Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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24_El Final de la Casería y el Regreso a Casa
El sol apenas había salido cuando la noticia explotó como una bomba en todos los medios de comunicación.
“MISTERIOSA MUERTE DEL MAGNATE ARATA: ¿SUICIDIO TRAS CONFESIÓN DE CRÍMENES?”
Los titulares ocupaban las portadas de todos los periódicos, y las pantallas de televisión no paraban de repetir las imágenes: el edificio de lujo, el balcón vacío, y la cinta policial que cerraba el acceso.
En los noticieros matutinos, los presentadores hablaban con voz grave y sorprendida:
“En la madrugada de hoy, el cuerpo de Hiroshi Arata, uno de los empresarios más poderosos y controvertidos del país, fue encontrado en el patio interior de su residencia privada. Las primeras investigaciones apuntan a un salto desde el balcón de su despacho, ubicado en el último piso.”
“Pero lo que ha conmocionado a la opinión pública no es solo su muerte, sino los documentos encontrados en su escritorio. Una carta manuscrita, con su firma y huellas dactilares, donde confiesa detalladamente años de corrupción, sobornos, extorsiones y vínculos con redes criminales. Además, un testamento fechado ayer mismo, en el que dona el 100% de su fortuna, valorada en miles de millones, a fundaciones de ayuda social y escuelas públicas de todo el país.”
“Expertos legales aseguran que los documentos tienen validez jurídica. Parece que Arata, acorralado por su conciencia o por presiones desconocidas, decidió poner fin a su vida después de reparar, en parte, el daño causado.”
Las redes sociales ardían. Comentarios de todo tipo inundaban internet:
- “¡No me lo creo! El hombre que tenía a todo el mundo en la palma de su mano terminó así…”
- “Justicia divina. Lo que sembró, recogió.”
- “¿Suicidio? O alguien le ayudó a tomar la decisión… 🤫”
- “Al menos su dinero servirá para algo bueno por primera vez.”
La policía y los fiscales estaban desbordados. No había signos de lucha forzada en la habitación, las huellas dactilares coincidían perfectamente, y la confesión era irrefutable. El caso se cerraba rápidamente como un suicidio, aunque muchos en el cuerpo de seguridad sospechaban que algo más había pasado. Pero sin pruebas, no había nada que hacer.
Mientras todo el país hablaba de la caída del imperio de Arata, en una casa segura en las afueras, Nagisa y Karma observaban la noticia en silencio.
Karma, con el brazo aún vendado pero con una expresión de total satisfacción, soltó una risita baja.
—Mira eso, Nagisa. Eres un genio. No solo lo mataste, sino que destruiste su nombre y usaste su propio dinero para hacer el bien. Es la ironía más hermosa que he visto en mi vida.
Nagisa no sonreía. Su mirada estaba fija en la pantalla, pero en sus ojos ya no había esa furia helada de la noche anterior. Había sido reemplazada por una calma fría, como si una deuda hubiera sido pagada en su totalidad.
—Ya está hecho —dijo simplemente Nagisa, apagando la televisión—. Nadie volverá a molestarnos. Y nadie volverá a tocarte.
Karma se recostó en el sofá, cruzando las piernas con aire relajado.
—Bueno... entonces, ¿qué hacemos ahora? ¿Volvemos a la rutina?
Nagisa finalmente miró a Karma, y una pequeña sonrisa, genuina y tranquila, apareció en sus labios.
—Sí. Volvemos a ser maestros. Aunque... creo que esta vez, la lección fue aprendida de verdad.
El silencio volvió a reinar en la sala segura una vez que la televisión se apagó. El eco de las noticias aún resonaba en el aire, pero la atmósfera entre Karma y Nagisa había cambiado. La furia fría y letal de la noche anterior se había transformado en una electricidad diferente, más íntima y cargada.
Karma se levantó despacio, apoyándose en su brazo sano. La venda en su brazo herido era un recordatorio silencioso de lo sucedido, pero su andar era tan seguro y arrogante como siempre. Se acercó a Nagisa, quien guardaba los últimos documentos en una carpeta.
—Bueno, mi pequeño cazador... misión cumplida al cien por cien —dijo Karma, deteniéndose a escasos centímetros de él. Su mirada dorada escaneaba el rostro de Nagisa, buscando cualquier rastro de duda o remordimiento, pero solo encontró determinación y... algo más.
Nagisa levantó la vista, sosteniéndole la mirada.
—Sí. Nadie volverá a cruzarse en nuestro camino.
—Eso espero —murmuró Karma, y de repente, extendió su brazo sano y atrapó la cintura de Nagisa, jalándolo bruscamente hacia sí.
Nagisa soltó un pequeño jadeo de sorpresa, chocando contra el pecho de Karma. La cercanía era abrumadora. Podía sentir el calor corporal del pelirrojo, su respiración y el aroma que lo identificaba.
—Karma... —susurró Nagisa, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba, no por peligro, sino por esa mezcla de emoción y deseo que siempre surgía entre ellos.
—¿Sabes? —Karma bajó la cabeza, rozando con su nariz la mejilla de Nagisa, acercándose peligrosamente a sus labios, su voz bajó a un tono ronco y juguetón—. Estuve pensando... mientras tú lo atabas y lo obligabas a firmar... estabas increíblemente aterrador. Y sexy.
Nagisa se sonrojó intensamente, abriendo los ojos de par en par.
—¡K-Karma! ¡No digas esas cosas! —intentó apartarse, pero el brazo de Karma alrededor de su cintura era como una barrera de acero suave.
—¿Por qué no? Es la verdad —Karma sonrió con esa media sonrisa pícara y desafiante que tanto le gustaba—. Me encanta cuando te pues así de serio y letal. Me dan ganas de...
Karma no terminó la frase. En su lugar, aprovechó que Nagisa estaba distraído por la vergüenza, y con una rapidez felina, lo empujó suavemente contra la pared más cercana. El golpe fue amortiguado, pero la sensación de quedar atrapado fue instantánea.
Ahora estaban cara a cara, nariz con nariz. La tensión en el aire era palpable, chispeante. Karma tenía a Nagisa acorralado, y ambos lo sabían.
—¿Qué pasa, Nagisa? —se burló Karma, acercando sus labios tanto que casi se tocaban—. ¿El gran asesino que hizo temblar a un imperio ahora se pone nervioso por un simple acorralamiento?
Nagisa respiró hondo, intentando recuperar el control, pero sus sentidos estaban en alerta máxima. La mirada de Karma era hipnótica, llena de deseo y diversión.
—No... no estoy nervioso —mintió Nagisa, aunque su voz salió un poco más aguda de lo normal.
—¿Ah, no? —Karma rió bajito, un sonido vibrante que resonó en el pecho de Nagisa—. Entonces demuéstramelo. Bésame tú primero.
El desafío flotó en el aire. Nagisa sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas, pero no bajó la mirada. Si Karma quería jugar, él también sabía hacerlo.
Con una valentía repentina, Nagisa estiró el cuello y capturó los labios de Karma en un beso rápido, firme y lleno de la misma pasión que habían mostrado esa noche. No fue un beso suave, fue una reclamación.
Karma parpadeó, sorprendido por la iniciativa, y luego su sonrisa se amplió, triunfante. Justo cuando iba a profundizar el beso, atrapar la cabeza de Nagisa entre sus manos y perderse en él, un sonido de notificación en el móvil de Karma los interrumpió.
—Ugh... justo ahora —se quejó Karma, separándose de mala gana, aunque no soltó a Nagisa. Miró la pantalla—. Es Kayano. Dice que el camino está despejado y que ya pueden irse.
Nagisa respiró hondo, intentando normalizar su pulso, acomodándose la ropa y evitando la mirada divertida de Karma.
—T-Tenemos que irnos —tartamudeó ligeramente.
—Sí... a casa —respondió Karma, haciendo hincapié en la última palabra con una mirada cargada de promesas—. Aunque aviso que en cuanto crucemos la puerta... no pienso soltarte en todo el día.
—Idiota... —murmuró Nagisa, pero una pequeña sonrisa escapó de sus labios.
Minutos después, el coche negro salió de la propiedad segura, perdiéndose suavemente entre el tráfico matutino que comenzaba a congestionarse. Adentro, viajaban en un silencio cómplice y reparador.
Karma tenía la cabeza recostada en el respaldo del asiento, con los ojos medio cerrados y una expresión de absoluta satisfacción. Tenía el brazo herido apoyado con cuidado, pero su otra mano buscó instintivamente la de Nagisa, entrelazando sus dedos con fuerza, reclamando su posesión incluso en la quietud.
Nagisa miraba por la ventanilla, observando cómo la ciudad despertaba, cómo la gente iba y venía ajena a todo lo que había sucedido esa noche. Pensó en Arata, en su caída, en cómo el dinero que tanto amaba ahora serviría para construir escuelas y ayudar a quienes más lo necesitaban. Una justicia poética perfecta.
Pero sobre todo, pensó en Karma. En el peligro que corrían, en lo lejos que habían llegado y en lo mucho que se habían necesitado durante todos esos años separados. Ahora ya no había más sombras, no había más amenazas que se interpusieran entre ellos.
—Ya pasó todo —murmuró Nagisa suavemente, apretando la mano de Karma.
—Sí —respondió Karma, abriendo los ojos y mirándolo con ternura—. Ahora solo somos tú y yo. En nuestro propio mundo.
El trayecto se hizo corto, y finalmente, el vehículo se detuvo frente a una casa moderna, tranquila y segura. Bajaron del coche, sintiendo el aire fresco de la mañana en sus rostros. Al fin estaban allí.
Subieron las escaleras y Karma introdujo la llave en la cerradura. El sonido del clic al girar marcó el final de una etapa y el comienzo de otra. Al entrar, el aroma familiar de su hogar los recibió.
—Llegamos —dijo Nagisa, soltando el bolso que llevaba y dejándolo caer al suelo, sintiendo cómo por fin podía relajar todos sus músculos.
Karma cerró la puerta y, tal como había prometido, se giró y volvió a atrapar a Nagisa entre sus brazos, esta vez sin prisas, sin misiones, sin enemigos acechando.
—Y ahora... ¿qué hacemos, mi amor? —preguntó Karma con voz suave, pero con esa chispa traviesa volviendo a sus ojos.
Nagisa levantó la vista, sonriendo con tranquilidad, dejando atrás al asesino y al estratega para ser solo él mismo.
—Ahora... descansamos. Y nos quedamos aquí, juntos. Para siempre.
Karma sonrió, y esta vez sí, se dejó llevar por el momento, besando a Nagisa lentamente, con calma, saboreando cada segundo de su libertad y su amor.