El cielo estaba despejado aquella mañana, y las calles de la ciudad permanecían tranquilas. Nadie imaginaba que, antes de que terminara el día, el mundo que conocían dejaría de existir.
nas cuando anos riendo. Varios testigos aseguran
amó a su padre, pero la llamada terminó enviándolo ntesta, ón cambió.
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De nuevo ala ciudad
A la mañana siguiente, Darian ya estaba despierto. Se encontraba junto a una de las mesas del área militar, preparando su mochila con agua, alimentos, municiones y un botiquín de primeros auxilios.
Marco e Iván también estaban terminando de alistarse para salir a la ciudad.
—¿Llevas todo lo necesario? —preguntó Iván mientras ajustaba las correas de su chaleco.
—Sí. No pienso tener que regresar por algo que olvidé —respondió Darian.
Marco se acercó con el mapa de la ciudad entre las manos.
—Esta vez tendremos que ser más cuidadosos. Después de lo que le ocurrió a la otra patrulla, no podemos confiarnos.
—Lo sé —contestó Darian—. Mantendremos la comunicación y no nos separaremos sin necesidad.
Cuando terminó de revisar su equipo, Darian se colocó el uniforme correctamente y se dirigió hacia la salida del refugio.
Sin embargo, antes de llegar a las puertas, escuchó que alguien lo llamaba.
—¡Darian, espera!
El soldado se giró y vio a Adrian acercándose apresuradamente.
El rubio todavía llevaba la ropa con la que había dormido y tenía el cabello un poco despeinado. Al llegar frente a él, se quedó mirándolo durante unos segundos, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—¿Qué sucede? —preguntó Darian.
Adrian no respondió inmediatamente. En cambio, se acercó y lo abrazó con fuerza.
Darian abrió ligeramente los ojos por la sorpresa, pero enseguida correspondió al abrazo.
—Por favor, cuídate mucho —murmuró Adrian contra su uniforme—. No te arriesgues demasiado, ¿sí?
Darian bajó la mirada hacia él y sonrió suavemente.
—Te lo prometí, ¿recuerdas? Voy a hacer todo lo posible por regresar.
—Pero prométeme que tendrás cuidado…
—Lo prometo.
Adrian se separó un poco, aunque todavía sostenía la tela del uniforme entre sus dedos.
—Y… regresa pronto.
Darian le dio unas palmaditas suaves en la espalda.
—Lo intentaré. Mientras tanto, quédate aquí y hazle caso a mi hermano.
—¡Oye! —protestó Daniel, que acababa de acercarse y había presenciado toda la escena—. ¡Yo sé cuidar de mí mismo!
Darian soltó una pequeña risa.
—Eso espero, porque no estaré aquí para vigilarte.
Daniel miró a Adrian, después a su hermano, y comenzó a reírse bajito.
—Vaya, vaya… Parece que alguien se preocupa muchísimo por ti.
Adrian se puso rojo inmediatamente.
—¡Solo le estoy diciendo que tenga cuidado!
—¡Yo no he dicho nada malo! —respondió Daniel, levantando las manos con una sonrisa traviesa.
Darian negó con la cabeza, divertido.
—Eres imposible, Daniel.
Entonces el castaño se acercó y también abrazó a su hermano.
—Hablando en serio… ten cuidado, ¿de acuerdo? No quiero tener que esperar aquí sin saber si vas a regresar.
La expresión de Darian se suavizó. Rodeó a Daniel con un brazo y le revolvió el cabello con la otra mano.
—Voy a regresar, pequeño. Tú solo cuida de Adrian y de Valeria mientras estoy fuera.
—¡No me llames pequeño! —se quejó Daniel, aunque no soltó el abrazo.
—Entonces deja de preocuparte como si tuvieras cinco años.
—¡Darian!
Adrian soltó una risita al escucharlos discutir.
Por unos momentos, los tres permanecieron juntos, intentando disfrutar de aquella pequeña despedida antes de que Darian tuviera que marcharse.
Finalmente, Marco llamó desde la entrada.
—¡Darian! ¡Tenemos que salir!
—¡Ya voy! —respondió el soldado.
Darian se separó de Daniel y miró una última vez a Adrian.
—Cuídate tú también, ¿entendido?
Adrian asintió.
—Aquí te estaré esperando.
Darian le dedicó una última sonrisa y caminó hacia el vehículo, donde Marco e Iván ya lo esperaban.
Daniel y Adrian permanecieron junto a la entrada, observando cómo los tres soldados subían al automóvil.
El motor rugió y el vehículo comenzó a avanzar hacia las puertas del refugio.
Adrian levantó una mano para despedirse, sin apartar la mirada de Darian hasta que el automóvil desapareció por completo.
Daniel lo observó de reojo y sonrió.
—Tranquilo. Mi hermano es muy terco. Seguro que hará todo lo posible por regresar.
Adrian bajó lentamente la mano.
—Eso espero…
Y mientras las enormes puertas se cerraban, ambos se quedaron esperando el regreso de los soldados, sin saber qué peligros encontrarían aquella mañana en la ciudad.