Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 23
El sol ya se había puesto cuando Kael habló.
—Quédate.
Ayla levantó la vista. Yusuf esperaba junto a la puerta. Kael no lo miró.
—Dile que se vaya. Que vuelva al amanecer.
Yusuf inclinó la cabeza y salió. La puerta se cerró. Por primera vez desde que Ayla empezó a subir a esa cámara, se quedaron completamente solos después del anochecer.
Kael señaló la silla junto a la ventana. Ella se sentó. La habitación olía a incienso frío y a medicinas. La lámpara de aceite tiraba una luz amarilla y temblorosa sobre la manta.
—Hoy no escribimos de decretos —dijo él—. Hoy escribimos de otra cosa.
Le acercó el tablero. Ayla tomó el carbón. Esperó.
Kael habló primero, sin escribir:
—Tengo miedo.
La frase quedó colgando en el aire. Ayla lo miró. Él no apartó la vista.
—No a morir. A eso ya me acostumbré en las campañas. Tengo miedo a quedarme aquí, en esta silla, viendo cómo mi propio hijo me va quitando el imperio pedazo a pedazo. Y a no poder hacer nada más que hablar.
Ayla escribió despacio:
**Por eso resisto.**
Kael leyó. Asintió.
—Sí. Pero cada día que resisto, te pongo a ti más en peligro. Zahir ya te marcó. Los del consejo también. Si caigo, caes tú.
Ella trazó debajo:
**Lo sé. Me quedo.**
Kael se quedó mirando esas dos palabras un buen rato. Después extendió la mano y le tocó los dedos, justo donde el carbón había dejado una mancha negra.
—¿Tú no tienes miedo?
Ayla pensó. Después escribió:
**Tengo. Pero no de ti.**
Él soltó una risa baja, cansada.
—Deberías. Yo destruí tu reino. Maté a tu familia. Te traje aquí como botín. Y ahora te tengo sentada a mi lado pidiéndote que me ayudes a no perder lo que me queda.
Ayla no bajó la vista. Escribió con letra clara:
**Todavía no te he perdonado.**
Kael leyó. No se sorprendió.
—Lo sé. Por eso confío en ti más que en nadie. Porque no me mientes.
Se hizo un silencio largo. Afuera se oía el viento moviendo las cortinas del patio. Dentro solo el crujido de la madera de la silla cuando Kael se acomodaba.
—Quédate hasta que me duerma —pidió él—. No quiero apagar la lámpara y quedarme a oscuras con mis propios pensamientos.
Ayla asintió. Dejó el carbón a un lado. Se quedó sentada, con las manos quietas sobre el regazo. Kael cerró los ojos. La respiración se le fue haciendo más lenta. De vez en cuando el dolor le hacía fruncir el ceño, pero no se quejaba.
Ayla lo miró. El hombre que le había quitado todo estaba ahí, vulnerable, pidiéndole que no lo dejara solo en la oscuridad. Y ella se quedó.
No por perdón.
No por cariño todavía.
Por algo más complicado.
Porque el silencio de los dos, juntos, pesaba distinto.
Cuando la respiración de Kael se volvió profunda y regular, Ayla apagó la lámpara. Se quedó un rato más en la penumbra, escuchando. Después se levantó en silencio y salió.
Yusuf la esperaba en el pasillo, sentado en el suelo. Se levantó sin preguntar nada. La acompañó hasta la escalera de servicio. Ayla bajó sola las últimas gradas.
En el dormitorio común Lina dormía. Yasmin roncaba. Nur estaba de espaldas. Ayla se acostó sin quitarse la túnica. Miró el techo bajo.
Mañana Zahir volvería.
Mañana la presión sería peor.
Pero esta noche, por primera vez, el sultán le había confesado miedo.
Y ella se había quedado.