Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Espejismo.
El camino de regreso a casa fue una procesión de sombras. Las palabras de Jeremy y Alice pesaban en los hombros de Dominic más que cualquier costal de grano. La advertencia de Alice sobre los rumores del pueblo le había recordado que, para el mundo exterior, Samira era un misterio, una intrusa en el santuario que una vez compartió con Mabel.
—Mabel no es una herida que deba sanar —había dicho Dominic con una voz que cortaba el aire como una cuchilla fría—. Es la mujer de mi vida. Mi única compañera. Nadie, Jeremy, absolutamente nadie podrá ocupar su lugar. Ni en esta vida ni en la otra.
Jeremy, con la sabiduría que dan los inviernos, le había dado unas palmadas en la espalda, insitandolo a soltar a los muertos por el bien de los vivos. Pero para Dominic, soltar a Mabel era soltar la única parte de sí mismo que aún se sentía humana.
—Se llama Samira —susurró finalmente Dominic, casi como una confesión—. Y está aquí únicamente para aprender lo dura que puede ser la vida. Para pagar por su arrogancia.
Al alejarse de la casa de sus vecinos, la oscuridad del campo lo envolvió. El viento soplaba con un lamento familiar, recordándole su soledad. Sin embargo, al acercarse a su propia granja, vio una luz cálida filtrándose por las ventanas.
Dominic abrió la puerta, con la guardia baja y el cansancio nublando sus sentidos. La cocina estaba en penumbra, iluminada solo por la danza de una lámpara de aceite. En medio de la estancia, de espaldas a él, una silueta lo esperaba.
Llevaba un vestido de algodón azul que se amoldaba a su figura con una sencillez dolorosa. Su cabello estaba recogido en una trenza perfecta que caía por su espalda. La luz de la lámpara creaba un halo dorado a su alrededor, una imagen que Dominic había visto miles de veces en sus sueños y en sus recuerdos más preciados.
—¿Mabel? —el nombre salió de sus labios como un suspiro desesperado.
El corazón de Dominic dio un vuelco violento, saltando años de dolor en un solo segundo. Sin pensar, movido por una alegría eléctrica y salvaje que creía muerta, corrió hacia ella. La rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su hombro, inhalando con desesperación lo que esperaba que fuera el aroma de su esposa.
—Has vuelto... Dios mío, has vuelto —sollozó, apretándola contra su pecho con una fuerza que buscaba fusionar sus cuerpos para que ella nunca más pudiera escapar hacia el silencio del cementerio.
Samira, sorprendida por la calidez y la urgencia del contacto, se quedó rígida un instante antes de intentar corresponder al abrazo. Pero en ese movimiento, el hechizo se rompió.
Dominic se separó de golpe. El aroma no era el de Mabel; no era el olor a jabón de campo y flores silvestres. Era el aroma de Samira. Sus ojos se enfocaron y la realidad lo golpeó como un mazazo en el pecho. No era su esposa. Era la hija de Lucas Johnson. Era la mujer que representaba todas las humillaciones y burlas que había recibido.
La desilusión en el rostro de Dominic fue tan profunda que Samira sintió un dolor físico en el pecho. Sus ojos, que hace un segundo brillaban con una luz casi divina, se apagaron instantáneamente, volviéndose opacos, fríos y distantes.
—Perdóname —dijo él, su voz era ahora un trozo de hielo. —No volverá a pasar.
Sin esperar respuesta, Dominic se dio la vuelta y caminó hacia su habitación con pasos apresurados, huyendo de ella como si Samira fuera un pecado que acabara de cometer. El portazo resonó en la casa vacía, dejando a Samira sola en medio de la cocina.
Ella se quedó allí, confundida, se había arreglado para él, incluso había tardado horas en perfeccionar la trenza que tanto había visto. Sintió cómo se le quemaba la garganta. Ver a Dominic feliz, aunque fuera por cinco segundos, había sido lo más hermoso que había presenciado en esa granja. Pero ver cómo esa felicidad se convertía en asco y arrepentimiento al darse cuenta de que era ella a quien abrazaba, le dolió más de lo que cualquier insulto de su padre podría haberle dolido jamás.
Samira se abrazó a sí misma, intentando retener el calor de un abrazo que no era para ella. En ese momento entendió que en esa casa siempre habría tres sombras entre ellos, y que ella, sin importar cuánto cambiara, seguía siendo la intrusa en un templo dedicado a una mujer que ella nunca podría ser.