo que Caperucita Roja por fin se ha convertido en la cazadora. Y ya va siendo hora de que el lobo obtenga su merecido.