Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 20
El chirrido del metal contra el pavimento era el único sonido que competía con el rugido de la tormenta. El coche de Danilo oscilaba peligrosamente al borde del barranco, con una rueda delantera girando en el vacío. Dentro, el humo de los airbags nublaba la vista de Danilo, pero el olor a gasolina lo mantuvo despierto. El instinto de supervivencia es un animal salvaje.
—¡Asegúrense de que no se mueva! —gritó uno de los hombres de negro bajo la lluvia.
Danilo vio, a través del parabrisas trizado, cómo uno de los sicarios sostenía el maletín de cuero de Arnaldo Silveira. El cuero estaba manchado de un rojo oscuro que la lluvia no lograba lavar. En ese momento, Danilo lo supo: el viejo abogado ya no hablaría más.
Con un esfuerzo sobrehumano, Danilo pateó la puerta del conductor. El coche se balanceó hacia el abismo. Los sicarios se detuvieron, esperando que la gravedad hiciera el trabajo sucio. Pero Danilo no saltó hacia fuera; se arrastró hacia el asiento del copiloto y salió por la ventana rota justo cuando el vehículo se deslizaba un metro más hacia el precipicio.
—¡El maletín! —rugió Danilo, poniéndose de pie con dificultad, la cara bañada en sangre—. ¡Ese maletín es lo único que los mantiene vivos!
Los sicarios rieron. Uno de ellos sacó una pistola con silenciador.
—Helenina dijo que si morías en el choque era mejor, pero que si sobrevivías, no debías pasar de esta noche.
Justo cuando el hombre apretó el gatillo, un rayo iluminó el cielo y Danilo se lanzó al suelo, rodando hacia el guardarraíl destrozado. No buscaba huir; buscaba el arma que Marcos le había obligado a esconder bajo el asiento del coche y que ahora yacía en el asfalto. Sus dedos rozaron el metal frío.
***
Mientras tanto, en la biblioteca de la mansión Hawser, Helenina sostenía una copa de vino tinto frente a una chimenea que no lograba calentar el ambiente. Sobre su escritorio de caoba descansaba una copia digital de los documentos que Arnaldo había preparado.
Su asistente, un hombre pálido y eficiente, entró en la habitación.
—Señora, el Dr. Arnaldo ha sido "retirado". Pareció un infarto al volante. Los originales están en camino.
Helenina sonrió, pero no era una sonrisa de alivio, sino de triunfo absoluto.
—Arnaldo era un romántico idiota. Pensó que usaría estas pruebas para destruirme. Lo que no entendió es que me ha dado la pieza que me faltaba.
Se puso de pie y acarició el papel donde figuraba la firma de Danilo: la confesión de culpabilidad.
—Mira esto —dijo Helenina a su asistente—. Mi querido esposo ha firmado una confesión donde admite ser el cerebro detrás de todos los fraudes de la empresa. Con Danilo en la cárcel o muerto como un criminal confeso, él queda legalmente inhabilitado para la patria potestad.
—¿Y la chica? ¿Davina? —preguntó el asistente.
—Davina es una mujer inestable, una fugitiva involucrada con un mercenario como Marcos —sentenció Helenina con frialdad—. Una vez que el niño nazca y el documento de Arnaldo pruebe que es un Hawser, yo pediré la custodia total. Seré la guardiana legal del heredero del imperio. El mundo verá a una abuela abnegada rescatando a su nieto de unos padres criminales. Danilo me dio su libertad pensando que salvaba a Davina, pero lo que hizo fue darme el derecho legal de quitarle a su hijo para siempre.
***
De vuelta en el barranco, el eco de un disparo seco cortó el viento. El sicario que sostenía el maletín cayó de rodillas, con un agujero en el hombro. Danilo, apoyado contra un poste de luz, sostenía la pistola con ambas manos, temblando pero decidido.
—¡Suelten el maletín! —gritó Danilo.
El otro sicario disparó, rozando el brazo de Danilo. En ese momento, el coche de Danilo finalmente cedió. Con un crujido final, el vehículo se precipitó al vacío, estallando en llamas al chocar contra las rocas del fondo. La explosión distrajo a los hombres de Helenina por una fracción de segundo.
Danilo aprovechó. No corrió hacia ellos; corrió hacia el bosque que bordeaba la carretera. Sabía que no podía ganar un tiroteo, pero si lograba que lo siguieran a la oscuridad, tenía una oportunidad.
Sin embargo, mientras se internaba en la maleza, sintió un dolor punzante en el costado. Al bajar la mano, sus dedos se tiñeron de rojo. Le habían dado.
A kilómetros de allí, en el manglar, Davina se despertó sobresaltada en la lancha. El dolor en su vientre había desaparecido, pero un frío inexplicable le recorrió la espalda.
—Danilo... —susurró, mirando hacia la oscuridad de la selva.