A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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capitulo 8 el paso de un grande
Cuatro años pueden ser un suspiro para algunos, pero para Ian, fueron una metamorfosis tallada en el frío asfalto de Nueva York y el neón de Seúl. Ya no existía aquel chico que esperaba en los pasillos de una facultad; ahora, el mundo solo conocía a IAN, la fuerza de la naturaleza que había redefinido el género musical con un estilo visual y sonoro inspirado en el misticismo y el caos. Su estética era ahora su armadura: el cabello negro azabache, a veces con reflejos azules bajo los focos, una mirada que parecía atravesar la cámara con una intensidad gélida y una colección de tatuajes que subían por su cuello como enredaderas de tinta, ocultando para siempre la vulnerabilidad de su glándula de aroma.
Sus canciones eran himnos de desamor y empoderamiento que se mantenían semanas en el número uno de las listas globales. Había perfeccionado el arte de transformar el dolor en tendencia, y su voz, ese "terciopelo" que antes solo Eliah escuchaba en la intimidad, ahora resonaba en estadios llenos hasta la bandera.
Sin embargo, detrás de las portadas de revistas y los videos musicales de vanguardia, Ian era una máquina que se negaba a detenerse. En el estudio privado de su penthouse en Manhattan, la luz de la luna se filtraba entre los rascacielos mientras Ian ajustaba una última pista. El cansancio era una sombra bajo sus ojos azules, una que ni el mejor maquillaje podía ocultar.
La puerta del estudio se deslizó con un suave siseo. Kevin, su manager y el hombre que lo había visto transformarse de una promesa rota a una leyenda viva, entró con dos cafés y una expresión de profunda preocupación.
— Ian, son las cuatro de la mañana —dijo Kevin, dejando los cafés sobre la consola de mezcla—. La gira "Cimientos" terminó hace tres días. Deberías estar durmiendo en una playa privada, no aquí editando respiraciones en un micrófono.
Ian ni siquiera desvió la vista de la pantalla. Sus dedos, adornados con anillos de plata pesada, se movían con una velocidad frenética.
— El descanso es para los que no tienen nada que decir, Kevin. Siento que hay una nota que todavía no encuentro. Algo que falta.
— Lo que falta es que tu cuerpo aguante, Ian —replicó Kevin, apagando el monitor principal con un gesto decidido. Ian finalmente lo miró, y por un segundo, la máscara de estrella mundial cayó, dejando ver al omega agotado que no había dejado de correr desde aquella noche en la mansión—. Has hecho tres giras mundiales en cuatro años. Has sacado dos álbumes visuales que han cambiado la industria. No has vuelto a casa ni una sola vez. Los fans te aman, pero si colapsas en el escenario, nadie podrá ayudarte.
Ian se recostó en su silla de cuero, frotándose las sienes. El aroma a sándalo que ahora emanaba de él era mucho más complejo que antes; ya no era dulce, era ahumado, maduro, casi intimidante.
— No quiero volver, Kevin. Ya lo sabes —susurró Ian.
— No te pido que vuelvas por otra cosa. Te pido que descanses por salud —Kevin suspiró y sacó una invitación física, de papel grueso y elegante, que había llegado a la oficina—. Tu hermano Marc se ha encargado de que esto llegue a mis manos. Es su cumpleaños número treinta. Dice que, si no apareces, él mismo vendrá a buscarte con un equipo de seguridad.
Ian tomó la tarjeta. El nombre de su hermano le produjo una punzada de calidez en medio de tanto hielo. Había mantenido contacto con él, claro, pero siempre a través de pantallas, enviando regalos costosos y mensajes cortos. Marc había sido su cómplice, el que mantuvo a raya a Eliah durante años, el que le informaba que el Delta seguía construyendo edificios que parecían mausoleos de una vida que no pudo ser.
— Cuatro años —murmuró Ian, mirando sus propios tatuajes—. El ya no me reconocería.
— Nadie te reconocería, Ian —dijo Kevin suavemente—. Has crecido. Eres más fuerte de lo que cualquier Delta o Alfa que hayas conocido podría imaginar. Quizás volver como el hombre que eres ahora es el cierre que necesitas para dejar de trabajar hasta el agotamiento. Tómate un mes. Ve a esa fiesta. Sorprende a tu hermano. Y luego, si decides que el mundo sigue siendo pequeño para ti, volveremos a los escenarios.
Ian cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no escuchó el ritmo de una batería, sino el eco de una voz profunda que una vez llamó su nombre. Pero esta vez, no sintió dolor, sino una curiosidad oscura y poderosa. ¿Qué cara pondría el arquitecto al ver que el omega que "aceptó por lástima" ahora era el dueño de los sueños de medio planeta?
— Prepara el jet privado, Kevin —dijo Ian, levantándose con una elegancia depredadora—. Pero que sea un secreto. No quiero prensa, no quiero alfombras rojas. Quiero entrar en esa fiesta y ver cómo se desmorona todos con solo mi presencia.
Kevin sonrió, aliviado pero también un poco intimidado. El regreso de Ian no iba a ser un descanso; iba a ser una declaración de guerra.
— ¿Cómo llamarías a este movimiento, Ian? —preguntó el manager mientras salía.
Ian tomó su chaqueta de cuero y se la puso sobre los hombros, mirando su reflejo en el ventanal de cristal.
— Llámalo... "El Regreso del Espectro".