Florencia tuvo que sacrificarse por salvar a su hermano menor, vender su cuerpo por dinero, pero su sacrificio fue en vano.
Pero, esa noche tuvo consecuencias, y termina embarazada.
Ella lucha por salir adelante con sus hijos y su madre, sin saber que el hombre de aquella noche no puede olvidarla.
Shane Hillings estaba deprimido por su exnovia, quien le engañò de una forma cruel, estbaa tan mal que se sentía impotente como hombre, sin embargo, una noche con una mujer lo cambia todo, ahora obsesionado, solo quiere encontrarla, pero cuando piensa que ella no existe, decide olvidarla, hasta que un día la encuentra de nuevo ante él, como su empleada y con dos secretos de sangre que no puede ocultar, ¿puede el amor nacer de una noche de pasión?
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Capítulo: Puta por sacrificio
Florencia caminaba deprisa por las calles, en plena noche.
El viento le erizaba la piel y parecía atravesar el largo abrigo que la cubría hasta los pies. Aquel lugar no era su mundo. No pertenecía a esas esquinas, ni a esas luces frías, ni a esas miradas que juzgaban sin preguntar.
Debajo del abrigo llevaba el vestido rojo que le habían indicado usar.
En su bolso guardaba los zapatos de tacón que se pondría solo cuando fuera necesario. Ahora llevaba botas negras, prácticas, discretas.
Su cabello negro y lacio se agitaba con el viento, golpeándole el rostro.
Se detuvo en la esquina acordada. Había otras mujeres allí. Fumaban, reían con una dureza aprendida y la observaban sin disimulo. Ellas vestían con poca ropa, pese al frío extremo. Parecía que ya no sentían nada.
—¿Cómo te fue con tu cliente VIP? —preguntó una de ellas, exhalando humo.
—Bien —respondió Florencia en voz baja.
—Qué suerte tienen estas nuevas prostitutas jóvenes —intervino la mayor, con tono áspero—. Se dan el lujo de elegir hombres ricos, hasta guapos. En mis tiempos, teníamos que soportar a cualquier cerdo.
Florencia tragó saliva.
—Yo no volveré a hacerlo.
Las mujeres soltaron una risa seca.
—Ojalá tuviéramos tu suerte. Nosotras no podemos irnos. Más allá del dinero, si salimos, nos matan. O matan a nuestras familias.
Florencia abrió los ojos con espanto.
La mujer sonrió como si hablara de algo trivial, pero el frío que recorrió el cuerpo de Florencia no era por el invierno. Era miedo. Un miedo profundo, que le oprimía el pecho.
En ese momento, un automóvil elegante se detuvo frente a ellas. Una mujer bajó el vidrio y le hizo una seña.
Florencia obedeció de inmediato.
Dentro del auto, el ambiente era cálido.
La mujer, impecablemente vestida, sostenía un maletín sobre sus piernas.
—Antes de pagarte, debes contármelo todo —dijo con calma.
Florencia sintió que el rostro se le encendía.
—Yo… yo…
—¿Descubrió que eras virgen?
Florencia dudó.
—No lo sé...
La mujer frunció el ceño, visiblemente decepcionada.
—¿Qué te dijo? ¿Te llamó por otro nombre?
Florencia negó con la cabeza.
—No dijo mucho… en realidad.
—¿Lo disfrutó?
Florencia palideció.
—Creo que… no lo sé.
La mujer soltó una risa breve.
—Claro que no sabes. Eres una tonta. ¿Te gustó?
Florencia abrió los ojos, casi aterrada. No sabía qué responder. No sabía cómo nombrar lo que había sentido.
Había sido rápido. Confuso. Intenso. No quería recordarlo.
—No digas nada —continuó la mujer con frialdad—. Estoy segura de que sí. Pero escúchame bien: ese hombre está fuera de tu alcance. Olvídate de ese hombre. Nació para mí.
Abrió el maletín. El dinero estaba allí. Una suma que parecía irreal.
Un millón de pesos.
La mujer lo empujó hacia ella.
—Aquí está tu pago. Llámame si necesitas trabajo… o más dinero.
Florencia sostuvo el maletín con manos temblorosas.
—Nunca, señora. Nunca volveré a hacerlo.
La mujer rio, divertida.
—Todas dicen lo mismo. Y luego regresan.
Florencia la miró con firmeza por primera vez.
—Entonces grábese mi rostro. Yo jamás volveré.
Bajó del auto y comenzó a correr.
Debía llegar al hospital.
Corrió como si el tiempo fuera un enemigo.
Sin aliento. Con el corazón golpeándole las costillas. Antes de entrar, llamó por teléfono. Nadie respondió. El miedo creció.
Entró a la sala de espera.
Su madre estaba allí, sentada, llorando con un dolor que parecía romperla.
Florencia se acercó de inmediato.
—Mami, tranquila —dijo, acariciándole el cabello—. Ya tengo el dinero. Ya podemos pagar la operación para quitar el tumor de mi hermano, y hasta pagar la quimioterapia. Santos va a recibir su tratamiento. Todo va a estar bien.
Su voz temblaba. Sus manos también.
De pronto, su madre la empujó con violencia. Cayó al suelo frente a todos.
—¡Llegaste tarde! —gritó entre sollozos—. Mi pequeño… ¡Mi hijo ha muerto!
Florencia sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó con la voz quebrada.
—Mi niño… mi niño se fue al cielo.
El maletín cayó de sus manos.
El aire le faltó.
Todo lo que había hecho. Todo lo que había sacrificado. No había servido de nada.
El dolor la atravesó como un golpe directo al pecho.
Lloró con rabia, con impotencia, con una sensación de injusticia que la asfixiaba.
Florencia sintió que su mente se quebraba. En cuestión de horas, había perdido a su hermano… y estaba viendo cómo la tragedia volvía a golpear.
Sola. Con un millón de pesos en las manos, todo lo hizo por su hermanito, por su madre, había vendido su virginidad a un hombre por el dinero, pero, su hermano al que quiso salvar estaba muerto, entonces, ¿ahora de que le servía su sacrificio?
😡😡😡
Ella lo hizo una sola vez, no se dedicó a eso y lo hizo por necesidad