Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 24
...RODRIGO:...
La reunión terminó a las diez y media.
El equipo se dispersó rápidamente, probablemente aliviados de no ser parte de tanta tensión.
Me quedé solo frente al monitor, con los ojos ardientes por la falta de sueño, pero mi mente estaba en otro lugar.
En la oficina de al lado.
En ella.
Desde que Scarlett había cruzado el umbral de mi departamento tres días atrás, mi productividad se había desplomado un sesenta por ciento.
No era solo su presencia constante, ni el aroma de jazmín que parecía haber colonizado cada rincón de mi santuario minimalista.
Era lo que pasaba cuando estábamos solos.
El beso del pasillo.
La noche de locura bajo las sábanas.
Mi huida cobarde al amanecer.
Y ahora, el silencio incómodo entre nosotros.
Sabía que no podía seguir así.
Si quería ganar esta guerra, si es que aún podía llamarla guerra, necesitaba poner las cartas sobre la mesa.
Necesitaba hablar con ella como adultos, como socios, como lo que éramos antes de convertirnos en enemigos.
Presioné el intercomunicador de mi escritorio.
— Antonio — dije, esperando que mi voz sonara más firme de lo que me sentía —. Dile a la señorita Padro Castello que pase a mi oficina. Ahora.
Esperé cinco minutos.
Diez.
Quince.
Nada.
Volví a presionar el botón.
— Antonio, es urgente que.... — no logré terminar porque la puerta se abrió y ella entró sin ninguna ceremonia.
Ni siquiera esperó a que le invitara a sentarse.
Se dejó caer en la silla frente a mi escritorio con una elegancia que mezclaba provocación y desafío, cruzando las piernas lentamente mientras me observaba con esos ojos marrones que juraría estaban brillando con malicia.
— ¿Tan urgente es para hacer correr a ese pobre hombre hasta mi oficina? — preguntó, alzando una ceja perfecta —. Porque si es por los planos del motor, puedo prometer que ya los revisé y están impecables.
» Aunque dudo que te importe la calidad técnica tanto como te importa mantener esa cara de quien acaba de tragar un limón.
Apreté los dientes.
No iba a empezar bien esto.
— Cierra la puerta — ordené, sin rodeos.
Ella frunció el ceño, sorprendida por mi tono directo, pero obedeció.
Se levantó, caminó hasta la puerta y la cerró.
El clic de la cerradura resonó como un disparo en el silencio de la oficina.
— Ahora siéntate — insistí, señalando la silla nuevamente —. Necesito que hablemos. Como adultos. Sin padres involucrados. Sin amigos chismosos. Sin ingenieros como audiencia. Solo tú y yo.
Scarlett me estudió durante varios segundos largos, buscando alguna trampa en mi expresión.
Al no encontrarla, asintió lentamente y tomó asiento.
— Habla entonces, Di Bianco, ¿se trata del proyecto? — preguntó, apoyando las manos sobre el escritorio de cristal —. Si es así, por favor sé rápido, tengo una cita a las once y no me gusta llegar tarde.
La irritación comenzó a subir por mi cuello como ácido.
— Esto no es sobre la empresa, Scarlett. Es sobre nosotros. Sobre lo que ha pasado estos últimos días — hice una pausa, buscando las palabras correctas —. Sobre la dinámica de convivencia que hemos establecido.
Ella soltó una risa seca, cortante.
— Ah, sí. La convivencia.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el cristal.
— ¿Te refieres a cómo tú decides quién duerme en qué habitación? ¿O a cómo ignoras mis mensajes durante horas para poder actuar como si nada hubiera pasado después de… ?
Dejó la frase colgando, con esa sonrisa ladeada que significaba mil cosas diferentes dependiendo de cómo quisieras interpretarlas.
— Me refiero a que necesitamos establecer límites claros — respondí, manteniendo la calma aunque mi pulso se aceleraba.
— ¿Límites? — repitió ella, y esta vez su voz subió un octavo de tono —. ¿En serio estás diciéndome que necesito límites?
— Somos socios profesionales. Este proyecto requiere enfoque y eficiencia. Cada vez que nos acercamos demasiado, o nos alejamos demasiado, algo se rompe. Y no podemos darnos el lujo de romper nada más.
— Y es mi culpa, ¿verdad? — replicó sarcástica —. Porque no es así.
Su voz comenzó a temblar, no de miedo, sino de furia contenida.
Y entonces estalló.
— Tú eres el problema, Rodrigo. Siempre lo has sido. Entras en mi vida, me das ordenes, y entonces después todo cambia, así como anoche — susurró, y juro que sus mejillas se encendieron ligeramente al decirlo —. Luego decides jugar al niño malo. Ignorarme en las reuniones. Hacerme quedar mal frente a nuestros padres.
» Tratar de demostrarle al mundo entero que tú tienes el control, que yo soy la intrusa, la invasora, la loca histérica que no puede convivir contigo.
— Nunca dije eso — protesté, pero ella me interrumpió con un golpe seco de la mano sobre el escritorio.
— ¡No hace falta! — exclamó, levantándose de golpe —. Todos lo vieron. Papá tuvo que intervenir en la cena porque tú no podías soportar que alguien más tuviera razón.
Suspiró profundamente, y cerró los ojos un momento.
— Tus ingenieros me miran como si fuera un virus que contaminó tu sistema perfecto. Y tú… — su voz bajó a un susurro venenoso — …tú simplemente te escondes detrás de tus reglas absurdas y tu fachada de CEO intocable porque no sabes qué hacer conmigo.
Me puse de pie también.
La distancia entre nosotros era mínima, pero el aire era tan denso que casi podía cortarlo.
— ¿No sé qué hacer contigo? — repetí, y mi voz salió más baja de lo previsto —. ¿Crees que no he intentado seguir adelante?
— No — afirmó, su voz seguía baja —. No lo has hecho.
Me reí, era increíble.
— Durante diez años, Scarlett. Diez malditos años he intentado borrar tu nombre de mi mente, de mi vida, de cada línea de código que escribía. Y ahora que estás aquí, invadiendo mi espacio, volviéndome loco, crees que yo...
Logré olvidarte.
Me detuve justo a tiempo, pero fue demasiado tarde.
Ella captó la debilidad en mi voz.
Estaba cerca.
Demasiado cerca.
Podía ver las pestañas doradas, el rictus de rabia en sus labios perfectos, el brillo salvaje en sus ojos.
Y entonces, perdí nuevamente el control.
Sin pensarlo, sin calcular, sin aplicar ninguna lógica, di un paso adelante y la acorralé contra el borde de mi escritorio.
Mis manos se posaron a ambos lados de su cuerpo, atrapándola entre el cristal frío y mi pecho ardiente.
Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos por mi acción, pero no retrocedió.
Simplemente me sostuvo la mirada mientras nuestra respiración se mezclaba en el espacio reducido entre nosotros.
— Rodrigo, lo que estás...
— Calla — susurré, y mi voz era un ronco gruñido que ni yo reconocía.
Ella negó con la cabeza, desafiante hasta el final.
— No voy a callar, Rodrigo. No después de todo…
No le dejé terminar.
Le cubrí la boca con mi mano libre, sintiendo cómo sus labios se movían bajo mi palma diciendo palabras que no quería escuchar.
Palabras que podrían haber destruido cualquier posibilidad de reconciliación.
Palabras que quizás ella misma no entendía del todo.
En ese instante, todo lo que contaba era el calor de su cuerpo contra el mío, el perfume de jazmín invadiendo mis sentidos, y la necesidad de silenciarla de la única forma que funcionaba siempre: besándola.
Bajé la mano que cubría su boca y antes de que dijera algo, mis labios encontraron los suyos con una fuerza brutal, reclamadora, desesperada.
Fue un beso de guerra y rendición al mismo tiempo, cargado de diez años de silencio y tres días de fuego incontrolable.
Ella gimió contra mi boca, un sonido corto, involuntario, devastador, y por un segundo pensé que me empujaría.
Pero en lugar de empujarme, sus manos subieron a mi pecho, aferrándose a la tela de mi camisa como si fuera el único ancla en medio de un océano tormentoso.
Nos separaremos apenas para tomar aire, nuestras frentes chocando suavemente, respiraciones entrecortadas creando una atmósfera eléctrica que hizo vibrar el aire de la oficina.
— ¿Ahora estás tranquila? — murmuré contra sus labios, sin atreverme a apartarme ni un milímetro.
Scarlett me miró con esos ojos oscuros, dilatados, desenfocados.
Su labio inferior estaba hinchado, rojo, imperfecto.
Perfecto.
Abrió la boca para responder, para lanzarme otra flecha envenenada, otra burla afilada.
Pero antes de que pudiera articular sonido, volví a besarla.
Más suave esta vez.
Más profundo.
Dejando claro que la conversación había terminado.
Que ella había terminado.
Cuando finalmente nos separamos, minutos que parecieron horas, ella estaba temblando.
Levemente.
Solo lo suficiente para que yo lo notara.
— Maldito… — jadeó, pero sin convicción.
Sin fuerza.
Con algo que sonaba peligrosamente como deseo.
— Lo sé — respondí, sin soltarla, sin permitir que se escapara de nuevo —. Soy un idiota. Un inmaduro. Un egoísta. Todo lo que dijiste es cierto.
Llevé mi mano a su mejilla, acariciando la piel suave con el pulgar.
Sentí cómo ella se estremecía bajo mi toque.
— Pero hay una cosa que no dijiste — continué, hablando muy bajo, muy cerca de sus labios —, y es que tú tampoco quieres irte. Que te quedas para hacerme la vida imposible. Que cada vez que intento alejarme, encuentras la forma de volver a acorralarme.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negaba a derramar.
Lágrimas de furia.
De frustración.
De algo mucho más peligroso.
— Eres un mentiroso — susurró finalmente, pero su voz era tan débil que apenas la escuché.
— Quizás — admití, rozando su nariz con la mía —. Pero soy tu mentiroso favorito.
Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera recuperar su armadura verbal, la besé de nuevo.
Contra el escritorio.
Contra mi orgullo.
Contra todo lo que creía saber sobre nosotros.
Esta vez con toda la verdad que me quedaba.
La seguía amando, y no pensaba dejarla ir de nuevo.
Pues quien se ceee este 🤭