La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 24
Mariana, que iba al lado de Carlo, se inclinó y le susurró al oído:
—¿Tu amiga? —Carlo tragó saliva.
—Sí. Algo así.
—Ay, Carlo, a ver cómo sales de esta. Se nota que no solo quería que le enseñaras. Estás en problemas, amigo.
—Apúrense —dijo Vanessa, con voz tranquila pero firme—. Íbamos a almorzar. —Carlo se sobresaltó.
—Ah, sí. Ya vamos.
Vanessa se dio la vuelta antes de que él terminara de sonreír y Carlo la siguió sin dudar.
Mariana iba detrás, riéndose como si estuviera viendo una telenovela.
Ya en el nn el pasillo Carlo la alcanzó.
—Vanessa, no estaba…
—No tienes que explicarme nada —respondió ella, sin mirarlo.
—En serio, solo la estaba ayudando.
—Perfecto. —Carlo frunció el ceño.
—¿Estás enojada?
—No.
Mariana intervino como un hada madrina del caos:
—Sí. Sí lo está.
—Cállate —susurró Vanessa.
—¿Por qué? —preguntó Carlo, confundido—. ¿Hice algo mal?
Vanessa se detuvo. Se giró y lo miró directo a los ojos.
—No —respondió—. Solo que… no sé. Me molestó un poco.
Carlo entrecerró los ojos.
—¿Te molestó que hablara con ella?
Vanessa apretó los labios.
Mariana levantó las manos.
—Yo no digo nada, solo escucho.
Vanessa respiró hondo.
—Tal vez sí.
Carlo sintió algo dentro. Un fuego cálido, peligroso. Ella estaba celosa. Y de él.
—Ah —murmuró Carlo, con una sonrisa que no pudo ocultar.
Vanessa rodó los ojos.
—No empieces.
—No dije nada.
—Estás sonriendo.
—¿Y?
—Eso significa que estás pensando algo. —Carlo se acercó un paso.
—¿Y si sí?
A Vanessa se le aceleró el pulso.
Mariana gritó emocionada.
Vanessa retrocedió.
—Carlo, no. No empecemos otra vez.
—No estoy empezando nada.
—Sí lo estás.
—Solo dije que sonrío.
—Pero la forma en que sonríes… —Carlo levantó la ceja.
—¿Qué pasa con mi sonrisa? —Vanessa apretó la mandíbula.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Así —dijo, frustrada—. Como si… no sé. Como si te gustara cuando me enojo.
Mariana soltó:
—Spoiler: sí le gusta. —Carlo se puso rojo.
—¡No es cierto!
Vanessa suspiró.
—Olvídalo. Vamos a comer.
Y se fue caminando más rápido.
Carlo miró a Mariana.
—¿Se notó mucho? —Mariana le dio una palmada en la espalda.
—Amigo, eras un letrero luminoso.
Pero en el almuerzo le tocó a Vanessa
Salían de la cafetería cuando apareció el problema número dos.
Mateo. El de Economía.
Alto, simpático, con una sonrisa de comercial y una lista larguísima de chicas detrás de él.
Y al parecer, Vanessa era su nuevo objetivo.
—Vanessa —dijo Mateo, acercándose con esa sonrisa—. Qué bueno verte.
Carlo se tensó, Mariana sonrió.
—Esto va a estar bueno.
Vanessa se detuvo, amable.
—Hola, Mateo. ¿Necesitas algo?
—Sí —dijo él—. Hay una fiesta el viernes. Quería saber si… te gustaría ir conmigo.
A Carlo le dio rabia.
Vanessa parpadeó, sorprendida.
—Oh, yo… —Mateo sonrió más.
Carlo dio un paso adelante sin pensarlo.
—Vanessa no va a fiestas.
Vanessa lo miró, molesta.
—Carlo… —Mateo arqueó una ceja.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Mateo.
Carlo sintió ganas de responder algo que no debía.
Vanessa se adelantó.
—Es solo un amigo —dijo rápido.
A Carlo le dolió, pero no dijo nada.
Mateo sonrió.
—Perfecto entonces. ¿Qué dices?
Carlo apretó la mandíbula, Vanessa dudó... Más de lo normal.
—No sé, Mateo. Estoy ocupada estos días.
—No aceptes —murmuró Carlo.
Mateo lo miró feo.
—¿Perdón?
Vanessa chasqueó la lengua.
—Carlo, basta.
Carlo lo ignoró.
—No es buena idea que vayas.
—¿Y por qué no? —preguntó Mateo.
Carlo lo miró fijo.
—Porque no me gusta cómo la estás mirando.
Mariana estuvo a punto de explotar de la emoción. Vanessa respiró hondo.
—No voy a ir, Mateo. Gracias, pero no puedo.
Mateo la miró unos segundos, se encogió de hombros y se fue.
—Como quieras. Nos vemos.
Apenas se alejó, Vanessa se giró hacia Carlo con el ceño fruncido.
—No vuelvas a hacer eso. —Carlo se defendió.
—Solo quería…
—Lo sé —lo interrumpió ella—. Pero no puedes decidir por mí. —Carlo bajó la mirada.
—Tienes razón. —Vanessa suspiró.
—Carlo, no me molestó que te acercaras. Me molestó cómo lo hiciste. Como si…
—¿Como si qué? —Ella se mordió el labio.
—Como si… no quisieras que nadie se me acerque. —Carlo levantó la mirada.
—Tal vez sí.
Vanessa se quedó callada.
Mariana dejó caer su botella de agua.
—¿Qué? —preguntó Vanessa. —Carlo respiró hondo.
—Tal vez sí quiero que nadie te mire así. Porque no me gusta. No me gusta cómo te hablan, cómo te ven, cómo se te acercan. No sé por qué. Pero no me gusta.
Vanessa sintió que el piso temblaba; Una mezcla de miedo y… otra cosa.
—Carlo… —Él se acercó sin tocarla, pero lo suficiente para que ella lo sintiera.
—Te molestaste por Ana Paula, ¿verdad?
Ella tragó saliva.
—No…
—Vanessa… —Ella se rindió.
—Sí. Me molesté… un poco. —Carlo asintió.
—Entonces estamos igual.
Vanessa lo miró como si hubiera dicho algo peligroso.
—Carlo, esto no está bien para ninguno de los dos.
—Lo sé.
—Pero tampoco puedo… evitar sentir algo cuando te veo con alguien más. —Carlo se quedó sin aire.
Mariana, detrás, murmuró:
—Acepten que se aman y váyanse a terapia o a besarse.
Pero nadie la escuchó, solo se escuchaban el uno al otro.
Carlo dio un paso más.
—Entonces estamos igual. —Vanessa cerró los ojos.
—No —susurró—. No podemos hacer esto.
—¿Y si ya está pasando? —preguntó él.
Ella abrió los ojos y su mundo se tambaleó.
Carlo siguió:
—¿Y si esto que sentimos ya empezó y solo lo estamos evitando? —Vanessa no respondió.
Carlo la miró como si su corazón dependiera de ella.
Mariana dio dos palmadas.
—Basta. Demasiada tensión por hoy. ¿Van a seguir negándolo o los encierro en un salón?
Vanessa se giró, molesta.
—Mariana…
—Por favor —respondió Mariana—. Se gustan desde que se conocieron. Solo están haciéndose los tontos.
Carlo se aclaró la garganta.
—No es tan fácil.
—Sí lo es —dijo Mariana—. No sé por qué no lo admiten.
Vanessa dijo, temblando un poco:
—Mariana, no entiendes. Esto no es fácil para mí. —Carlo la miró preocupado.
—Para mí tampoco —confesó.
Mariana rodó los ojos.
—Dejen de alejar a cualquiera que se les acerque. Ya es un avance.
Carlo sonrió, nervioso.
Vanessa suspiró.
Los tres empezaron a caminar juntos.
Pero algo había cambiado. Ya no era tensión silenciosa, ni miradas evitadas.
Ahora… Habían dicho demasiado.
Y quedaba mucho por hablar.
de secretos