Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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La Calma
La cabaña olía a pan recién horneado y a metal enfriándose; el fuego en la forja chisporroteaba como un corazón que volvía a latir con calma. Después de la vorágine en Dyo, el refugio de Borin y la presencia serena de Lira ofrecían un respiro que parecía casi prohibido. Edran se dejó caer en un banco junto a la ventana, las manos entrelazadas sobre la daga que ahora sentía más propia que nunca. Miró el paisaje: el bosque respiraba tranquilo, las sombras se estiraban y la luna comenzaba a asomar, pálida y vigilante.
Lira lo observó con ternura contenida. Ella había preparado un ungüento para las heridas que aún dolían y había colocado tazas de té caliente sobre la mesa. —Descansa —dijo con voz suave—. Has hecho demasiado. Edran la miró, pero su mente no se aquietó. Pensaba en Ran, en la confesión sobre la Piedra Magma, en la frialdad de Gorukipa al asesinar a Tozoku. La imagen del jefe clavando la daga le quemaba la memoria como una marca que no se borraba.
La joven intentó calmarlo con palabras y con la proximidad de su presencia. Le contó anécdotas pequeñas de la aldea, historias de niños que habían aprendido a pescar en el arroyo cercano, cosas que sonaban a hogar y que, por un momento, hicieron que Edran sonriera. Sin embargo, la sonrisa se desvanecía pronto. El pensamiento de que la guerra entre aldeas y la caza de reliquias no terminarían con la captura de un solo hombre lo mantenía inquieto. La rabia por la crueldad de Gorukipa y la pena por Ran, un joven arrastrado por circunstancias, se mezclaban en su pecho.
Esa noche, mientras la cabaña se sumía en un silencio reparador, Edran salió a caminar solo por el sendero que bordeaba el bosque. La luna lo acompañaba, y el crujir de las hojas bajo sus botas parecía marcar el compás de sus pensamientos. No podía evitar imaginar a Ran con la Piedra Magma, huyendo con el peso de una herencia y la culpa de lo hecho. La idea de que el joven pudiera volver a caer en manos peores, o que la piedra terminara en manos equivocadas, le clavó una determinación fría: debía hacer algo más que curar heridas ajenas; quería detener la guerra que alimentaba a hombres como Gorukipa.
Lira lo encontró al borde del claro, con la mirada perdida en la linde del bosque. Se acercó sin prisa y se sentó a su lado. No dijo nada al principio; dejó que el silencio hiciera su trabajo. Luego, con voz baja, le ofreció una verdad que Edran necesitaba escuchar: —Si tu corazón te empuja a actuar, hazlo con cabeza. La ira es buena para encender la acción, pero la razón es la que la sostiene. Edran asintió. No renunció a su impulso, pero decidió pensarlo una noche más antes de tomar una ruta definitiva.
Al amanecer, la rutina de la cabaña volvió a su ritmo. Borin trabajaba en la fragua, martillando con paciencia, y Lira preparaba raciones para el día. Fue entonces cuando Borin llamó a Mara, la lancera, y le ofreció algo que no era un simple intercambio: una mejora. Había observado la técnica de la joven y, con la honestidad de quien reconoce el valor del esfuerzo, le propuso cambiar su lanza novata por un arma forjada con un propósito mayor.
—He trabajado en algo para ti —dijo Borin, mostrando una funda envuelta en paño—. Es una Lanza de Dragón. No es solo metal; es una estructura reforzada con escamas tratadas y un núcleo que mantiene la hoja estable en calor y frío. Te dará más alcance, más resistencia y una habilidad que te será útil: salto dracónico. Te permitirá impulsarte en el aire con un empuje que multiplica tu alcance y fuerza de impacto.
Mara la desenvainó con respeto. La lanza era más ligera de lo que su aspecto sugería y, al sostenerla, sintió cómo la empuñadura se adaptaba a su mano. Probó un movimiento, un salto corto, y la lanza respondió con un impulso que la elevó unos palmos más alto de lo habitual. Sus ojos se abrieron con sorpresa y gratitud. —Acepto —dijo sin dudar—. No es solo un arma; es una promesa de que podré proteger mejor a mi gente.
Edran, que observaba la escena, sintió una punzada de alivio. Ver a Mara equipada con algo que la hacía más capaz le daba una seguridad que no había sentido antes. Se acercó a Borin y, con voz firme, le confesó su intención: quería detener la guerra entre las aldeas, buscar a Ran y evitar que la Piedra Magma volviera a alimentar la violencia. Borin lo miró con la gravedad de quien ha visto muchas decisiones precipitadas.
—Es una locura —dijo el herrero con honestidad—. No por falta de valor, sino porque las guerras se alimentan de miedo y de intereses que no se cambian con una sola espada. Pero si tu corazón lo decide así, tienes que seguirlo. No puedo darte garantías, solo herramientas y consejo. Y recuerda lo que te dije: visita al herrero de la quinta aldea. Une la Daga Lunar con la Zalamander. Si tu arma late contigo, tendrás más posibilidades.
Las palabras de Borin no eran un permiso ni una bendición solemne; eran un recordatorio de que la responsabilidad de actuar con intención recaía sobre Edran. El joven asintió, agradecido por la claridad. Sabía que el camino sería largo y peligroso, pero también comprendió que no podía quedarse inmóvil mientras la violencia se extendía.
Antes de partir, Borin colocó una mano en el hombro de Edran y añadió un consejo práctico: —No vayas solo. Busca aliados, habla con quienes sufren la guerra. A veces, la fuerza más grande no es la espada, sino la gente que decide no callar.
Con la Lanza de Dragón asegurada en la espalda de Mara y la Daga Lunar y la Zalamander listas en su cinturón, los tres se prepararon para partir. Lira empacó ungüentos y frascos de poción; Mara ajustó su armadura y practicó un salto dracónico que la dejó con una sonrisa contenida; Edran repasó mentalmente la ruta hacia la quinta aldea y el Camino de las Estrellas. La cabaña quedó atrás, pero no como un punto de retorno: como un lugar que los había fortalecido y que ahora los enviaba al mundo con una misión.
Al alejarse, Edran miró una última vez la chimenea de Borin, la figura del herrero encorvada sobre su yunque. La promesa de detener la guerra y encontrar a Ran no era una venganza; era una obligación que había nacido del dolor y de la esperanza. Y mientras el sendero se abría ante ellos, la luna se desvanecía en un cielo que prometía días de lucha, pero también la posibilidad de que, paso a paso, la violencia pudiera ser reemplazada por algo más humano.