Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 15
La mañana siguiente no trajo paz. Para cuando el sol terminó de iluminar la fachada de la finca Bustamante, el país entero estaba en llamas. El Senador Valerius había filtrado a la prensa nacional una serie de fotografías de alta resolución: Renata Vane, la heredera del imperio más grande del país, vestida con un uniforme de sirvienta barato, fregando los escalones de la mansión Morana y cargando bolsas de basura.
El titular de La Gaceta Nacional era brutal: "¿HEREDERA O SIRVIENTA? LA DOBLE VIDA DE RENATA VANE".
—El país se ríe de nosotros, Renata —Arturo Vane entró en el comedor de la finca, donde ella y Damián desayunaban con una calma que lo ponía frenético—. Valerius ha logrado lo que quería. Nos ha convertido en un chiste. Los Morana están dando entrevistas diciendo que les "robaste" y que te infiltraste en su casa por una obsesión enfermiza con David.
Damián, que vestía una bata de seda negra entreabierta que dejaba ver las marcas de las uñas de Renata en su pecho, ni siquiera levantó la vista de su tablet.
—Deja que se rían, Arturo —dijo Damián con una voz cargada de una satisfacción oscura—. Los que ríen hoy, llorarán sangre antes de que cierren los mercados.
Renata dejó su taza de café con una elegancia gélida. Se puso de pie, luciendo un vestido sastre de color blanco inmaculado, el color de la pureza que ella estaba a punto de profanar.
—Papá, diles que preparen una rueda de prensa en el Auditorio Nacional en una hora —ordenó ella. Su voz ya no era la de la empleada sumisa, sino la de la "Arquitecta de Sombras"—. Y asegúrate de que el Senador Valerius tenga un asiento en primera fila.
El auditorio estaba a reventar. Los flashes de las cámaras eran una tormenta constante. En un rincón, Sofía y Ester Morana sonreían a las cámaras, regodeándose en su minuto de fama, mientras el Senador Valerius observaba desde su asiento VIP, convencido de que Renata subiría al estrado a pedir clemencia.
Renata entró. El silencio fue instantáneo. No caminaba como alguien avergonzado; caminaba como alguien que venía a ejecutar una sentencia. Damián se quedó a un lado del escenario, con los brazos cruzados y una mirada que prometía violencia a cualquiera que se atreviera a interrumpirla.
—Se han publicado fotos mías trabajando para la familia Morana —empezó Renata, su voz proyectada con una claridad cristalina—. Muchos lo llaman humillación. Yo lo llamo operación de campo.
Un murmullo recorrió la sala. Valerius frunció el ceño.
—Durante dos años —continuó ella, mientras en la pantalla gigante detrás de ella empezaban a aparecer documentos oficiales con el sello de Inteligencia del Estado—, me infiltré en los círculos de la familia Morana no por amor, sino porque eran el nexo de lavado de dinero de un grupo de políticos que creían que nadie los vigilaba.
Renata miró directamente a Valerius.
—Usted filtró esas fotos, Senador, para intentar desprestigiarme antes de que yo publicara esto —ella presionó un botón en su control remoto—. Este es el registro de transferencias de la cuenta secreta del Senador Valerius, alimentada por las deudas que Marcus Sterling y Eduardo Morana nunca pagaron al banco estatal.
La pantalla mostró pruebas irrefutables: depósitos millonarios, grabaciones de audio de Valerius planeando el embargo de los Vane y, lo más impactante, la orden de quemar a Renata si ella no entregaba el Proyecto Fénix.
—No soy una sirvienta que se escondió —sentenció Renata, su mirada prendiendo fuego a la audiencia—. Soy la mujer que conoce todos sus pecados. Y hoy, la mansión Morana no fue mi lugar de trabajo... fue su tumba financiera.
El caos se desató. El Senador Valerius intentó levantarse para huir, pero dos agentes federales que Renata había coordinado previamente le cerraron el paso. Sofía y Ester Morana pasaron de la risa al llanto en un segundo, dándose cuenta de que su "venganza" acababa de terminar con ellas siendo investigadas por complicidad en lavado de activos.
Damián subió al estrado, rodeando la cintura de Renata con una posesividad feroz ante todos los medios del país. Se inclinó hacia el micrófono y dijo solo una frase:
—Cualquiera que intente volver a usar el pasado de mi prometida para dañarla, debe saber que no solo enfrentará a los Vane. Enfrentará a un Bustamante. Y nosotros no enviamos fotos a la prensa... nosotros enviamos facturas que se pagan con la vida.
Renata lo miró, y en medio del flash de las cámaras y los gritos de los reporteros, supo que la humillación pública se había convertido en su coronación. Había destruido a sus enemigos con un solo dedo legal, y ahora, el país entero sabía que la heredera de los Vane era la persona más peligrosa de la nación.
Pero el juego apenas comenzaba. En las sombras, Marcus Sterling, herido y furioso, juraba que si no podía poseerla legalmente, la destruiría físicamente.
—Vámonos —susurró Damián en su oído, mordiendo levemente el lóbulo de su oreja—. La adrenalina me ha dado hambre, y todavía tengo marcas en mi piel que necesitan ser renovadas.
Vamos a ver qué pasa con el Presi