En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
El amanecer en Shanghái nunca llegaba a ser realmente brillante; la ciudad siempre parecía atrapada en una neblina de polución y sueños olvidados. Pero para Yan, el concepto de la luz del sol se sentía como un recuerdo de una vida anterior, una historia contada por alguien que ya no existía.
Estaba tumbada en el sofá de terciopelo del ático destrozado. La batalla había terminado hacía horas. El cuerpo de Li Zhou era solo un montón de cenizas esparcidas por el viento que entraba por las ventanas rotas. Qi se había ido. No hubo palabras de despedida, solo una mirada cargada de una tristeza infinita antes de desaparecer en las sombras de la escalera de incendios. Él era un cazador; ella era ahora algo que él no podía clasificar, y el espacio entre ellos era un abismo que ninguna hermandad podía cruzar.
Yan sentía que su vida se escapaba por sus poros. El catalizador había cumplido su función, pero el precio era su propia esencia vital. Sus extremidades se sentían pesadas, como si estuvieran hechas de plomo, y su respiración era un esfuerzo consciente y doloroso.
Zixuan estaba sentado a su lado, sosteniendo su mano. Él parecía haber envejecido décadas en una sola noche. Las marcas negras del veneno habían retrocedido, pero su aura de poder estaba fragmentada.
—Mírame, Yan —pidió él, su voz un susurro quebrado.
Ella abrió los ojos. La vista le fallaba, pero podía ver la silueta de él, el hombre que la había aterrorizado, deseado y, finalmente, salvado.
—Estoy muriendo, ¿verdad? —preguntó ella. No había miedo en su voz, solo una curiosidad cansada.
—Tu cuerpo humano está fallando, sí —admitió Zixuan, apretando sus dedos—. El linaje *He* ha quemado tu corazón para purificar el mundo. Es la ironía más cruel de tu familia: naciste para morir destruyéndonos.
—Es un buen final —murmuró ella, intentando sonreír—. Los Li han caído. Los Wang y los Si están diezmados. El mundo de las sombras es libre de su tiranía.
—¿Y qué hay de ti? —la voz de Zixuan se elevó, cargada de una emoción que Yan nunca le había escuchado: desesperación—. ¿Qué hay de nosotros? No me pediste permiso para dejarme solo en este vacío, Yan.
Ella extendió su mano libre y rozó la mejilla de él. Estaba fría, como siempre, pero ahora ese frío le resultaba reconfortante, un refugio contra la fiebre que aún la consumía por dentro.
—No eres un hombre de soledades, Zixuan. Encontrarás otra obsesión.
—No quiero otra obsesión. Te quiero a ti —él se inclinó sobre ella, su aliento rozando sus labios—. Hay una forma. Sabes que la hay. El "Regalo Oscuro".
Yan guardó silencio. Sabía a qué se refería. La transformación. Si él la convertía ahora, el cambio biológico podría detener la degradación celular causada por el catalizador. La inmortalidad vampírica reescribiría su código genético, neutralizando el veneno de los *He*. Pero el costo... el costo era todo lo que ella alguna vez fue.
—Seré un monstruo —dijo ella—. Seré aquello que mi hermano caza. Seré lo que mi padre intentó evitar que fuera.
—Serás mía —respondió Zixuan—. Y serás libre. No más miedos, no más debilidades humanas. Caminaremos juntos por los siglos, viendo cómo estas ciudades de cristal se convierten en polvo y cómo nacen nuevas estrellas.
—¿Es amor, Zixuan? ¿O es solo tu deseo de no perder la única cosa que te ha hecho sentir vivo en doscientos años?
Zixuan bajó la cabeza, su frente apoyada contra la de ella.
—Quizás sean ambas cosas. Pero sé que no puedo dejarte ir. No después de lo que hemos pasado. El mundo es demasiado oscuro para caminarlo sin tu luz, aunque esa luz sea ahora tan negra como la mía.
Yan miró hacia el techo, donde las luces de emergencia parpadeaban rítmicamente. Pensó en su vida en la oficina, en los cafés de la mañana, en la sensación del sol en su cara. Todo eso se sentía tan lejano, tan trivial. La mujer que disfrutaba de esas cosas había muerto en el momento en que entró en el Sindicato Li. La mujer que quedaba era una criatura de sombras y voluntad.
—Hazlo —susurró Yan.
Zixuan no esperó. Se inclinó sobre su cuello, sus colmillos rozando la piel donde las marcas anteriores aún estaban frescas.
—Dolerá —advirtió él.
—Ya nada puede doler más que esto —respondió ella.
El mordisco fue una explosión de sensaciones. Primero, un dolor agudo y punzante que le recorrió toda la columna vertebral. Luego, una oleada de frío glacial que empezó a apagar el fuego de sus venas. Yan sintió cómo el corazón le daba un último vuelco violento y luego se detenía. El silencio que siguió no fue el de la muerte, sino el de una transición.
Vio imágenes pasar ante sus ojos a una velocidad vertiginosa: la historia de los Li, el dolor de Zixuan, la cara de su madre que apenas recordaba. Y luego, la oscuridad la envolvió por completo. Era una oscuridad acogedora, profunda como el océano y vasta como el espacio.
Cuando abrió los ojos, el mundo había cambiado.
Ya no había neblina ni colores apagados. Podía ver cada mota de polvo flotando en el aire, cada grieta en el mármol del ático. Podía escuchar el latido del corazón de un pájaro en un edificio a tres manzanas de distancia. Pero lo más sorprendente era la sensación en su interior. El dolor había desaparecido, reemplazado por una sed líquida y poderosa que clamaba desde sus entrañas.
Se sentó con una agilidad que la asustó. Zixuan la observaba desde la sombra, su rostro iluminado por una mezcla de alivio y tristeza.
—Bienvenida a la eternidad, Yan —dijo él.
Ella se miró las manos. Ya no había venas negras. Su piel era perfecta, de un blanco marmóreo que brillaba bajo la luz de la luna que empezaba a filtrarse tras la tormenta. Se tocó los labios y sintió el filo de sus nuevos colmillos.
—Me siento... poderosa —dijo ella, su voz ahora con un matiz aterciopelado y peligroso.
—Lo eres. Eres la primera de tu clase. Un híbrido del linaje *He* y la sangre de los Li. No sé en qué te convertirás con el tiempo, pero sé que nadie en este mundo podrá volver a encadenarte.
Yan se levantó y caminó hacia el ventanal roto. Shanghái se extendía ante ella, una alfombra de luces que ahora le pertenecía. Ya no era una víctima, ni una empleada, ni una heredera de una maldición. Era algo nuevo. Algo eterno.
Zixuan se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos. Yan no se apartó. Se apoyó en él, disfrutando de la sintonía perfecta de sus cuerpos inanimados.
—¿A dónde iremos ahora? —preguntó ella.
—A donde quieras —respondió él—. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Yan miró hacia el horizonte. Sabía que su humanidad se había perdido para siempre en ese ático. Sabía que Qi la buscaría, que otros clanes se alzarían y que la sed sería su compañera constante. Pero mientras miraba las luces de neón reflejadas en los ojos de Zixuan, sintió que el sacrificio había valido la pena. El amor, en su forma más oscura y retorcida, los había reclamado a ambos.
Juntos, se desvanecieron en las sombras de la torre, dejando atrás las cenizas de un imperio y el amanecer de una nueva y sombría eternidad. Shanghái seguía latiendo, ignorante de que sus nuevos dueños acababan de despertar, listos para escribir su historia con sangre y sombras en el libro del tiempo que nunca termina.