Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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No nos debemos explicaciones
Melina volvió al bar esa misma tarde, como si la charla de la vereda hubiera distendido todo un poco, aunque algo entre las dos seguía distinto, más cauteloso.
Claudia lo prefería así, por ahora: prefería el silencio incómodo a la ausencia total. Tambien había llegado a la conclusión de que Melina, a pesar de haberse metido con un hombre casado, no era la culpable directa. Ella incluso, a su tiempo, le había contado que estaba con un tipo casado. Solo que resultó ser el traidor de Fabián.
Melina se dispuso a ayudar con el problema de la luz, ya que aún estaban en penumbras, perdiendo dinero. Con el correr de las horas, Claudia, aún perseguida, noto algo que en otro momento quizás se le hubiera pasado por alto: Melina y Eric, hablando en un rincón del bar, con las cabezas juntas, en un tono demasiado bajo como para que se escuchara desde la barra.
Melina se reía de algo que él le decía, tocándole el brazo con esa confianza física que a Claudia siempre le había resultado natural en su socia, pero que en ese momento le cayó como un golpe directo al estómago.
'No es nada', se dijo, agarrando un vaso con más fuerza de la necesaria. 'Trabajan juntos. No tengo que ponerme en tóxica de nuevo'. Pero la cabeza, como siempre, no le hacía caso a la razón: empezó a armar la escena entera sola, sin pruebas, solo con la fuerza bruta de la imaginación. Melina, que conocía a Eric del local nudista desde antes que ella. Melina, sola, con su ex marido, Fabián, y sin ningún compromiso real con nadie. Melina, que se reía así, tan cerca, con esa mano todavía apoyada en el brazo de Eric. Melina siempre atrás de sus hombres.
Para cuando más tarde su socia se fue esa tarde, Claudia ya se había convencido a sí misma de una historia completa, con detalles que ni siquiera había visto. Encaró a Eric apenas se quedaron solos, sin darse tiempo a pensarlo mejor.
—¿Qué pasa con vos y Melina? —preguntó, cruzándose de brazos, tratando de sonar tranquila y no celosa.
Eric levantó la vista de las cajas que estaba acomodando, genuinamente sorprendido.
—¿Cómo "qué pasa"?
—Los vi hablando. Muy cerca. Riéndose de algo. —Claudia sintió lo paranoica que sonaba, pero ya no podía parar—. ¿Hay algo entre ustedes?
Eric se quedó un segundo mirándola, procesando la pregunta, y después soltó una risa corta, incrédula, que a Claudia le dolió más que cualquier respuesta directa.
—¿En serio me estás preguntando eso?
—Es una pregunta válida.
—No, Claudia, no hay nada entre Melina y yo. —Dejó la caja en el piso, acercándose un paso—. La conozco de Eclipse, es simpática, nos reímos de cosas del laburo. Nada más. ¿De dónde sacaste esa idea?
—No sé, de nada en particular. —Claudia sintió que la cara se le encendía, esa mezcla de vergüenza y alivio que no sabía bien cómo manejar—. Olvidalo.
—No, esperá. —Eric no dejó que lo dejara ahí—. Quiero que te quede claro. No nos debemos explicaciones, vos y yo, ninguno de los dos. Pero tampoco tengo ningún motivo para mentirte. —Su voz se volvió más seria, más pausada—. Vos me diste una oportunidad que nadie más me dio, Claudia. Confiaste en mí cuando ni siquiera me conocías del todo. Eso, para mí, vale mucho. No te voy a faltar el respeto mintiéndote sobre algo así, aunque en el fondo, técnicamente, ni siquiera tendría por qué darte explicaciones. Sos mi jefa, pero no sos mi dueña.
Claudia sintió que algo se le aflojaba en el pecho, la tensión de los celos convirtiéndose, de golpe, en una vergüenza distinta: la de haber dudado de él sin ningún motivo real, solo por una imaginación que se le había ido de las manos.
—Perdón —dijo, en voz baja—. No debí preguntarte así.
—Está bien. —Eric le sonrió, esa sonrisa que a Claudia todavía le costaba mirar de frente sin que el corazón se le acelerara un poco—. Prefiero que me preguntes directo antes de que te la pases imaginando cosas sola. Somos socios, ¿no? Los socios se hablan.
—Socios —repitió Claudia, con una sonrisa que no supo bien qué escondía.
Se quedaron un momento así, en silencio, con esa palabra flotando entre los dos como si ninguno de los dos terminara de creérsela del todo.
Fue Eric quien lo rompió, pasándose una mano por la nuca, con un gesto que a Claudia le pareció distinto al de siempre: más cansado, menos seguro.
— Aprovechando que estamos hablando en serio... tengo que contarte algo.
—¿Qué pasa?
—Me echaron de Eclipse. —Lo dijo rápido, casi como si quisiera sacárselo de encima antes de arrepentirse—. El dueño encontró la excusa perfecta hace un par de días, dijo que llegaba tarde, que no rendía como antes, pero la verdad es que hace rato me venía cargoseando por lo de acá. Creo que no le gustó mucho que empezara a trabajar en otro lado.
—Eric, lo siento mucho. —Claudia sintió que el enojo por Melina, los celos, todo lo de esa tarde quedaba chico al lado de la cara que él tenía en ese momento—. ¿Y ahora qué vas a hacer?
—Ese es el problema. —Se rió, sin ninguna gracia—. El alquiler de mi pieza lo iba a pagar con lo de Eclipse. Hoy hablé con la dueña y me dijo que como ya le debo, tengo que dejar el lugar.
Claudia lo pensó apenas un segundo.
—Quedate acá. En el bar, quiero decir. —Al ver la cara de sorpresa de Eric, se apuró a aclarar—: No para siempre, pero hasta que te acomodes. Hay lugar de sobra en el depósito, hoy mismo lo puedo despejar un poco.
—Claudia, no hace falta que...
—Insisto. —Cortó cualquier objeción con un gesto de la mano—. Además, tengo un colchón de más en mi departamento, de cuando... bueno, de antes. Andá a buscarlo esta noche, si querés, así por lo menos no dormís en el piso la primera noche.
Eric la miró un largo segundo, con una expresión que Claudia no supo del todo cómo leer, entre el agradecimiento y algo más que prefirió no nombrar todavía.
—Gracias —dijo, por fin—. En serio.
—Es lo mínimo. —Claudia le sonrió, tratando de quitarle peso al momento—. Andá esta noche, dale. Yo te dejo la llave debajo del macetero.
—Bueno, gracias.
— De nada. Y Eric... ¿te espero si?