Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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capítulo 24
Los días sombríos terminaron, y ahora el cielo lucía un precioso azul despejado. El aroma de los jardines empapados se extendía como una brisa húmeda en plena tarde de verano, y a pesar de la armonía pública, yo solo podía sentir que el estómago se me revolvía en un extraño vacío que se agudizaba mientras más miraba el trajecito amarillo expuesto en la vitrina.
La imagen de un pequeño conejito sobre mis hombros me alborotó el corazón. Fue un pensamiento vago que se instaló profundo en mi pecho, como un anhelo que no sabía que estaba presente. El pecho me palpitaba con ahínco y mis piernas se movieron por sí solas, autónomas ante un deseo propio. Nada más cruzar la puerta, el aroma a bebé explotó en el ambiente, rodeándome hasta meterse en mis fosas nasales como un violento recordatorio del lugar donde me encontraba.
Y seguía moviéndome, pero no porque yo lo quisiera.
El trajecito de antes llegó a mis manos y la tranquilidad me rodeó cuando la imagen de Victoria embarazada se instaló en mi cabeza. Aferré los dedos con fuerza, como si esta fuera a caérseme antes de marcharme de ahí. Los pasillos aquí y allá parecían desiertos, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.
Las mariposas estaban alborotadas dentro de mi estómago. Con cada paso cercano al mostrador, una arcada de felicidad se empeñaba en mi garganta. Era la emoción de llegar a una meta que no reconocía, pero que sabía que estaba ahí, esperando por mí.
No obstante, fue sonido de una risa armónica la que me desconcertó por completo, deteniendo mi camino bajo un golpe directo en mi estómago. No necesité de pensar demasiado para saber a quién le pertenecía tal voz. Era la misma tonada que me saludaba cada día con una monotonía robotizada que me causaba escalofríos con solo escucharla. Aunque esta vez, iba acompañada de una que me había acompañado desde que tenía memoria.
Sus espaldas eran claras. Victoria iba al costado de John, abrazándole el brazo y recargando su mejilla en su hombro. Las risotadas de ambos retumbaban armónicas, empapadas de una alegría genuina que me hizo retorcer el corazón.
—¡Victoria!
Mi garganta se desgarró. Todos los presentes se giraron a mi dirección con la sorpresa y la curiosidad de un chismoso profesional; sin embargo, ninguno de ellos tenía un rostro bien formado, al contrario, solo había sombras en un lienzo blanco que poco a poco, comenzaron a apuntarme. La distancia que me separaba de los dos traidores creció por kilómetros, mis pies reaccionaron y comencé una carrera hacia ellos, ignorando que el corazón se me arrugaba de la presión.
—Victoria.
Mi voz sonó y ella se detuvo. Los dos se giraron y sus ojos llenos de diversión me barrieron con un desprecio insoportable que me hizo caer de rodillas antes de siquiera poder dar un paso más. Mi atención se dirigió hacia sus manos, que se arrastraron hasta su abdomen que ahora lucía abultado y delicado. John, por su parte, pasó su mano por la nuca ajena, atrayéndola hacia él, para besarla con el cinismo exacto para matarme en vida.
El mundo giró a velocidad máxima y mis rodillas impactaron contra el suelo, retumbando en un eco alto por todo el lugar. Apenas y logré tocar el azulejo con las manos cuando abrí los ojos en plena oscuridad. Unas manos frías me tomaron las mejillas y, poco a poco, el rostro de mi madre se aclaró frente a mí.
—¿Estás bien?
—Mamá —me senté, tragándome el dolor—. ¿Qué haces aquí?
—Tenía que venir a verte… ¿Tenías una pesadilla?
Su pulgar me rozó la mejilla con la suavidad maternal que me apaciguó el corazón. Le tomé las manos y las llevé hasta mis labios, dejando un beso en sus nudillos que la hicieron sonreírme.
—¿Dónde está Victoria?
—Está en la cocina con Ginny. Las dos me ayudaron a escapar de tu padre.
—¿Él está bien?
—Está cien veces mejor que tú —me sonrió—. Hijo… estuviste balbuceando el nombre de Victoria hace un momento.
El estómago se me anudó de manera automática. Besé una vez más los nudillos de mi madre y los bajé con mucho cuidado, como si se tratara de un par de piezas de cristal. Mamá miró de reojo a la puerta y se acomodó más cercana cuando no notó los moros en la costa, recordándome las épocas escolares donde no faltaba la investigación sobre mi situación amorosa.
Y aunque ayer me irritaba; hoy presente, se convirtió el consuelo que más necesitaba.
—Mamá… Yo… Quiero romper los lazos familiares.
El rostro de mi madre se contorsionó. Sus manos aplastaron las mías y sus cejas se arrugaron con fuerza, aumentando la intensidad de sus ojos que parecían buscar algún mísero rastro de burla en mi cara.
Pero yo no estaba bromeando.
—¿Qué?
—No voy a soportarlo, mamá… Ver a la mujer que amo, al lado de John… Siento que moriré.
—Pero si ustedes se divorciaron, hijo.
Mi propio jadeo pinchó entre mis costillas de la misma manera que una espada bien manipulada. Mamá tiró de su brazo para calmar mi hiperactividad y yo solo pude evitarle la mirada que insistía en sacarme las respuestas a como diera lugar. Y sabía que tenía qué dárselas si requería de su completa colaboración.
—Nos divorciamos porque yo no quería seguir haciéndole la vida imposible con mis ideas erróneas, pero ahora entiendo que esas ideas eran pura propaganda propia para no aceptar que estoy enamorado de Victoria… —le tomé la mano una vez más—. Apenas pueda levantarme, comenzaré el papeleo de traspaso de obligaciones a nombre de John. Me iré al otro lado del mundo y haré mi vida por mí mismo desde cero.
La nula respuesta de mi madre me atormentó. Sus ojos lucieron cansados y sus labios planos me desesperaron como nunca antes lo hizo un proyecto retardado. Los segundos quemaban como siglos y el vaso de mi paciencia se iba derramando de a poco, haciéndome temblar como si me tratara de un niño pequeño.
Y la cordura tomó el control de nuevo cuando su mano pesada me golpeó el costado de la cabeza, como si las migrañas fueran solo un antiguo chiste local.
—¡¿Te estás escuchando?! ¡¿Perdiste la cabeza, acaso?!
—¡Auch!, ¡Mamá!
—¡Aish! —chasqueó los dientes—. Yo no te eduqué para que seas un cobarde e ignorante —me golpeó el brazo—. Olvídate de toda esa basura que has dicho ahora.
—Pero…
—Nada, jovencito —me señaló—. Cuando tú te recuperes, vas a volver a la empresa y vas a tomar el mando, tal cual lo demandó tu padre.
—Mamá, de verdad no puedo. ¡Entiéndeme!
—Cariño —bajó la voz, expulsando un suspiro largo—. John y Victoria son tan amigos como lo son Ginny y tú.
—Es diferente… John, desea a Victoria más allá de una amiga.
—Y sigues hablando desde la perspectiva de John, Victor. ¿Siquiera te has puesto a pensar en la postura de Victoria?
La pregunta quedó tendida en el ambiente como una telaraña que iba tejiéndose en mi cabeza. Las cejas gruesas de mi madre estaban altas, tan imponentes que me daban ganas de enterrar la cabeza y esconderme de por vida. Y es que, más allá del miedo, mamá tenía algo de razón en sus palabras sueltas.
Podría ponerme a recapitular todos los sucesos, pero el hecho de que Victoria no hubiera ido corriendo hacia John, era más que suficiente para que mi estúpida esperanza se disparara alto, enloqueciéndome en la ridiculez de lograr un mísero éxito. El amor no era un negocio que se me diera tan bien como las campañas y negociaciones activas, por ello mismo, me parecía mucho más fácil rendirme que tratar de lograr algo.
—No lo pienses mucho, hijo. Por ahora tienes que descansar y concentrarte en tu recuperación, la reconquista y el enamoramiento pueden esperar un poco más —musitó.