En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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No soy tu problema.
Dávid se tensó de pies a cabeza. La pelirroja salió de su campo de visión y se enfocó en la silueta varonil, esos labios rojos, bien ejercitado, pelo plateado y esos ojos verdes. Sintió como su corazón se detuvo por un segundo.
Elian entró, sacudiéndose la nieve del cabello plateado sin fijarse en el grandulón bien vestido a su costado, sólo sentía el frío que lo consumía. Soren iba detrás.
—No me gusta este lugar para ser sincero, cualquiera podría ser un asesino o propasarse contigo—murmuró sosteniendo la capa de su amo.
—A mí sí me agrada, es más cálido que afuera y hay muchos chicos lindos—respondió Elian con una sonrisa de oreja a oreja que el alfa no pudo evitar ver—. Mira que lindo lugar, debimos venir antes aquí. Y voy a beber hasta olvidar.
Pasó de largo, y al Alfa ni lo miró. Se sentaron en una mesa en un rincón. Pidieron alcohol desde que el camarero se acercó y se relajaron un poco. Sin embargo, el alfa algo herido de que no se fijaran en él regresó a la barra.
— ¿Qué pasó no ibas por la pelirroja?
—Sí... Pero ese Omega que acaba de entrar... No sé... Me hizo sentir algo raro.
— ¿El de pelo plateado sentado con el otro en la esquina? No le veo nada de especial— mira disimuladamente— ¿Lo habrás visto en alguna batalla? ¿Hijo de algún general? Por la ropa que lleva más parece un pobretón. Un campesino de cuarta, pero se ve que come bien por como tiene la piel.
— No lo sé. No me hagas caso.
Su amigo se le queda mirando. A él no puede engañarlo. Algo oculta.
— ¿Acaso te flechaste por él?— le dice tanteando al verle las orejas súper rojas.
—¡NOOOO!— Murmura malhumorado.
— Principe....Está bien que lo van a emparejar con un hombre, ¿pero fijarse en otro? Eso no me lo esperaba de usted.
— Es solo que... Ese es bonito. Y ya que me tengo que casar con uno... probar ese no estaría tan mal. Sería como ensayar.
— ¿Ya viste los músculos que se carga? Parece que hace bastante ejercicio o tiene un trabajo levantando mucha leña, aunque esas manos grandes no tienen callos. Le sobrepasas por algunos centímetros. No parece Omega. Los Omegas que conozco son más pequeños y lindos. El principe con el que te vas a casar no lo conozco, pero dicen que es educado, inteligente y saludable. Debe ser muy lindo.
— Ya olvídalo, talvez no está solo. Tal vez ese otro es su novio...
—¿Cómo sabes que le gustan los chicos?— le pregunta mientras le da otro sorbo a su bebida.
El alfa sentía como su cuerpo se calentaba, pero pensó que era por el licor.
— Sólo lo sé.
Durante unas horas... todo estuvo en calma. Casi todas las miradas iban dirigidas al Omega. El Omega bebió alcohol hasta más no poder en todo ese tiempo, lo que empezó a desencadenar su celo. Su aroma llenaba la taberna y los alfas presentes esperaban una oportunidad de acercarse, pero su amigo a su lado los miraba amenazante.
—Voy al baño.
— Bien, no tardes o me tomaré todo— responde David.
Por otra parte, en la mesa de Elian...
—Esto es un error —dijo Soren de repente bastante tomado al ver que el principe sonreía y bailaba en la pista de baile y regresaba solo para tomar más.
Elian rodó los ojos.
—Otra vez con eso… Mira, todos quieren conmigo.
—No entiendes —su voz bajó—. Te vas a casar. No puedes hacer lo que quieras. Te dije que solo veníamos a beber y a disfrutar. No que te apoyaría con esto. Además sabes que me gustas. No puedo verte con otro.
Elian se tensó.
—Somos como hermanos. Nos criamos juntos. Tú no me gustas. Lo sabes.
— Lo daría todo por ti, podríamos escapar lejos.
—Puedes no arruinarlo más. No eres mi tipo. Solo eres mi confidente y mi guardaespaldas personal.
Eso fue suficiente.
—¿Sabes qué? —se levantó bruscamente—. ¡No vine a que me recuerdes mi condena, yo no pedí ser nada de eso, me lo impusieron! Y de todos modos no pienso ceder a esto.
—¡Pues si no me apoyas déjame solo!— le grita.
Soren dudó.
Pero al final… se fue.
Y Elian…se quedó solo en la mesa. Al rato se acercó a la barra, cruzó junto al Alfa, se sentó en el asiento continuo y pidió otra bebida. Y otra. Y otra más.
Hasta que el mundo continuó girando a su alrededor.
David tragó saliva, había visto como el chico junto al pelo plateado salió chispeando por la puerta evidentemente enojado por algo hacia minutos atrás.
—Vas a caer si sigues así. Tu cuerpo es fuerte, pero este alcohol derribar a un rinoceronte salvaje.
La voz llegó de la nada en medio del bullicio y la música.
Grave.
Tan cálida que el cuerpo del Omega vibró.
Elian levantó la mirada. Y lo volvió a ver, ahora más detallado. Un hombre alto. Musculoso. Cubierto por una máscara. Pero sus ojos… sus ojos dorados lo atravesaban. Unos labios carnosos. Nunca había visto unos ojos de ese color. Unos ojos que parecían desnudarlo por completo.
—¿Y a ti qué te importa? No eres mi nana —respondió Elian, con una sonrisa torcida.
—No soy tu Nana pero es algo que cualquiera te diría—dijo el desconocido—. Solo odio ver desperdiciar buen alcohol.
Elian soltó una risa.
—Entonces siéntate a ver cómo me termino todo sin pestañear.
Y lo hizo. Se terminó otra jarra sin descansar, luego el ambiente se relajó.
—¿Huyes de algo? Lo digo porque usas máscara—preguntó el enmascarado.
—De todo. La guerra está a punto de estallar. Además tengo una cicatriz muy fea.
—Bien. Yo también me alejé por un rato por la guerra que se avecina.
—¿Por qué usas mascara?
— Soy... Un guerrero de rastreo y nadie puede ver mi rostro— miente el príncipe.
— Sabes volar dragones.
— Soy el mejor.
Sus miradas se sostuvieron más de lo necesario.
—A mi... Me echaron prácticamente de casa —dijo Elian de pronto sin explicar más.
El desconocido no reaccionó. Lo entendió todo muy literal.
—A mi también— le dice analizando su propio caso. Pronto tendría de que mudarse a otro castillo.
Hubo un pequeño silencio.
Luego… una risa compartida.
—¿Pero tienes a dónde dormir?—preguntó Elian.
—No— miente.
—Perfecto. Puedo rentar una habitación aquí...no es un hotel de lujo, pero nos mantendrá calientitos...claro si no te molesta compartir la cama conmigo.
Elian alzó su copa.
— ¿Y la persona con la que llegaste estará con nosotros?
— No... él se enoja por todo. Creo que se fue y me dejó botado.
— Ummm... Ya veo.
— ¿Y el otro chico con el que estabas sentado?— pregunta Elian
El alfa se sorprendió ¿Desde cuándo se dió cuenta que andaban con alguien más?
— Ya se fue— miente mientras mira afuera la fila para entrar al baño rogando que su amigo tarde más.
—Bueno...brindemos por las malas decisiones.
El otro chocó la suya.
—Por las malas decisiones.
Y en algún punto… dejaron de hablar. Pero no de mirarse. Había algo. Algo que no encajaba. Algo que atraía. Instinto.
El alfa llamó al cantinero y le puso unas monedas en las manos por la mejor habitación.
—¿Subimos?
—Guia el camino.