"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 11: La Fragilidad del Hielo
La salud de Clara, la hermana mediana de Bianca, siempre había sido delicada, pero esa mañana la crisis fue distinta. Bianca la encontró en la pequeña cocina, aferrada a la mesa con el rostro pálido y los labios teñidos de un azul violáceo. La insuficiencia respiratoria crónica que padecía desde niña, agravada por la humedad de la casa, estaba ganando la batalla.
— No... puedo... Bianca —susurró Clara antes de que un ataque de tos la dejara sin fuerzas.
Bianca la sostuvo, sintiendo la fragilidad de sus huesos. Sabía que los inhaladores básicos ya no bastaban; Clara necesitaba un tratamiento especializado y un entorno libre de moho, cosas que el sueldo de mesera, por más "duro" que fuera, jamás podría cubrir. La angustia la asfixiaba tanto como a su hermana.
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El Rostro Oculto de Juan
Esa tarde, Bianca se reunió con Juan buscando consuelo, pero lo que encontró fue la primera grieta en su salvador. Mientras caminaban por los límites del pueblo, Juan recibió una llamada. Su rostro, usualmente relajado y seductor, se transformó en una máscara de crueldad.
— Te dije que el cargamento llegaría a tiempo. Si los muchachos de Urrieta se cruzan, los barres, ¿entiendes? Los barres —gruñó Juan al teléfono.
Al colgar, notó la mirada de horror de Bianca. Él cambió el gesto de inmediato, volviendo a su sonrisa encantadora, pero el brillo en sus ojos era distinto.
— Es solo el negocio, preciosa. Para sacarte de aquí necesito dinero, y el dinero no se hace rezando.
Bianca sintió un escalofrío. Juan no quería salvarla por amor a su libertad; la quería como un trofeo de guerra en su lucha contra Andrés. Para él, Bianca era el territorio que le quería arrebatar al rey de la ciudad. El fuego que ella sentía con él empezaba a oler a azufre.
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La Obsesión de Santiago
Mientras tanto, Santiago (Sebastián) había dejado de ser el vecino dolido para convertirse en algo mucho más oscuro. Su alianza con Gaby no le había dado paz, solo le había dado acceso a información. Sabía que Bianca estaba desesperada por Clara, y decidió usar esa debilidad como un anzuelo.
Santiago esperó a que Bianca regresara a casa. Se interpuso en su camino, pero esta vez no olía a alcohol, sino a una determinación enfermiza.
— Supe lo de Clara —dijo Santiago, bloqueando la entrada—. El médico dice que si no se muda a la ciudad, a un lugar con calefacción y cuidados, no pasará del invierno.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó Bianca, a la defensiva.
— Porque yo me encargué de pagar la consulta privada —mintió Santiago con una sonrisa manipuladora—. Gaby tiene contactos. Puedo salvar a tu hermana, Bianca. Puedo darle todo lo que Andrés te quitó y lo que ese delincuente de Aguilar solo te promete en sueños.
Él se acercó, invadiendo su espacio de forma asfixiante.
— Solo tienes que dejar de jugar a la rebelde. Vuelve conmigo. Deja que yo sea quien cuide a las niñas. Si te quedas a mi lado, Clara vivirá. Si te vas con Aguilar... bueno, todos sabemos que los hombres como él solo dejan viudas y huérfanos.
Santiago no la estaba cortejando; la estaba extorsionando usando la vida de su hermana como moneda de cambio.
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El Guardián en las Sombras
Desde la mansión, Andrés recibió el informe médico real de Clara. Él ya había enviado al mejor especialista de la capital de incógnito, bajo la fachada de un programa de salud pública del gobierno, para que Bianca no sospechara que el dinero venía de él.
Andrés vio las fotos de Santiago interceptando a Bianca en la puerta. Vio la mano de Santiago apretando el brazo de ella.
— Señor... Santiago la está presionando con la salud de la niña —informó su jefe de seguridad—. ¿Lo eliminamos?
Andrés apretó los dientes. Ver a Santiago usar la enfermedad de Clara para manipularla le causaba un asco profundo, pero sabía que si intervenía ahora, Bianca vería a Santiago como una víctima y a él como el monstruo de siempre.
— No. Pero asegúrense de que el medicamento de Clara llegue mañana a primera hora a la farmacia del pueblo, marcado como "donación anónima" —ordenó Andrés—. Y vigilen a Aguilar. Si intenta llevarse a Bianca por la fuerza bajo la promesa de curar a la niña con dinero sucio, entonces sí... disparen a matar.
Bianca entró en su casa esa noche sintiéndose rodeada de depredadores. Santiago quería su obediencia, Juan quería su fuego para alimentar su guerra, y ella creía que Andrés solo quería sus deudas. No sabía que el único hombre que realmente estaba moviendo el cielo y la tierra para que Clara respirara, era aquel que ella más intentaba olvidar.