⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
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Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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El verdugo se convierte en protector
La lluvia en Dion City no era una bendición, era un peso gris que aplastaba los hombros de quienes caminaban por sus calles agrietadas. A los veintidós años de Dag, su existencia se resumía en libros viejos de la biblioteca donde trabajaba y el eco de sus propios pasos en un apartamento que olía a soledad y café frío.
Esa noche, sin embargo, el aire se sentía distinto. Había una estática en el ambiente que hacía que el vello de sus brazos se erizara. Mientras cruzaba el callejón de la calle A, un zumbido agudo, casi doloroso, comenzó a vibrar en la base de su cráneo.
-¿Qué es esto?- Susurró Dag, deteniéndose en seco.
Se llevó una mano al pecho. Debajo de la tela de su sudadera negra, una luz dorada y tenue comenzó a palpitar al ritmo de su corazón. No era la primera vez que ocurría, pero nunca con esa intensidad. Sentía como si algo dentro de él estuviera tratando de responder a un llamado que venía desde más allá de las nubes.
De repente, el cielo se desgarró.
No fue un rayo común. Una columna de fuego blanco y puro impactó en el centro del callejón con la fuerza de un meteorito. La onda expansiva lanzó a Dag contra los contenedores de basura, dejándolo sin aliento. El vapor se levantó del suelo mojado en densas cortinas blancas, y en medio de esa niebla de calor, surgió una figura que desafiaba toda cordura.
Natt.
Su presencia llenaba el callejón, haciendo que las paredes de ladrillo parecieran estrecharse. Vestía una armadura de un material oscuro que parecía absorber la luz de las farolas, y sobre su espalda, dos alas colosales de un blanco cegador se agitaban lentamente, soltando plumas que se convertían en cenizas antes de tocar el suelo. Su rostro era de una belleza simétrica y aterradora, una máscara de perfección divina tallada en mármol frío.
Natt levantó la mirada. Sus ojos, dos pozos de oro, se clavaron en Dag.
Dag de Dion City.- La voz de Natt no vibró en el aire, sino directamente en los huesos del chico -Tu alma es una anomalía. Una grieta en la perfección del Edén. He venido a cerrarla.-
Natt desenvainó una espada que parecía forjada con la luz del sol más intenso. El calor que emanaba era tan brutal que las gotas de lluvia se evaporaban antes de tocar el metal, creando un siseo constante. El ángel avanzó con elegancia letal, colocando la punta del arma justo en la base de la garganta de Dag.
Dag, atrapado entre el suelo frío y el arma ardiente, no gritó. No suplicó por su vida como lo habrían hecho otros. Simplemente miró al ángel con una resignación que rompió el protocolo de Natt.
-¿Por qué no tiemblas, humano?- Preguntó Natt, su voz perdiendo un poco de su eco celestial -He ejecutado a miles por pecados menores. Tu existencia es un error que ensucia el orden divino. ¿No entiendes que he venido a borrarte?-
Dag tragó saliva, sintiendo el filo quemar su piel. Levantó la vista, encontrando los ojos dorados del guerrero.
-He pasado toda mi vida sintiendo que no encajo en ningún lugar.- Respondió Dag con un hilo de voz -Si mi vida es un error... entonces supongo que finalmente ha llegado alguien que sabe qué hacer conmigo. No tengo a dónde correr, ángel. Hazlo.-
Natt se tensó. Sus órdenes eran claras: extinguir la chispa. Hrim le había advertido que los humanos eran recipientes de caos. Pero al observar a Dag de cerca, Natt notó algo que los registros celestiales no mencionaban. No vio maldad, ni oscuridad. Vio una luz que buscaba desesperadamente un refugio, una soledad tan profunda que resonó con la suya propia.
Natt bajó milimétricamente la espada. Por un segundo, se permitió ver más allá de la misión. Sus conciencias se entrelazaron. Vio la infancia solitaria de Dag, sus noches mirando las estrellas preguntándose si alguien lo escuchaba, y el deseo de ser amado por lo que era, no por lo que el destino decía de él.
En el pecho de Natt, un fuego que no era el de la justicia empezó a arder. Era un calor humano, doloroso y nuevo.
-Tus ojos...- Susurró Natt, su voz volviéndose ronca por la emoción -No brillan con pecado. Brillan con una pureza que el Cielo ya no recuerda.-
De pronto, un trueno ensordecedor sacudió la ciudad. Una luz plateada, fría como el hielo, descendió desde las alturas y golpeó el hombro de Natt, quemando su armadura. Era un mensaje de Hrim. Una orden directa: Ejecútalo o cae con él.
Natt miró la espada y luego el rostro pálido de Dag. Si es una correa, corto la cadena, pensó Natt. La lealtad que lo había definido durante eones se fragmentó en mil pedazos.
-No- Dijo Natt, girándose hacia el cielo con una furia renovada -No permitiré que destruyan algo tan hermoso solo por una ley que no entiende de amor.-
Dag, con los ojos llorosos, estiró una mano y rozó la mano enguantada de Natt. El contacto fue una explosión sensorial. Natt sintió que su inmortalidad era un precio pequeño a pagar por ese toque humano.
-Si el Cielo quiere tu vida...- Declaró Natt, poniéndose firme entre Dag y las nubes que tronaban con la ira de Hrim -Tendrá que pasar por encima de mis cenizas. No eres un error. Eres la razón por la que el cielo finalmente ha decidido arder dentro de mí.-
En ese instante, Natt levantó su propia espada y, en lugar de atacar hacia afuera, la dirigió hacia sus propias alas. El grito que soltó no fue de dolor, sino de liberación. Las plumas blancas se tornaron negras, envueltas en un fuego carmesí mientras el ángel renunciaba a su divinidad por el chico que lo miraba con asombro desde el suelo.
El verdugo se había convertido en el protector. El Cielo estaba en llamas, y la verdadera historia acababa de comenzar.