A los diecinueve años, Aline creía que su mayor problema era llegar a fin de mes. Hasta que la enfermedad de su madre le puso un precio imposible a la esperanza… y un solo hombre en todo el morro podía pagarlo.
Él es Cobra: dueño de la Rocinha, temido, intocable, acostumbrado a que nadie le diga que no. La propuesta es tan fría como sencilla: ella será su visita íntima tras las rejas, y a cambio el tratamiento de su madre estará cubierto. Sin sentimientos. Sin promesas. Solo un trato.
Pero nadie le avisó a Aline que el hombre más peligroso de Río podía mirarla como si fuera lo único puro que le queda al mundo. Ni que, detrás del arma y la fama, Cobra carga heridas capaces de igualar a las suyas.
Entre balas, celos, secretos de la facción y un deseo que ninguno de los dos supo ver venir, lo que empezó como una transacción amenaza con volverse la historia de amor que ambos juraron no merecer. Porque en el morro, entregar el corazón cuesta más caro que cualquier deuda… y siempre hay alguien dispuesto a cobrarla.
Pasión intensa, drama que aprieta el pecho y un romance prohibido que no vas a poder soltar. Bienvenida al mundo de Cobra. Bienvenida a ser La mujer del jefe.
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Capítulo 24
...Cobra 🐍...
Mi viejo nunca fue ejemplo de una mierda, se la pasaba metido en cosas malas y golpeando a mi madre.
Desde chico le agarré cierta bronca.
Pero es mi viejo, ¿me captas?
Siempre le di una mano, hice por él lo que él nunca hizo por mí.
Hoy me enteré de que hizo una cagada y andaba escondiéndose en mi morro.
Y mi madre lo sabía, ¡eso es lo que me jode!
La semana fue durísima, un montón de asuntos dándome vueltas en la cabeza. Un torbellino de sentimientos, una añoranza del carajo.
Hoy es sábado, el aniversario de la muerte de mi hermano, y no estoy bien. Estoy pasando por unas cosas que no están nada buenas.
¿Y el viejo viene a querer robar en mi morro para bancarse el vicio?
No soy ningún idiota; fui a pedirle cuentas y me salió llamándome mocoso.
¡Fui, y soy más hombre que él, carajo!
—¿Creciste y ahora quieres pasarte de vivo? —Me encaró—. ¿No eres el más pesado? ¡Pégame, carajo, dale! —Me apuntó con el dedo en la cara.
—Baja esa mierda. —Me puse las manos atrás, aguantándome para no molerlo a golpes.
—Ya basta, hermano. —Xamã me puso la mano en el hombro.
—¡Para, Roberto! —Mi madre lo agarró.
—¡Eres un cobarde! ¡Eso es lo que eres!
—Si no sales de mi morro por las buenas, vas a salir por las malas.
—¡Matheus! —Volteé a mirarla.
—Ni ganas de hablar contigo tengo, la cagaste y lo sabes.
—¿Ahora la culpa es mía? —Se picó.
—¡Te volviste una basura, tu madre crió una basura! —gritó.
—¿Y todavía sigues hablando, compañero? ¡Lárgate, anda! —Mi madre empezó a empujarlo lejos—. Tu suerte es que no te llevo para ajustar cuentas; todavía estoy siendo bondadoso.
—¡Suerte tiene tu hermano de haberse muerto! Así no ve en la mierda que te convertiste.
En el momento en que dijo eso, todo se me puso rojo.
Me fui encima de él con todo, aun con mi madre en el medio.
Antes de que llegara a ese hijo de puta, Xamã me sujetó.
—¡Dilo aquí, en mi cara, si eres hombre! —solté, tratando de zafarme.
—No vale la pena, hermano. —Me jaló.
—¡Suéltame, carajo! No voy a hacerle nada a ese desgraciado.
—¿Crees que no te conozco? —Se me puso enfrente—. Vamos al baile, hermano. Tienes un aliado que recibir hoy, ¿me captas? Va a quedar feo si llegas tarde.
Xamã empezó a decir un montón de cosas, tratando de calmarme la cabeza. Pero yo ni siquiera prestaba atención a lo que me decía.
Múmia siguió puteando a lo loco mientras mi madre trataba de sacarlo.
Después de un rato me tranquilicé un poco y me largué al baile.
Subí a mil, acelerando a fondo.
Xamã venía justo atrás, tratando de seguirme el ritmo.
Llegué a la calle abarrotada poco después; estaba sin paciencia, así que saqué el arma de la cintura y disparé al aire para que la gente fuera abriendo espacio.
Fui pasando con la moto hasta llegar al palco.