Karim, el primogénito, heredero de todo lo que sus padres construyeron, es admirado por todos, pero se siente prisionero de la leyenda de Elena y Zayn. En un viaje diplomático al lejano reino de Zoraya, conoce a la Princesa Amara, una mujer misteriosa, de ojos dorados y una sabiduría que parece antigua. Karim descubrirá que ella no solo guarda secretos políticos, sino que es la reencarnación de una mujer que vivió mil años atrás, condenada a amar y perder para siempre. Entre intrigas de corte, reyes dementes y pasiones desbordadas, Karim deberá decidir si seguir el camino trazado o quemarlo todo por ella.
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EL CAMINO DE REGRESO
—Tienes razón —dijo ella con firmeza—. Yo también lo siento. Hay cosas que mi madre me contó en sueños, fragmentos de recuerdos, nombres que no entiendo. Y hay algo más… Zulema, aunque está encerrada, dijo algo que me da miedo. Dijo que no era la única que sabía la verdad. Dijo que hay otros que sirven a la magia antigua. Si ellos existen… si están ahí fuera… entonces necesitamos estar preparados. Necesitamos conocer nuestra historia para defenderla.
Se giró hacia Karim, y en sus ojos dorados brilló la determinación de una reina.
—Volveremos a Zoraya. Y esta vez, no iremos como príncipe y princesa que huyen o que descubren. Iremos como gobernantes. Iremos para reclamar nuestro pasado y asegurar nuestro futuro.
Al día siguiente, anunciaron su decisión ante el Rey y la Reina. Zayn y Elena escucharon con atención, sin sorprenderse en absoluto.
—Lo esperaba —dijo Zayn con una sonrisa orgullosa—. Sabía que no os quedaríais tranquilos hasta desentrañar todos los misterios. Y tenéis razón. El conocimiento es el arma más fuerte que tenéis. Id. Pero id preparados. Esta vez no es una misión diplomática, ni un viaje de novios. Es una expedición en busca de la verdad. Y la verdad suele estar guardada bajo muchas capas de peligro.
Elena, por su parte, abrazó a Amara con fuerza, le entregó más amuletos de protección y le dio instrucciones precisas sobre cómo usar su magia en las ruinas antiguas.
—Recordad siempre esto —les dijo ella, mirando a ambos con sus ojos verdes llenos de sabiduría—: El amor es el hilo que une todo. Si os separáis, si dudáis el uno del otro, si permitís que el miedo o la ambición se interpongan… el poder se volverá contra vosotros. Pero si camináis unidos, corazón con corazón… no hay puerta que no se abra, ni enemigo que pueda venceros.
Los preparativos fueron rápidos, pero completos. Esta vez, no viajarían solos ni con una pequeña escolta. Zayn les dio el mejor barco de la flota real, rápido y fuerte, y una guardia de élite: cincuenta hombres escogidos personalmente, guerreros expertos, leales hasta la muerte, capaces de luchar tanto contra espadas como contra magia menor. Además, Karim llevaría consigo a su maestro de armas, un hombre anciano pero todavía letal, llamado Rahim, que conocía cada rincón de las rutas comerciales y tenía una sabiduría antigua sobre leyendas y tierras lejanas.
La despedida en el puerto fue emotiva. La gente de Al-Jazair se reunió para desearles suerte, lanzar flores al mar y vitorear a su Príncipe y a su Princesa, la mujer que ya consideraban una más de su familia. Karim y Amara subieron a la cubierta, vestidos con ropas de viaje prácticas pero con el porte de reyes, y saludaron una última vez antes de que las velas se izaran y el barco comenzara a deslizarse por las aguas azules del Gran Mar.
El viaje de regreso fue muy diferente al primero. Entonces, Karim iba lleno de dudas, de deberes, sin saber qué le esperaba. Ahora, iban seguros, unidos, con un propósito claro. Pasaban los días en la cubierta, sentados juntos, mirando el horizonte, hablando de todo y de nada, entrenando juntos, aprendiendo el uno del otro.
Una tarde, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja, rojo y púrpura, Amara estaba recostada contra el pecho de Karim, sintiendo el movimiento del barco y la brisa salada en su cara. Él tenía los brazos rodeando su cintura, manteniéndola caliente y segura.
—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? —preguntó ella de repente, con una sonrisa traviesa en los labios.
Karim soltó una risa baja y cálida, besando su cabello.
—¿Cómo podría olvidarlo? Entraste en el salón del trono, con esa túnica verde, con la cabeza baja, temblando de miedo y dignidad a la vez. Pensé que eras la criatura más hermosa que había visto jamás. Y también pensé: "¿Quién es esta mujer? Y por qué siento que la conozco de toda la vida".
Amara se giró entre sus brazos para mirarlo, poniendo sus manos en sus hombros.
—Yo pensé que eras un enviado más, un hombre rico y arrogante de una tierra lejana. Pero en el momento en que levantaste la cabeza y me miraste… todo cambió. Sentí que el mundo se detenía. Sentí que, por fin, estaba a salvo.
Su mirada se volvió más profunda, más seria.
—Hemos pasado por tanto, Karim. Dolor, miedo, magia oscura, muerte, intrigas… y sin embargo, aquí estamos. Más fuertes, más unidos, más enamorados. ¿Crees que esto es el destino? ¿Que todo estaba escrito en las estrellas?
Karim negó suavemente con la cabeza, acariciando su mejilla con su dedo pulgar.
—Mi madre siempre dice que el destino trae a las personas a tu vida… pero que eres tú quien decide qué hacer con ellas. Las estrellas nos pusieron en el mismo camino, sí. Pero fuimos nosotros quienes decidimos quedarnos. Fuimos nosotros quienes decidimos luchar. Fuimos nosotros quienes decidimos amar, incluso cuando era peligroso, incluso cuando era difícil. Así que no, mi amor. No es el destino lo que nos mantiene juntos… es nuestra elección. Cada día, cada minuto, elijo estar contigo. Y te elegiré mil vidas más.
Amara se puso de puntillas y lo besó, un beso dulce, profundo, lleno de promesas. Allí, en medio del mar infinito, bajo el cielo que cambiaba de color, se sintieron los dueños del mundo. Nada podía tocarles. Nada podía separarles.
Pasaron las semanas, atravesaron las aguas peligrosas donde a veces navegaban piratas o barcos enemigos, pero la sola vista de la bandera de Al-Jazair —el sol dorado sobre fondo blanco— era suficiente para que cualquiera se apartara. El nombre de Zayn y su familia era respetado y temido en todos los mares conocidos.
Finalmente, una mañana brillante, el vigía en lo alto del mástil gritó la noticia que todos esperaban: ¡Tierra a la vista!
Amara corrió hasta la proa del barco, Karim detrás de ella, y allí, emergiendo entre la bruma matutina, vieron la costa de Zoraya. Las montañas oscuras, las playas de arena dorada, las torres de la ciudad que brillaban bajo el sol naciente. Su hogar. Su tierra.
Pero esta vez, al acercarse, no vieron banderas negras ni símbolos de tiranía. Vieron nuevas banderas: la bandera antigua de Zoraya, restaurada, y junto a ella, ondeando con orgullo, la bandera de Al-Jazair. Cuando el barco entró en el puerto, las trompetas sonaron desde la costa, la gente comenzó a correr al muelle, gritando, llorando, vitoreando.
—¡Han vuelto! ¡Nuestros salvadores han vuelto! —se escuchaba por todas partes.