Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Reclamo de la Corona
Apenas diez minutos transcurrieron desde que la deslumbrante silueta del vestido carmesí desapareció con elegancia tras los arcos dorados del gran salón principal del Palacio de Invierno.
En la mesa imperial, rodeado de cortesanos, el Zar Alejandro II no prestó la menor atención a las risas vacías ni a las adulaciones interesadas de las damas y ministros que lo rodeaban estrechamente. Su mirada de soberano continuó fija, imantada e imperturbable, en la exacta dirección por la que aquella misteriosa y fascinante mujer se había marchado minutos antes.
El asistente personal del monarca regresó a paso apresurado, con el entrecejo fruncido por la tensión, e inclinó respetuosamente la cabeza hacia la espalda del emperador para susurrarle al oído con total discreción.
—Majestad, ya he conseguido averiguar la información solicitada. Se trata de la señora Ana Karénina, la distinguida esposa del alto y respetado funcionario Aleksiej Aleksándrovich Karénin.
El Zar entornó los ojos oscuros, saboreando el nombre lentamente en sus labios mientras una sonrisa calculada, lenta y felina se dibujaba en su semblante.
—Karénina... La esposa de Karénin —murmuró el monarca con una marcada y profunda intriga en la voz—. Sumamente interesante. ¿Y dónde se encuentra ahora exactamente?
—La señora se retiró indispuesta a una de las habitaciones privadas del segundo piso del palacio, Majestad —informó el asistente en un susurro casi imperceptible—. Parece ser que bebió demasiado champán en la recepción y se siente levemente indispuesta. Está descansando allí en completa soledad.
La sonrisa del Zar se profundizó de inmediato, encendida por la oportunidad inesperada que el destino le ponía en bandeja. Se puso de pie de un salto de manera brusca, un movimiento inusual que hizo que los oficiales, diplomáticos y damas de la mesa imperial callaran de golpe y contuvieran el aliento.
—Llévame hasta allí.
El asistente parpadeó desconcertado, sintiendo un sudor frío recorrerle la nuca ante la magnitud de lo que se avecinaba. No tuvo más remedio que obedecer y guiar al monarca mientras este subía a paso firme, decidido y autoritario las amplias escaleras de mármol hacia la zona más reservada y silenciosa del palacio. Al llegar finalmente frente a la pesada puerta de caoba noble de la habitación indicada, el Zar se detuvo en seco y giró la cabeza hacia su subordinado.
—Quiero que vigiles. No permitas que nadie nos interrumpa bajo ninguna circunstancia.
El asistente, aterrorizado por las implicaciones políticas descomunales y el inminente escándalo social que esto acarrearía, vaciló visiblemente antes de responder.
—Pero, Señor... es una mujer casada. Es la esposa de uno de sus funcionarios más leales y respetados de todo el gabinete. Si alguien llega a verlos...
El Zar lo cortó con una mirada cargada de una furia helada, absoluta y tiránica que congeló las palabras instantáneamente en la garganta del hombre.
—Yo soy el Zar de todas las Rusias —sentenció el monarca en un murmullo bajo, profundo y dominante—. Absolutamente todo lo que hay debajo del cielo ruso me pertenece por derecho divino. Si yo deseo a la esposa de uno de mis funcionarios, él debería sentirse profundamente honrado y aplaudir con orgullo porque he seleccionado a su mujer entre todas las demás. ¿Acaso no lo entiendes?
El asistente tragó saliva con extrema dificultad, temblando de pies a cabeza, y bajó la vista al suelo de inmediato.
—Por supuesto, Su Majestad. Perdone mi imprudencia. Vigilaré la puerta personalmente. Absolutamente nadie pasará por aquí.
Sin perder un solo instante, el Zar giró el pesado pomo de la puerta de caoba y entró en la estancia oscura sin hacer el menor ruido, cerrando con lentitud tras de sí.
La habitación se encontraba en una densa penumbra, iluminada únicamente por la suave y plateada luz de la luna que se filtraba a través de los grandes ventanales. Sobre la amplia cama de terciopelo oscuro, Ana yació recostada, aparentando de manera impecable un profundo, frágil y apacible sueño. El deslumbrante vestido carmesí, sutilmente desordenado de forma estratégica, dejaba al descubierto la delicada y pálida piel de sus hombros, así como la prominente y elegante curva de su escote.
Al verla postrada de aquella manera, una violenta ola de excitación febril recorrió la sangre del monarca. Se acercó despacio, casi con sigilo, absolutamente fascinado por la escena, y extendió la mano para rozar la calidez de su rostro con la yema de los dedos enguantados.
Mientras tanto, en la penumbra silenciosa de aquel refugio apartado de las miradas indiscretas de la alta sociedad de San Petersburgo, la atmósfera se cargaba de una tensión casi eléctrica y magnética. Ana permanecía inmóvil bajo el tacto del soberano, calculando milimétricamente cada segundo de su respiración y midiendo el impacto exacto de su fingida vulnerabilidad sobre los instintos más profundos del hombre más poderoso del Imperio. Sabía que cada segundo de esa espera prolongada intensificaba el deseo febril del autócrata, transformando la curiosidad inicial en una urgencia irrefrenable de posesión.
Ana fingió volver en sí de manera torpe, parpadeando despacio, como si la pesadez del alcohol o del cansancio aún la mantuviera entre la reAlidad y el sueño. Levantó los ojos e inclinó la cabeza, desorientada.
—¿Quién... quién es usted? —murmuró con una inocencia desarmante, al intentar incorporarse con fragilidad—. ¿Acaso me conoce?
El Zar, lejos de responder o actuar con cautela, no esperó un segundo más. Se inclinó y la tomó por el rostro, apoderándose de sus labios en un firme y arrebatado beso.
Ana fingió un sobresalto instantáneo. Opuso una ligera resistencia, al colocar sus manos sobre el pecho del monarca para empujarlo débilmente, justo como lo dictó el juego: ni una entrega servil que aburriera al cazador, ni un rechazo real que lo alejara. Esa sutil resistencia desesperó aún más al Zar, quien, cautivado e intrigado por la frialdad inicial de la mujer, profundizó el beso con una pasión devoradora.
Poco a poco, Ana aflojó el cuerpo, al fingir rendirse al peso de la tentación y a la majestad de su agresor. Rompió el beso por un segundo, agitada, al mirarlo a los ojos con la piel encendida.
—Señor... esto es una locura. No puede seguir... Yo soy una mujer casada, usted es—
—Silencio —la calló el Zar en un susurro áspero, al posar un dedo sobre sus labios—. No discutas con tu soberano.
Sin darle tregua, el monarca comenzó a retirar con avidez la tela carmesí de sus hombros, desnudándola mientras él mismo se deshizo de su casaca y su uniforme con impaciencia.
Mientras tanto, en la planta baja del palacio, en medio del salón de baile, Vronsky buscó desesperadamente a Ana entre la multitud con una copa de cristal congelada en la mano, preguntando a los sirvientes sin obtener respuesta.
No sospechó que, en una de las habitaciones privadas del segundo piso, Ana Karénina dio el primer gran paso de su magistral plan.
Al sentir la calidez de los besos del Zar al descender apasionadamente por su cuello, Ana cerró los ojos en la penumbra. En su mente no hubo culpa, no hubo entrega, ni un solo rasgo de la trágica mujer de su vida pasada. Solo tuvo la absoluta certeza de que la cacería comenzó, y el Zar de Rusia cayó en su trampa.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa