Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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18
Pasaron dos meses y la mansión Petrov se había convertido en un tablero de ajedrez donde nadie quería cantar jaque mate. Mila ya no solo chapurreaba el español; ahora lo usaba como un arma arrojadiza para burlarse de la testarudez de su hermano. La relación entre Luna y la rubia había trascendido las aulas; eran uña y carne, una alianza de luz y color que hacía frente a la oscuridad de la casa. Mila veía en Luna la figura protectora y cómplice que nunca tuvo, una mezcla de madre joven y hermana mayor que le enseñaba que el carácter de una mujer podía mover montañas.
Sin embargo, el despacho de Ivan era el epicentro de una tormenta de celos mal gestionados. En su mente posesiva y distorsionada, Ivan decidió que si Luna seguía aceptando las atenciones de Julian, el encantador francés, él debía contraatacar con la misma moneda. Así fue como la mansión empezó a recibir la visita de Sonia, una modelo rusa de piernas interminables y ojos vacíos que parecía un mueble de diseño más en la sala.
Ivan, con su aura oscura más pesada que nunca, se paseaba con la modelo del brazo frente a Luna, esperando ver un atisbo de dolor o devoción en esos ojos de hechicera. Nada más alejado de la realidad.
—¡Ay, Vania! —exclamó Luna una tarde en la estancia, mientras leía un libro de poemas—. Qué bueno que te conseguiste una novia tan... silenciosa. Combina perfecto con las cortinas del salón. ¿También sabe conjugar verbos o solo sabe quedarse quieta?
Igor, que estaba cerca revisando unos informes, tuvo que cubrirse la cara con un folder para no estallar.
—Es una estrategia brillante, Vania —soltó Igor con su sarcasmo puro—. Nada dice "soy un hombre maduro y seguro" como traer a una mujer que no habla para intentar darle celos a una que no para de hablar. Es un plan sin fisuras, realmente. El francés debe estar temblando de miedo en su descapotable.
Ivan apretó la mandíbula, sintiendo que el rugido del "oso gruñón" se quedaba atrapado en su garganta. No entendía cómo Luna podía verlo con otra mujer y simplemente sonreírle con esa paz que lo volvía loco.
—Sonia es una mujer de mundo —gruñó Ivan, su voz sexy cargada de una frustración evidente—. No necesita hablar para imponer su presencia.
—Claro, hermano —intervino Mila, abrazando a Luna por los hombros—. Pero Luna va a ir a cenar hoy con Julian a un restaurante que tiene tres estrellas Michelin. Él dice que ella es el "sol de su sistema solar". ¿Sonia qué dice de ti? ¿Que tienes un despacho muy bonito?
La cara de Ivan pasó del gélido azul al rojo volcánico en un segundo.
—Ese francés no es más que un charlatán con buen sastre.
—Y con muy buenos modales —remató Luna, levantándose y guiñándole un ojo a Mila—. Bueno, me voy a arreglar. Julian dice que el rojo es mi color, y no quiero hacerlo esperar.
Cuando Luna y Mila salieron de la habitación entre risas, Igor se acercó a su amigo y le puso una mano en el hombro.
—Vania, te lo digo como amigo: eres un idiota. Estás perdiendo la guerra por orgullo. Luna no quiere una modelo de trofeo en tu brazo, quiere que dejes de esconderte en tu trinchera y admitas que ese "oso ruso" está perdidamente enamorado de una mexicana de metro y medio.
Ivan miró hacia la puerta por donde Luna se había ido. El silencio regresó a la mansión, pero ya no era un silencio de poder, sino de una soledad que empezaba a quemar más que el frío de Siberia.