Era el mejor amigo de mi padre. Catorce años mayor que yo. El único hombre en el mundo al que nunca debí desear.
Juliet lleva años guardando un secreto que no se atreve a pronunciar: Lorenzo Vescari, el italiano de mirada verde y pasado tatuado en la piel, es el hombre que ocupa cada uno de sus pensamientos. Y a pocos días de la boda de su padre, él ya no está dispuesto a fingir que no lo sabe.
Entre una casa llena de invitados, miradas que duran demasiado y una noche de tormenta en la que se apagan las luces, la línea que los separa se vuelve cada vez más fina. Lorenzo sabe lo que arriesga. Juliet sabe de quién es hija. Y ninguno de los dos logra mantenerse lejos del otro.
Pero amar a quien no deberías tiene un precio: una madre que cree saber lo que más le conviene, una ex que no piensa soltar su presa, un enemigo del pasado que mueve sus piezas desde las sombras y un secreto que, si sale a la luz, puede destruir una amistad de toda la vida.
¿Cuánto estás dispuesta a perder por el hombre al que nunca debiste querer?
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Capítulo 10
Capítulo 10: El desayuno
Juliet
Papá, Sofia, Lorenzo. Y entre todos ellos, mis ojos fueron directo a Marla Quinn, esa mujer dolorosamente desagradable.
Para colmo, estaba sentada justo al lado de Lorenzo. Y lo que hacía arder mis celos todavía más era verlo conversar con ella con total naturalidad, igual que papá y Sofia.
¿Qué demonios le pasaba a ese hombre?
—Juliet, trata de no mirarlo como si estuvieras planeando extraerle los riñones —me susurró Miles al oído—. Créeme, no te conviene que nadie se dé cuenta de tus celos.
—¿Por qué carajos le está hablando? ¿Qué intenta? ¿Dejar que ella le chupe la verga? —grité en susurros, sin despegar los ojos de la escena.
—¿Y yo cómo voy a saberlo? No puedo comprender cómo piensan los hombres heterosexuales —se encogió de hombros.
—Jules, tal vez solo trata de evitar un momento incómodo —razonó Priya—. No puede maldecirla ni gritarle con tanta gente alrededor. Es una invitada, y seguramente no quiere arruinar nada. Intenta calmarte.
—Me importa un carajo. No quiero ver a esa mujer ni cerca de él —dije entre dientes, hirviendo.
—No seas tan posesiva, niña traviesa —ronroneó Tessa.
—Sí, confía un poco en tu tío —se sumó Miles.
¿Tío? ¿¡Qué demonios!?
—¿Qué dijiste? —Apreté la mandíbula y cerré los puños a los costados. Estaba lista para pegarle en cualquier segundo.
Miró mis puños y una sonrisa avergonzada le apareció en los labios.
—Eh... olvídalo.
—¡Más te vale no decir nada! —casi grité. Pero mi atención volvió de golpe a Marla, que contemplaba sin pudor el tatuaje de Lorenzo—. ¡Maldita mujer! ¡Toda su existencia gira en torno al sexo!
—Y la tuya parece girar en torno a Lorenzo Vescari —silbó Miles por lo bajo.
Este idiota...
—¡Imbécil! ¿Puedes cerrar la boca de una maldita vez?
—Está bien, está bien. No grites como perro rabioso —replicó, ceñudo.
Iba a gritar otra vez cuando Priya intervino.
—Chicos, tranquilos. —Hizo una mueca y bajó las manos para pedirnos calma—. ¿Qué intentan hacer? ¿Quieren que nos oigan?
Ups.
Tenía razón. Estaría en graves problemas si papá o Sofia me oían.
—Juliet, ¿qué hacen ustedes? —llamó Sofia—. Vengan para acá.
Sentí la mirada verde y penetrante de Lorenzo sobre mí, pero lo ignoré a propósito, me forcé una sonrisa y caminé hacia la mesa. Miles, Tessa y Priya me siguieron.
—¿Cómo logras manejar con tanto éxito tu negocio en Italia si pasas la mayor parte del tiempo aquí? —le estaba preguntando Marla cuando me acerqué.
A esa zorra sin duda le faltaba sentido común.
—Bueno... cada quien encuentra su equilibrio —respondió Lorenzo. Había un dejo de incomodidad en su voz, pero eso casi no enfrió mi rabia.
Estaba furiosa. Los celos me corrían por dentro como lava.
La mandíbula se me apretó sola.
—La verdad es que algo me quitó el apetito, Sofia. Disfruten el desayuno. Yo paso.
—¿Qué? ¿Te sientes bien? —preguntó Sofia enseguida.
—¿Qué pasó? —Papá dejó su taza de café en la mesa, y su sonrisa se desvaneció en preocupación—. ¿No te sientes bien?
—Papá, estoy bien —suspiré. Mi enojo se me fue casi al instante al verle la cara—. Es que hoy no tengo ganas de comer.
—Entonces no puedes irte sin desayunar. Siéntate. —Frunció el ceño y señaló una silla.
—Pero, p-papá...
—Nada de peros, Juliet —me cortó con firmeza—. De esta no te libras. Siéntate.
Todo el rato, Lorenzo me observó en silencio, como si supiera exactamente por qué actuaba así.
—Pero...
—Por cierto, Miles, Priya, Tessa, ¿por qué no se sientan? El drama de su amiga va a durar unos minutos, así que mejor disfruten el desayuno —dijo papá, ignorándome por completo.
La frustración me puso la cara roja.
—¿¡Por qué siempre me tratas como una niña!?
—Porque eres una niña. Una licencia de conducir y unos centímetros de más no te hacen diferente para mí. Siempre serás mi Jules pegajosa. —Tomó un sorbo de café con toda naturalidad, avergonzándome sin ninguna preocupación.
Sofia ahogó una risita, y era obvio que todos los demás luchaban por contener la risa. En cuanto a la miserable de Marla, seguía con sus inútiles intentos de llamar la atención de Lorenzo, haciéndole preguntas triviales que él claramente no pensaba responder.
—Papá, tú... —empecé, con la voz cargada de amenaza.
Pero no pude terminar, porque el mismísimo diablo decidió interrumpir.
—Juliet, ¿por qué no te sientas, y vemos qué podemos hacer para mejorarte el ánimo?
Un escalofrío me recorrió la columna, y mi mirada se encontró con la suya.
Su expresión era una mezcla de diversión e incredulidad.
—No creo que nada pueda mejorarlo. —Luché contra las ganas de lanzarle una mirada asesina.
—Eso lo veremos. —Me dedicó una sonrisa cómplice—. Ahora, ¿te importaría sentarte? —Su mano palmeó con suavidad la silla a su izquierda.
Mi cuerpo se movió antes de que mi mente lo alcanzara, y de algún modo terminé sentada a su lado. Y que Marla, esa detestable mujer, siguiera ahí me molestaba sin fin.
—¡Vaya! Eso sí fue sorprendente —rio Sofia—. No pensé que le harías caso a nadie. Gracias, Lorenzo.
—Sí, de verdad sorprende que Juliet se haya molestado en escuchar a alguien —dijo papá. La confusión le cruzó el rostro antes de convertirse en otra cosa.
—El placer es todo mío. —Una sonrisa ladeada le tiró de la comisura de los labios.
—Gracias a Dios, me moría de hambre —exclamó Miles, que ya devoraba su tostada mientras se sentaba.
—Siempre te mueres de hambre —rio Priya, sentándose junto a Tessa.
Pasaron unos momentos, y todos se absorbieron en sus propias conversaciones mientras yo trataba de canalizar mi rabia en la comida que tenía en la boca, masticando con toda la fuerza posible.
De pronto sentí una mano conocida en mi muslo. Sus dedos rozaron apenas mi piel mientras él sorbía su café con naturalidad.
Mis ojos saltaron hacia él, pero ni me dedicó una mirada, como si no tuviera idea de lo que hacía su mano bajo la mesa.
Quería gritarle, pero, ay, no podía. Así que estiré la mano bajo la mesa para quitarme la suya del muslo, y su agarre solo se apretó.
Y entonces, en medio de todo, pasó algo afortunado.
Sonó el celular de Marla.
—Sí, bebé, un momento. Te hago una videollamada ahora mismo. —Tomó su vaso de jugo, se excusó y salió del comedor.
Segundos después, Lorenzo acercó su silla a la mía, con tanta suavidad que nadie lo notó. Papá y Sofia hablaban de los preparativos de la fiesta, y mis amigos, fieles a su naturaleza, estaban ocupados discutiendo sus atuendos.
—¿Me puedes decir qué te puso tan enojada? —El susurro de Lorenzo me secó la garganta.
—Tú... tú actúas como si no supieras nada.
—Siempre es un placer oír algo de esa boca tan hermosa. La que hace maravillas —dijo, con la sonrisa cada vez más amplia.
Reprimí un sonrojo.
—Tu queridísima Marla parece más que dispuesta a hacerte esos favores —dije, dedicándole una sonrisa que decía exactamente lo que pensaba. Vete al diablo.
—Vaya, alguien está celosa. —Una risa baja se le escapó, y su mano subió, más y más cerca de la costura de mi short de mezclilla.
Mierda. Iba a jugar sucio.
—Me sorprende que hayas tenido tiempo de notar mis simples celos, cuando toda tu atención estaba en la señorita Marla. —Lo miré con falsa sorpresa—. ¡Qué maravilla!
—Estoy seguro de que sabes que tengo muy claro dónde debe estar mi atención —susurró, y presionó la mano entre mis piernas, justo sobre el short—. Y es aquí.
Casi me ahogo con el jadeo y tuve que aclararme la garganta para no toser como una anciana.
—Juliet, ¿estás bien? —preguntó Sofia. Los ojos de papá también se desviaron hacia mí.
—S-sí, estoy bien. —Me removí en el asiento tratando de sacudirme la mano de Lorenzo, pero no se movió.
Por suerte, ninguno de los dos preguntó más, y su atención se fue apartando poco a poco.
—Quita la mano —dije entre dientes, cuidando de mantener la voz baja.
Mi reacción solo logró que la diversión le brillara más en los ojos.
—Ni lo sueñes. —Sonrió, tomó un sorbo de café y soltó un suspiro de satisfacción. Luego presionó más fuerte, justo sobre mi clítoris.
¡Maldición!
—No tienes derecho a tocarme después de que te vi disfrutando la charla con esa zorra que ya intentó ligarte varias veces. —Por fin le aparté la mano.
—Solo hablé con ella un momento. No habría sido correcto ignorarla. —Me atrapó la mano.
—Deberías dar gracias a Dios de que no se aprovechó de esa maldita "charla breve", porque podría haberte arrastrado a su cuarto y haberte agredido. —Lo fulminé con la mirada—. Ah, no. Seguro te encantaría.
—¿Agredido? ¿Hablas en serio, Juliet? —Se rio, tratando de esconder la boca tras el puño—. No puedo creerte.
—¿Te parece gracioso, eh? —Se me instaló un ceño fruncido en la cara—. ¿Sabes qué? ¿Por qué no te vas y te acuestas con Marla? Ya me cansé.
Me levanté de la silla.
—Me cansé. Me voy a mi cuarto ahora mismo.
—No, jovencita. No te vas hasta que termines esa tostada —dijo papá, exactamente como esperaba.
—¡Dios! Te juro que a veces eres insoportable. —Agarré la tostada de aguacate de mi plato—. Toma, me llevo tu preciada joya. La comeré en mi cuarto. Ahora déjame en paz.
Dicho eso, salí del comedor y subí las escaleras, sin dedicarle otra mirada a Lorenzo.
A la mitad de la escalera, le di un mordisco a la tostada y tomé una decisión.
¿Que los celos le parecían graciosos? Bien.
Veamos qué tan graciosos le parecían cuando le tocara a él.