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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 19

Camila

Después de la cena, la casa fue quedando en silencio poco a poco. Las conversaciones se apagaron, las luces se atenuaron y cada uno comenzó a retirarse a descansar.

A Nicolás y a mí nos asignaron una habitación al fondo del pasillo. Era más pequeña que la nuestra en la ciudad. La cama también era más estrecha, sencilla, y el cuarto tenía apenas lo necesario: una cómoda antigua, una ventana que daba al patio y una lámpara de luz cálida que colgaba del techo. No era incómodo, pero sí distinto. Más íntimo. Más cercano.

Antes de acostarme, fui a buscar a Alvarito. Valeria se había ofrecido a cuidarlo mientras cenábamos y acepté sin pensarlo demasiado.

Cuando entré a la habitación donde estaba ella, lo encontré profundamente dormido entre sus brazos. Su respiración era tranquila, regular. Tenía una mano cerrada, como si aún se aferrara a algo invisible.

—Se quedó dormido hace rato —susurró Valeria—. Está muy tranquilo. Si quieres, puede quedarse conmigo esta noche.

Dudé un instante. No estaba acostumbrada a dejarlo dormir con alguien que no fuera Nicolás o yo, pero verlo tan relajado, tan seguro, me hizo bajar la guardia.

—Está bien —respondí al final—. Pero si se despierta o se inquieta, por favor llévalo conmigo sin dudarlo.

—Claro —asintió ella—. Te lo prometo.

Regresé a la habitación con una sensación extraña, mezcla de alivio y vulnerabilidad. Cerré la puerta con cuidado y me encontré con Nicolás, que ya estaba acomodándose en la cama.

El espacio reducido hacía inevitable que estuviéramos cerca. Demasiado cerca como para ignorarlo. Me acosté de lado, sintiendo el calor de su cuerpo apenas a unos centímetros del mío.

Durante unos segundos no hablamos. Solo escuchábamos el silencio del pueblo, interrumpido de vez en cuando por algún grillo o el crujir lejano de la madera.

—Hay mucho silencio. Me gusta — dije, casi en un susurro.

—Esta casa me trae muchos recuerdos —dijo él finalmente, con voz baja—. Aquí pasé casi todos los veranos de mi infancia.

Giré un poco el rostro hacia él.

—Se nota que es un lugar importante para ti.

Asintió despacio.

—Lo es. Mi padre amaba este lugar. Decía que aquí podía respirar distinto.

Hubo una breve pausa antes de que continuara.

—Después de que murió… volver aquí era difícil. Todo me lo recordaba.

No interrumpí. Sentí que, por primera vez, me estaba permitiendo entrar en una parte de su historia que siempre había mantenido cerrada.

—Yo era muy joven —añadió—. Pero de pronto sentí que tenía que ser fuerte. Que no podía darme el lujo de caerme. Tenía que cuidar de mi madre, de Valeria… hacerme cargo de cosas que no me correspondían todavía.

—Eso debió ser muy duro —murmuré.

—Lo fue. Me enojaba mucho. Con la vida, con todo. Creo que por eso me metí en tantos problemas cuando era adolescente —dijo, con una leve sonrisa amarga—. Sentía que tenía que defender a los míos de todo.

Sus palabras encajaban con lo que Arturo me había dicho. Con la forma en que Nicolás enfrentaba el mundo.

—Aquí todo parece más simple —continuó—. Más tranquilo. A veces pienso que, si mi padre estuviera vivo, le habría gustado verme ahora. Con una familia. Siendo padre de mi hijo.

Sentí un nudo en el pecho. No supe si esas palabras me incluían por completo, pero aun así me afectaron.

—Le hubiera gustado mucho saber que su primer nieto se llama como él, Álvaro. En honor a él elegí el nombre de nuestro hijo.

Resopló una sonrisa.

—Seguro que está muy feliz.

—¿Y tus padres? ¿Cómo eran ?

—Mi papá… —comencé— era un hombre muy dedicado al trabajo. Pasaba muchas horas fuera de casa. Llegaba tarde casi todas las noches, cansado, con el traje arrugado y el rostro marcado por el día. Pero, aun así, para mí era un superhéroe.

Nicolás giró un poco para mirarme, atento.

—Siempre lo esperaba despierta —continué—. No importaba la hora. Cuando llegaba, jugaba conmigo aunque fuera un rato, o me leía un cuento antes de dormir. Nunca me decía que estaba cansado. Yo lo veía fuerte, invencible. Sacaba fuerzas de donde no tenía solo para estar conmigo.

Tragué saliva.

—Todo cambió cuando mi mamá murió.

El silencio se volvió más denso.

—Yo estaba muy triste. No quería quedarme con nadie. Ninguna niñera me hacía sentir segura. Entonces mi papá decidió que nos mudáramos a la mansión del abuelo. Él no podía cuidarme solo… y yo quedé al cuidado de las empleadas.

Me acomodé un poco, como si el cuerpo necesitara acompañar el recuerdo.

—Había noches en las que lo veía llorar. Otras en las que llegaba tomado. Algunas ni siquiera volvía a dormir. Se fue perdiendo en el trabajo, en la presión, en el cansancio… hasta que un día sufrió un derrame cerebral.

Nicolás no dijo nada. Su mano buscó la mía.

—Estuvo varios días en estado vegetal —dije—. Su cuerpo no resistió. Murió.

Respiré hondo antes de seguir.

—Desde entonces quedé al cuidado de mi abuelo. De mi mamá tengo muy pocos recuerdos. Pasaba mucho tiempo con ella, eso lo sé… pero en mi memoria solo quedan fragmentos. Me preparaba la merienda, el desayuno, mis postres favoritos. Jugábamos, nos maquillábamos juntas. Pero no recuerdo su rostro con claridad. Solo a través de las fotos puedo saber como era.

Mi voz se volvió apenas un susurro.

—Tenía cinco años cuando murió.

Nicolás no respondió. Solo se acomodó un poco más cerca, con cuidado, como si temiera incomodarme. Yo no me aparté.

Y en ese silencio compartido, comprendí que ese viaje no era solo una pausa. Era una grieta suave en nuestras defensas. Un espacio donde, sin proponérnoslo, empezábamos a mostrarnos tal como éramos.

Los días pasaron más rápido de lo que me hubiera gustado. Nos despedimos prometiendo volver apenas tuviéramos un poco de tiempo, aunque todos sabíamos que esas promesas suelen estirarse más de lo que uno quisiera. Aun así, nadie parecía dudar de que ese reencuentro no sería el último.

Los abrazos fueron largos, sinceros. Vi a Nicolás despedirse de sus tíos y de sus primos con una mezcla de nostalgia y gratitud, como si dejar aquel lugar implicara volver a guardar una parte de sí mismo que había quedado suspendida en el tiempo.

Alvarito iba de brazos en brazos una última vez. Todos querían cargarlo, despedirse de él, como si en ese pequeño gesto confirmaran que, de algún modo, también formaba parte de la historia de esa casa.

Cuando finalmente subimos al auto y emprendimos el camino de regreso, el paisaje comenzó a cambiar lentamente. Los campos abiertos dieron paso a la ruta, y el pueblo quedó atrás como una imagen quieta en la memoria.

Morelia fue la primera en romper el silencio.

—No saben lo feliz que me hizo volver —dijo, con una sonrisa que no intentaba ocultar—. Ver a mi hermana, a mis amigos… hacía años que no los veía.

Miraba por la ventanilla, pero su voz estaba llena de emoción.

—Y volver con ustedes —añadió—. Con Nicolás, Camila… con el niño. No imaginan lo que significa para mí que hayan conocido a mi nieto. Quedaron encantados con él.

La observé por el espejo retrovisor. Tenía los ojos brillantes, pero no tristes. Era una alegría serena, profunda.

—Ese lugar guarda muchos recuerdos lindos —continuó—. Me alegra que ahora él también forme parte de ellos.

Nicolás sonrió, concentrado en el camino. Alvarito dormía tranquilo en su asiento, ajeno a todo, pero rodeado de una herencia que recién comenzaba a descubrir.

Sentí como si ese viaje, sencillo y breve, hubiera logrado unir piezas que no sabía que estaban sueltas. Volvíamos cansados, sí, pero también recargados de una energía distinta. Más calma. Más sentido.

Cuando la ciudad comenzó a aparecer a lo lejos, supe que retomábamos nuestra rutina, nuestras responsabilidades, nuestras decisiones pendientes. Pero también supe que algo había cambiado.

No volvimos iguales.

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