Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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¡Un evento maravilloso!
Tras el inesperado encuentro con Franco, Luciana intentó concentrarse en su trabajo, pero le era imposible. Cada vez que cerraba los ojos, revivía el momento; Franco inclinándose sobre ella con esa actitud insolente, segura y provocadora; la sensación de su mano en su cintura; su voz baja junto a su oído; y sobre todo, la descarada manera en que había disfrutado la rabia de Fernando.
Molesta consigo misma por la distracción, repasó el mismo documento por tercera vez sin lograr leer una sola línea.
— Esto es ridículo… — Murmuró.
Las horas pasaron lentamente hasta llegar al final de la jornada laboral. Luciana recogió su bolso con la intención de dirigirse a casa. Sin embargo, justo al cruzar la entrada principal del edificio, se detuvo abruptamente.
Franco estaba allí, elegantemente apoyado contra un lujoso auto negro, sosteniendo unas llaves. Su vestimenta era inmaculada, digna de una revista de negocios. Este, al notar su llegada, le dedicó una sonrisa completamente natural.
— Llegas tarde.
— ¿Qué hace aquí? — Preguntó frunciendo el ceño.
— Vine por ti. — Respondió con naturalidad.
— Nadie lo invitó.
— No era necesario.
Luciana intentó seguir de largo, no estaba de ánimos para seguirle el juego, pero Franco caminó a su lado sin ningún esfuerzo.
— Tengo auto propio, señor Smith. — Dijo tratando de alejarlo.
— Lo sé.
— Entonces comprenderá que puedo irme sola.
— También lo sé.
—¿Y entonces?
Preguntó ella con frustración ante el descaro de él. Acaso no iba a poder deshacerse de su presencia o simplemente tenía que acceder a sus caprichos. Pero Franco, sin importar lo que ella dijera, abrió la puerta del copiloto frente a ella indicando que entrará.
— Hoy cenarás conmigo.
— ¿Y si no quiero? — Preguntó Luciana mientras dejaba ver una sonrisa incrédula.
— No te estoy dando muchas opciones. — Dijo inclinándose hacia ella.
— Qué caballero tan encantador. — Hablo con ironía.
— Gracias.
— Era sarcasmo.
— Lo sé.
Luciana lo miró con evidente irritación, pero también sabía que discutir con él solo lo motivaría a seguir actuando de esa manera. Finalmente dejó salir un suspiro en resignación ante lo que iba a hacer.
— De acuerdo. Cinco minutos. — Advirtió. — Si me desagrada, me voy.
Franco cerró la puerta una vez ella subió. Camino hacia el asiento del piloto mientras sonreía con suficiencia ante su victoria.
— Acepto el riesgo. — Murmuró.
Finalmente, la cena fue en un restaurante exclusivo en las alturas de la ciudad. El sitio era elegante y discreto. El lugar ofrecía una vista nocturna que impresionó visiblemente a Luciana.
— Debo admitir que tiene buen gusto.
— También debo admitirlo. — Respondió observándola con detenimiento.
— ¿Está coqueteando conmigo otra vez? — Preguntó entrecerrando los ojos.
— Nunca he dejado de hacerlo.
El mesero se acercó y ambos hicieron su pedido. Por primera vez desde que se conocieron, la conversación fluyó entre ellos sin el habitual enfrentamiento. Hablaron de negocios, de sus viajes, de las responsabilidades familiares e incluso compartieron pequeños recuerdos de su infancia.
Luciana descubrió en Franco, más allá de la arrogancia, a un hombre observador, inteligente y sorprendentemente considerado. Franco, por su lado, confirmó su sospecha; Luciana era mucho más interesante de lo que aparentaba. Era fuerte, perspicaz, intensa, y poseía una fascinación peligrosa.
Justo cuando la cena estaba finalizando, el teléfono de Luciana vibró. Al mirar la pantalla, una sonrisa lenta apareció en sus labios, algo que Franco notó de inmediato.
— ¿Debería preocuparme por esa sonrisa?
Luciana abrió el correo recibido. Dentro de este, había una invitación formal.
Gran Subasta Benéfica Anual, organizada por Begonia Soto.
Los ojos de Luciana brillaron con algo peligroso que Franco reconoció enseguida. Venganza.
— Creo que sería demasiado ingenuo al no preocuparme por eso.. — Dijo él.
— Creo que acaban de regalarme una noche maravillosa. — Dijo levantando la mirada.
—Y por lo visto no tiene nada que ver conmigo.
— Así es. — Respondió mientras guardaba el teléfono con calma. — La Sra. Begonia Soto, ha organizado una subasta. Quiere reunir a toda la élite de la ciudad.
Franco apoyó los codos sobre la mesa con evidente curiosidad. Algo en su interior le decía que esta no sería una subasta común y corriente.
— ¿Y tú planeas arruinarla? — Preguntó con diversión.
— No. — Hizo una pausa elegante—. Solo planeo hacerla más interesante.
— Cada vez eres más fascinante. — Sonrió con genuino interés.
— No sea ridículo. — Respondió Luciana rodando los ojos.
— Jamás lo he sido.
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Durante los días siguientes, Luciana se encargó de organizar todo con absoluta precisión. Término de registrar cada documento, testimonios, registros bancarios y fotografías antiguas. Había obtenido la información suficiente para destruir años de mentiras cuidadosamente construidas por Begonia.
Sorpresivamente, también había encontrado pruebas de algo aún más grave. Begonia jamás había vivido una vida distinguida en el extranjero, como siempre había afirmado ante su círculo social.
Durante años había sostenido relaciones con varios hombres adinerados a cambio de dinero, regalos y beneficios. Se presentaba con nombres distintos, y desaparecía al ser descubierta, reapareciendo nuevamente en otro círculo social. Todo lo que había contado era una farsa, y para su mala suerte, Fernando había caído en ella.
Franco por su parte, había investigado por sus propios medios sobre los movimientos de Luciana, y lo que tenía planeado hacer. Sin dudarlo, no hizo preguntas innecesarias. Solo confirmó la fecha del decisivo evento, y decidió asistir.