Después de la trágica e inesperada muerte de sus padres, Vitório Lombardi dejó de creer en la redención.
Criado por el dolor y moldeado por el odio, hizo una sola promesa: venganza.
Forjado en las sombras del poder, Vitório se convirtió en un hombre frío, implacable y peligroso.
Nada lo detiene.
Nadie está a salvo.
Su plan está perfectamente calculado.
Hasta que Natália cruza su camino.
Dulce, delicada y completamente ajena al mundo oscuro que él construyó, debería ser solo una pieza más en su juego.
Pero Natália despierta algo que Vitório creía muerto: sentimientos que amenazan con derrumbar todo lo que planeó.
Entre deseo y destrucción, pasión y venganza, Vitório tendrá que elegir:
seguir hasta el final, cueste lo que cueste…
o arriesgar su propio corazón.
Porque cuando un hombre está aprisionado por el odio, amar puede ser el precio más alto que se puede pagar.
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Capítulo 16
Vitório
Acabo de arreglarme. El traje me cae perfectamente, oscuro, impecable, como todo tiene que estar hoy. Ajusto los puños, miro mi reflejo en el espejo por un segundo más de lo necesario. No busco aprobación allí. Busco control.
Mi celular vibra sobre la cómoda. Contesto sin prisa.
—Don… confirmó. —la voz del otro lado es baja, tensa. —Nikolai está viniendo. Ya salió de Rusia.
Cierro los ojos por un instante. No de sorpresa. De confirmación.
—Bien —respondo apenas.
Cuelgo.
Entonces es eso. El juego comienza exactamente como lo preví. El hermano viene a buscar lo que cree que aún puede salvar. Valiente. Ingenuo. Peligroso. Cualidades que merecen respeto… y castigo.
Abro la puerta de la habitación y comienzo a bajar la escalera. Cada escalón resuena firme bajo mis pies, como un anuncio silencioso. La casa está en movimiento, pero cuando paso, todo se organiza a mi alrededor. Hombres atentos. Armas escondidas. Miradas que saben lo que está en juego.
No es solo un matrimonio.
Es un mensaje.
Voy a encontrar una novia que no me eligió.
Voy a sellar un vínculo forjado en la guerra.
Y voy a hacerlo sabiendo que, en algún lugar, Nikolai Ivanov acelera rumbo a su propio error.
Mi mandíbula se contrae, pero mi paso no vacila.
Él va a llegar demasiado tarde… va a entender que perdió mucho más de lo que imagina.
Sigo bajando, entro en el carro y voy al encuentro de Natália.
Llego a la casa y soy recibido por un escenario que contrasta con la tensión que llevo dentro de mí. El jardín está todo iluminado por luces cálidas, colgadas entre árboles y postes cuidadosamente posicionados. Cada lámpara, cada sombra, cada detalle fue pensado para crear la ilusión de calma, normalidad… casi como si estuviéramos celebrando algo común.
La ceremonia es simple. Nada de invitados externos, nada de familiares distantes. Solo el consejo de la familia, hombres y mujeres que conocen las reglas y entienden el peso de lo que está sucediendo. Algunos sentados, otros de pie, observando, calculando.
Los pasos firmes me conducen hasta el punto marcado. El césped frío toca mis zapatos, pero ni lo siento. Me posiciono. El aire está quieto, pero cargado de expectativa. Cada mirada que me alcanza es una pequeña inspección: hombre a hombre, mujer a mujer. Evaluando. Midiendo fuerzas.
Intercambio miradas con Marco. Él está al lado, expresión seria, pero hay un leve asentimiento de cabeza, casi imperceptible. Una señal silenciosa: está todo bajo control.
Respiro hondo. Cada músculo alerta. Cada pensamiento enfocado. Hoy no se trata de amor.
Hoy se trata de mantener lo que es mío… y mostrar que nadie atraviesa mis fronteras impunemente.
Miro alrededor, observo los rostros del consejo. Algunos curiosos, otros tensos. Todos saben el motivo de la prisa, del secreto, del escenario restringido.
La ceremonia comienza con música suave. Natália entra en automático, linda como una pintura. A mitad de camino ella para, jadeante, parpadeando algunas veces, y después continúa andando. El consejo observa en silencio. El juego entre nosotros comienza.
El juez comienza a hablar, voz firme e impersonal, conduciendo la ceremonia. Cada palabra parece pesar en el aire, oficializando algo que yo sé que Natália no eligió.
Cuando llega la hora del intercambio de anillos, extiendo la mano. La de ella está helada, más de lo normal. Siento el frío subir por mi brazo, pero no retrocedo.
El toque es breve, contenido. No hay calor, no hay voluntad. Solo la presencia de ella, pequeña y resistente, delante de mí.
Un recordatorio silencioso de que ella no está aquí por deseo. Y que todo el juego, todo el poder que llevo, no puede apagar el miedo que aún corre en las venas de ella.
Mi mirada se encuentra con la de ella. La mano aún helada me quema, y por un instante, algo dentro de mí vacila. Pero es solo un instante. No hay ternura, no hay pasión. No existe amor aquí, solo control.
Me aproximo, despacio, dominando el espacio entre nosotros. Ella no retrocede, pero tampoco cede. El cuerpo rígido, la respiración contenida. El toque de mis labios es firme, marcado por la autoridad de quien dicta las reglas.
El beso es rápido. Calculado. Un aviso silencioso: ella ahora forma parte de mi mundo, de mi territorio.
Cuando me alejo, veo la mirada de ella —miedo, resistencia, tal vez odio— y sonrío levemente, sin alegría. No estoy allí para conquistar, estoy allí para marcar.
El consejo observa en silencio. La ceremonia terminó. Pero la guerra entre nosotros está apenas comenzando.
La ceremonia termina. Algunos cumplidos formales llegan. Mi tía Isa abraza a Natália y se queda al lado de ella, silenciosa y firme.
Me alejo para el otro lado del jardín y pido actualización a Marco:
—Marco, ¿cuál es la movimentación de los Ivanov?
—Aún se organizando, Don. Nikolai no cruzó la frontera, pero algunos aliados ya se juntaron a él.
Vuelvo para el lado de mi esposa. Ella camina a mi frente, rígida, los ojos aún cargados de desconfianza y miedo. Sin palabras, la guío por el jardín y por la entrada de la casa, cada paso marcado por mi autoridad.
Así que atravesamos la puerta, no dejo que ella se pierda o desvíe. La llevo directamente para el escritorio. Apenas yo, ella.
Doy la vuelta en la mesa despacio, parando a frente de ella. Mi voz no sube. No necesita.
—A partir de ahora, usted es Lombardi —digo. —Lleva mi nombre. Vive bajo mi protección. Y olvide cualquier idea de huir de mí.
Ella levanta el rostro. Los ojos queman. No hay lágrimas ahora —solo odio puro, crudo, indomable.
—Yo nunca voy a ser una Lombardi —ella escupe las palabras. —Nunca.
El silencio que se sigue es afilado. Sostengo la mirada de ella por un instante más de lo necesario, como quien mide una lámina antes del golpe.
Doy un paso adelante e invado el espacio de ella. No la toco de inmediato, pero mi cuerpo se impone, cerrando cualquier ruta de fuga. Natália se queda rígida, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.
—¿Usted quiere que la folle aquí en mi mesa? —mi voz es baja, venenosa. —Como su padre negoció usted. Para él usted no pasaba de un contrato. Él no vino, nadie viene. Usted no tiene elección, yo soy su única elección.
Ella no se mueve. No reacciona.
Solo traga saliva.
Los ojos de ella se elevan para los míos por un segundo —y entonces yo veo. No es desafío. No es odio ahora.
Es miedo. Es dolor.
Puro. Crudo. Desarmado.
Los ojos grandes se llenan de lágrimas que ella intenta contener, pero el cuerpo la traiciona. La respiración se queda corta. Los hombros tiemblan casi imperceptiblemente.
Doy una última mirada para ella, fijo y pesado. No digo más nada, apenas ordeno:
—Suba para la habitación.