Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 15
Capítulo 15
Gael guardó la cena en un recipiente térmico. Eran casi las diez y la mayoría del personal ya se había retirado. La casa estaba en silencio.
Se sentó en un extremo del sofá. La única luz encendida era la lámpara a su lado.
Adrián podía pagar la electricidad de toda la ciudad si quisiera, pero el señor Ramírez entendía el valor de un ambiente íntimo y había apagado el resto a propósito.
Gael llevaba un rato esperando. Apoyado en el brazo del sofá, luchaba por no quedarse dormido.
La sala estaba casi a oscuras. Dentro del círculo cálido de la lámpara, la figura delgada cabeceaba una y otra vez. Esa fue la escena que recibió a Adrián cuando entró con el frío de la noche adherido al cuerpo.
No dijo nada. Se acercó por detrás, soltó el abrigo y lo dejó caer sobre la cabeza de Gael.
Él despertó sobresaltado. Al alzar la cara, la prenda resbaló hasta sus brazos. Miró a Adrián con los ojos muy abiertos y un pequeño mechón erguido.
El aroma a abeto blanco lo envolvió.
—Señor Ferrer.
La forma en que Adrián lo observaba era extraña. Gael no sabía si lo examinaba o si simplemente intentaba comprenderlo.
—¿Ya regresó?
Normalmente se sentía torpe en su presencia. Bajo aquella mirada, perdió todavía más seguridad.
La junta acababa de terminar. La alianza avanzaba bien, aunque se había producido un incidente menor.
Adrián había notado la ambición de Julián. El omega sabía mantenerla bajo control: no intentó destacar durante la reunión, pero volvió a cruzarse con él en el estacionamiento subterráneo.
—Me alegra ver que se encuentra bien —había dicho Julián—. Temía que mi aroma le hubiera causado molestias. Fui al baño y descubrí que mi parche no estaba bien pegado.
Adrián no mostró reacción alguna. Era una mentira. Si aquello hubiera sido una fuga real de feromonas, todos los presentes habrían necesitado tratamiento de aislamiento.
Seguramente se trataba de un perfume que imitaba el aroma omega.
Julián fingió mayor preocupación.
—Si por mi culpa se hubiera interrumpido la junta…
—No se interrumpió —respondió Adrián—. ¿Necesita algo más, señor Salgado? Tengo un compromiso privado.
Como era de esperar, no resultaba fácil acercarse a él. Julián se retiró con cortesía, sin dejar que el rechazo alterara su expresión.
—Representaré al Grupo Solana durante el resto de la negociación. Hasta mañana, señor Ferrer.
En ese instante, sin razón aparente, Adrián había recordado los ojos de Gael llenos de lágrimas.
Ahora se aflojó la corbata.
Gael, que seguía esperando una respuesta, se levantó abrazado al abrigo y parpadeó para despejarse.
—¿Qué cenó?
La mano de Adrián se detuvo a medio camino. Bajó los ojos hasta su rostro.
La mente de Gael despertó por completo.
—Quiero decir… preparé algo ligero. Si todavía tiene hambre y no le molesta, podría probarlo.
No había dicho nada incorrecto, pero la distancia entre ambos era evidente.
Adrián volvió a sentirse frente a un problema que no podía controlar. Ni los reportes ni el mercado lo desconcertaban de aquella manera. No entendía qué esperaba de Gael.
Sin embargo, no era un hombre dispuesto a atormentarse en silencio. Extendió la mano y aplastó el mechón rebelde.
—Creía que se levantaba porque lo aplastabas durante el rut.
Ese cabello siempre terminaba erguido, pero Adrián solo lo había visto en momentos desordenados y había supuesto que era culpa suya.
—Ah, esto… —El mechón volvió a levantarse en cuanto retiró la mano—. Ha sido así desde que era niño. Nunca obedece.
Gael apartó los ojos, avergonzado.
Adrián no intentó acomodarlo otra vez. Solo lo tocó con un dedo y comprobó que era suave y elástico.
El cabello no obedecía. Su dueño, en cambio, sí.
—Deberías llamarme de otra manera. Somos esposos; se supone que es una de las relaciones más íntimas que existen.
Gael alzó la vista. Con el mechón todavía erguido, parecía aún más vulnerable. La sensación confusa en el pecho de Adrián se intensificó.
—Entonces… ¿puedo llamarte por tu nombre?
La alegría incrédula en sus ojos revelaba una esperanza que llevaba mucho tiempo sin respuesta.
Adrián pareció pensarlo.
—La última vez elegiste otro nombre y te salió bastante bien.
Gael retrocedió de golpe y casi chocó con la esquina de la mesa. Adrián lo sujetó por la cintura antes de que cayera.
—Vamos a probar tu cena.
La nuca de Gael, tranquila durante horas, volvió a hacerse presente. Caminó hacia la cocina intentando mantener la compostura, pero la hinchazón regresaba y el olor a abeto era mucho más intenso.
Adrián no percibió nada. Gael se comportaba de manera extraña, aunque solía ponerse así cuando estaba avergonzado.
Se sentó en el comedor. El mayordomo apareció en silencio y encendió la lámpara sobre la mesa.
—Señor Ferrer, el viernes irá a la residencia de sus padres. ¿Debo informar al señor Luján que lo acompañará?
Adrián visitaba poco la casa familiar. La empresa ocupaba casi todo su tiempo, pero reservaba dos días al mes para sus padres.
Gael solo los había visto brevemente durante las conversaciones del matrimonio. Esteban era un padre severo y Verónica una madre más amable: una pareja alfa-omega estable y feliz. Con Gael, sin embargo, ambos habían sido fríos.
Hasta entonces, Adrián nunca lo llevaba. No veía ninguna necesidad. Cuando el alfa dormía fuera, Gael aprovechaba para llegar más tarde después del trabajo; los Luján seguían exigiéndole dinero y no podía detenerse.
Esta vez, Adrián consideró la posibilidad.
—Señor Ramírez, ¿cree que Gael es una buena pareja?
Adrián había conseguido todo con demasiada facilidad. Le parecían naturales el poder, los recursos, la admiración de los omegas y el temor de los demás alfas. Por la misma razón, no comprendía cuánto podía valer el afecto de otra persona.
El mayordomo eligió sus palabras.
—¿Qué considera usted lo más importante en un matrimonio?
Adrián reflexionó.
—Que ambas partes aporten recursos equivalentes.
—Lo material importa —admitió el señor Ramírez—. Pero las alianzas entre familias son comunes en la capital y las parejas felices siguen siendo escasas.
Los matrimonios de la alta sociedad solían existir solo en apariencia.
—Sus padres son una excepción. Además de compartir una posición compatible, se aman de verdad.
Una pareja leal surgida de una alianza empresarial era poco frecuente. Con una familia tan estable, Adrián debería haber crecido emocionalmente sano. Aun así, parecía haber nacido con una capacidad limitada para el afecto.
—Entonces considera que amar a alguien también determina si es una pareja adecuada.
—Así es.
Adrián no respondió. Había detectado cambios en sí mismo: pensaba en Gael incluso en situaciones que no tenían relación con él.
Su método habitual era simple: identificar un problema, hallar la causa y resolverlo.
Gael era el problema. Adrián quería saber si podía resolverlo de manera satisfactoria.
Julián ignoraba que su intento de seducción había empujado a Adrián a reconsiderar el lugar de Gael en su vida.
El mayordomo se retiró. Adrián observó la lámpara que seguía encendida junto al sofá.
Gael consiguió serenarse y regresó con una charola. La nuca aún le molestaba, pero no quería que su cuerpo arruinara aquel momento.
Había tenido pocas experiencias felices. Esa noche sintió una felicidad concreta, pequeña y real.
Dejó los platos frente a Adrián sin atreverse a mirarlo.
—El chef dijo que no te gustan los sabores fuertes. Preparé todo ligero.
El cuello amplio dejaba ver el borde del apósito. Gael no desprendía aroma alguno y sus movimientos se notaban tensos.
Comparado con la fluidez calculada de Julián, su intento era torpe y demasiado evidente. Pero los sentimientos no seguían la lógica. Con Gael cerca, la inquietud de Adrián se aquietó.
Lo rodeó por la cintura con un brazo y lo hizo caer sobre sus piernas.
Gael soltó una respiración brusca. Adrián apretó la carne de su cintura y su rostro se encendió.
No se atrevió a apartar la mano del alfa.
—¿Puedo sentarme a tu lado?
—Puedes.
Adrián dio permiso, pero no lo soltó.
—Voltéate.
Gael obedeció y la punta de su nariz rozó la mejilla de Adrián.
El alfa le sostuvo la nuca y lo besó en los labios.
Adrián cerró los ojos. Gael, en cambio, los abrió con asombro. Sentía los vasos de la nuca palpitar bajo aquella palma ardiente.
El beso fue ligero y terminó casi de inmediato. Gael no reaccionó; ni siquiera recordó apartar la mirada.
Era la primera vez que observaba a Adrián con tanta audacia. El alfa recibió sus ojos con una sonrisa burlona.
—Dije que podías sentarte a mi lado.