1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
NovelToon tiene autorización de Leydis_Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4: Venganza de Sangre Fría
El sabor de la venganza era más dulce de lo que Bianca imaginó, pero también tenía un retrogusto amargo a pólvora y a traición. A las cuatro de la mañana, el aeródromo de Teterboro era un desierto de asfalto y luces parpadeantes bajo una neblina densa que parecía querer ocultar los pecados que estaban a punto de cometerse.
Julian y yo estábamos agazapados tras una pila de contenedores de carga, a menos de cincuenta metros del Hangar 7-B. Yo ya no llevaba el vestido de seda ni las esmeraldas. Vestía un mono táctico negro, el pelo recogido en una trenza apretada y una pistola de 9mm en la funda de mi muslo que se sentía extrañamente pesada. Julian, a mi lado, parecía estar en su elemento natural. Se movía con la fluidez de un gato en la oscuridad, revisando su equipo con una calma que me resultaba inquietante.
—¿Estás lista, abogada? —susurró, su voz apenas audible sobre el viento que silbaba entre los hangares—. Una vez que crucemos esa puerta, no hay objeciones, ni mociones de desestimación. Solo hay supervivencia.
—Sé lo que tengo que hacer, Julian —respondí, ajustándome los guantes—. No me des lecciones de supervivencia. He sobrevivido a los tribunales de esta ciudad, que son mucho más crueles que cualquier hangar.
—Los tribunales matan el alma, Bianca. Esto mata el cuerpo. Hay una diferencia.
Dos de sus hombres, sombras silenciosas armadas con rifles automáticos, nos dieron la señal. La cámara de seguridad del ala norte había sido desactivada. Nos movimos.
El interior del hangar olía a combustible de avión y a metal frío. Un pequeño jet privado esperaba con las turbinas en marcha, un sonido sordo que llenaba el espacio. Alrededor de una mesa de metal en el centro del hangar, seis hombres de los Belcastro vigilaban tres maletines reforzados. Entre ellos, vi a Anthony Belcastro, el heredero del clan, un hombre conocido por su sadismo y su falta de escrúpulos.
—Ahí están los diamantes —murmuró Julian, su mirada fija en los maletines—. Y ahí está la escoria que intentó robarme.
—Recuerda el trato —le siseé—. Anthony Belcastro tiene que salir vivo. Necesito que testifique contra mi familia. Necesito su confesión para limpiar el bufete... o lo que quede de él.
Julian me miró de soslayo, una chispa de burla en sus ojos.
—Sigues intentando salvar los muebles de una casa que ya se ha quemado, Bianca. Pero está bien. Lo intentaremos a tu manera... hasta que dejen de ser útiles.
De repente, un ruido metálico resonó al fondo del hangar. Uno de los hombres de Julian había tropezado con una cadena. El silencio se rompió instantáneamente.
—¡Quién va! —gritó Anthony, sacando una pistola dorada de su cintura.
—¡Ahora! —rugió Julian.
Lo que siguió fue un caos coreografiado. Las luces del hangar estallaron cuando los hombres de Julian dispararon a los generadores, sumergiéndonos en una penumbra rota solo por los fogonazos de las armas. Me lancé al suelo, rodando tras una caja de herramientas, mientras las balas silbaban sobre mi cabeza. El sonido era ensordecedor, un martilleo constante que hacía que mis oídos pitaran.
Vi a Julian moverse entre las sombras como un espectro. Disparaba con una precisión quirúrgica, eliminando a los guardaespaldas de los Belcastro antes de que pudieran siquiera apuntar. Por mi parte, mi entrenamiento en el campo de tiro de la policía de Nueva York —un pasatiempo que mi padre siempre había desaprobado— finalmente dio sus frutos. Apunté a la pierna de uno de los hombres que intentaba llegar a los maletines. El disparo fue limpio. El hombre cayó con un grito de dolor.
—¡Draven! —rugió Anthony Belcastro, ocultándose tras la escalerilla del jet—. ¡Sé que eres tú! ¡Vas a morir por esto!
—¡El que está muriendo es tu imperio, Anthony! —respondió Julian desde algún lugar a mi derecha—. ¡Tus propios aliados te han vendido!