NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 23
...JULIETA ÁLVAREZ ...
Sentía que a Alejandro se le había terminado de ir la cabeza.
¿Gran Duque? ¿Nobleza europea? ¿Un compromiso dinástico con una baronesa? Lo miraba fijamente, parada en medio de la sala de Daniela, esperando que en cualquier momento soltara una risa amarga y me dijera que todo era una broma de mal gusto para justificarse.
Pero la severidad en su rostro, la sombra de cansancio bajo sus ojos y la forma desesperada en que me sostenía la mirada no tenían nada de farsa.
Mi mente era un caos absoluto.
No podía creer absolutamente nada de lo que salía de su boca. Sonaba a la trama de una de las novelas baratas que editábamos en la oficina, no a la vida real del hombre amargado, exigente y terco con el que llevaba compartiendo escritorio tres años.
—Sé lo que estás pensando —dijo Alejandro, dando un paso cauteloso hacia mí y cortando la distancia con una vulnerabilidad que jamás imaginé ver en él—. Sé que todo esto suena completamente loco, Julieta... pero es real. Es mi maldita realidad.
Tragué saliva, sintiendo cómo un nudo se me formaba en el estómago. La rabia de hace un segundo empezó a disiparse, reemplazada por una sensación de vértigo.
—Y perdóname —continuó en un murmullo, dando otro paso hasta quedar a centímetros de mi rostro, sin atreverse a tocarme—. Perdóname por hacerte pasar por todo esto a ti y a nuestro bebé. Perdóname por reaccionar como un cobarde al principio, por mentirte y por arrastrarte a este desastre... Pero en serio, Julieta, no te quiero perder. No a ti.
Me quedé inmóvil, con el pecho subiendo y bajando acompasadamente, procesando la mirada desgastada del hombre que tenía enfrente. El arrogante, frío e inquebrantable Editor Senior Santana estaba ahí, con los ojos inyectados en sangre y la voz rota, rogándome por una oportunidad que jamás pensé que le escucharía pedir a nadie.
—Alejandro... esto es demasiado —murmuré, llevándome una mano a la sien mientras sentía que la cabeza me daba vueltas—. ¿Un Gran Duque? ¿Una baronesa? Ni siquiera sé qué se supone que deba decir ante una locura como esa.
—No tienes que decir nada ahora mismo —interrumpió él de inmediato, dando medio paso más hacia mí, rompiendo la última barrera de espacio que nos separaba—. No te estoy pidiendo que me perdones de la noche a la mañana, ni que te saltes el proceso de estar enojada conmigo. Sé que te mentí, sé que te oculté mi vida y que te fallé cuando más necesitabas certeza.
Hizo una pausa corta, extendiendo la mano con temor antes de posar suavemente sus dedos sobre los míos. El calor de su piel me dio un vuelco directo al estómago.
—Pero no me pidas que me aleje, Julieta —suplicó en un susurro—. Odio la idea de que pienses que fui un imbecil que jugó contigo. Llevo tres años viéndote en esa editorial, admirando tu talento, tu carácter, la forma en que defiendes tus ideas... No voy a dejar que mi familia ni ese maldito título arruinen lo único real que he construido en mi vida.
Tragué saliva, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de rabia, confusión y un cansancio profundo.
Quería gritarle, quería empujarlo y recordarle el infierno que habían sido estos días de incertidumbre, pero la sinceridad brutal en sus palabras me tenía completamente paralizada.
—¿Y qué pretendes que haga con la baronesa? —pregunté con la voz temblorosa, sosteniéndole la mirada—. ¿O con tu familia? ¿Esperas que me quede sentada mientras los periódicos y esos aristócratas me destrozan por no ser de su mundo?
—No. Yo me voy a encargar de romper ese compromiso y de acabar a cualquiera que intente tocarte a ti o al bebé. Si tengo que renunciar a todo otra vez para protegerlos, lo voy a hacer sin pensarlo dos veces.
Me quedé mirándolo a los ojos, sintiendo cómo la última barrera de rabia y defensa que había levantado se desmoronaba por completo.
—Eres un idiota, Alejandro... —murmuré, con la voz quebrada y una lágrima rebelde rodando por mi mejilla.
—Lo sé —susurró él sin dudar un solo segundo.
Aprovechando que no me alejé. Levantó ambas manos con infinita ternura para acunar mi rostro, usando sus pulgares para limpiar con delicadeza el rastro de mis lágrimas.
—Soy el idiota más grande del mundo por haberte hecho dudar de lo que siento por ti —continuó, pegando su frente a la mía—. Te juro por mi vida, Julieta, que nadie en este mundo te va a volver a poner en segundo lugar. Nadie.
Pasé mis manos por su cuello, enredando mis dedos en su cabello desordenado para pegarlo más a mí. Alejandro dejó escapar un suspiro hondo, casi de alivio puro, y cortó el espacio en un beso profundo, lento y cargado de una necesidad retenida durante días.
Me apretó contra su pecho con firmeza, rodeándome la cintura como si fuera lo más valioso de su existencia.
Cuando nos separamos apenas unos milímetros para tomar aire, apoyé la cabeza contra su hombro, escuchando el latido acelerado de su corazón bajo la camisa.
De pronto, un dolor sordo, agudo y punzante me atravesó el vientre bajo con fuerza. Se me cortó la respiración de golpe y di un pequeño paso atrás, llevándome una mano al estómago mientras la cabeza comenzaba a darme vueltas.
—¿Julieta? —preguntó Alejandro de inmediato, con la preocupación marcándose en su rostro—¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?
—Todo está... pasando muy rápido —balbuceé, sintiendo que el piso se volvía inestable.
Traté de apoyarme en su brazo, pero antes de que pudiera articular otra palabra, una calidez húmeda y pesada bajó de forma brusca entre mis piernas. Bajé la mirada despacio, aterrorizada. El líquido rojo ya estaba empapando la tela clara de mi pantalón, goteando de manera alarmante sobre el piso.
—Alejandro... —alcancé a ahogar en un hilo de voz, mostrando mis manos temblorosas y manchadas de rojo.
La mirada de Alejandro se transformó en un horror puro y primitivo que jamás le había visto a nadie. Su rostro se desencajó por completo.
—¡Daniela! ¡DANIELA, VEN AHORA MISMO! —rugió Alejandro con una desesperación salvaje que retumbó en todo el departamento, mientras sacaba el teléfono del saco con manos torpes y despavoridas para llamar a una ambulancia.
—Mi bebé... —murmuré, sintiendo cómo el pánico me devoraba por dentro.
La idea espantosa de estar perdiendo a mi hijo se convirtió un pensamiento insoportable. Mi mente se inundó de terror, la visión se me volvió oscura en cuestión de segundos y las piernas me colapsaron por completo.
—¡Julieta! ¡No, no, no! ¡Mírame! —fue lo último que escuché antes de que los brazos de Alejandro me atraparan en el aire y la absoluta oscuridad me tragara.
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