Para asumir el mando de la mafia, Alessandro debe estar casado.
Implacable y hecho para la violencia, el príncipe de la mafia de Monreale nunca mostró bondad. Hasta que su camino se cruza con el de un joven llamado Nicolò, que despierta en él una obsesión peligrosa.
Y al descubrir las marcas dejadas por años de abuso y crueldad familiar, algo cambia en él. Aunque su instinto de posesión ya lo hace ver a ese extraño joven como su propiedad, se atreve a plantearse un desafío:
Antes de revelar la verdad y llevarlo al altar, quiere que Nicolò se enamore de él.
—Tu cuerpo ya me pertenece, aunque no lo sepas, pero también quiero tu corazón. —A. Morreale
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Capítulo 24
El plan de Teresa y Matteo parecía ir viento en popa. Cuando Nicolò se quedó solo en casa de nuevo, fue hasta donde Matteo había puesto el dinero que tanto le había costado conseguir y tomó todo lo que había allí, incluso un anillo con una piedra que no necesitaba ser un experto para saber que era un diamante verdadero.
Fue hasta la cocina, tomó algunas frutas y las colocó en una bolsa de basura. Luego, abrió el cajón en el que estaban los cuchillos y tomó el más afilado, puntiagudo y discreto que encontró y regresó al cuarto. Aún necesitaba pensar en una manera de engañar a los hombres que vigilaban la casa.
Bajó al piso de abajo una vez más y se quedó cerca de media hora observando la calle por la ventana. Percibió algunos patrones que nunca había notado antes, tales como un carro estacionado siempre en el mismo lugar, un hombre leyendo un periódico, otros dos que solo parecían estar conversando, pero había algo en la postura de ellos que hizo que Nicolò dudara que fueran solo residentes de allí. Observó un poco más e hizo una anotación mental de cuántos eran más o menos y regresó al cuarto.
Allí, sacó una caja de cartón que estaba debajo de la cama, de esas que vienen con calzado, ya toda aplastada y con un poco de polvo y algunas telarañas. La abrió con cuidado, revelando que era una especie de baúl de tesoros. Sus tesoros. Una foto de él, cuando era niño en la escuela; su antigua colección de piedritas; algunos papeles ya desgastados por el tiempo. Tomó uno de los papeles y lo extendió con cuidado en el suelo para no rasgarlo, revelando un mapa que él había hecho de la ciudad.
Obviamente que muchas cosas habían cambiado, pero algunas cosas permanecían iguales y eso ya era suficiente. Trazó algunas líneas con la punta del dedo índice, sobre la hoja, después la dobló con cuidado y la colocó en la mochila, juntamente con algunas frutas y una prenda de ropa extra.
Colocó la mochila en la espalda y vistió una sudadera vieja y bien holgada que tenía y se calzó los tenis menos peores que tenía. Intentó controlar la respiración y el temblor en las manos, pero parecía imposible.
"¡Vamos, Nicolò! ¡Deja de ser débil!", repetía como un mantra. En seguida, tomó el cuchillo que había traído de la cocina y lo escondió bajo la manga de la sudadera y entrenó algunas veces cómo sacarlo rápidamente sin herirse.
Vagó por la casa, buscando alguna cosa más que le pudiera ser útil, mientras intentaba ganar coraje para hacer lo que necesitaba. Recordar los besos y la forma cariñosa en que Alessandro lo trataba solo lo dejaba más irritado y un poco avergonzado.
Avergonzado por no reconocer a alguien tan importante e imponente como Alessandro aparentaba ser. Él no entendía mucho sobre mafia, además de lo básico, que lo hacía ver como una cosa muy mala y que quien mandaba era llamado Don. Entonces, Alessandro no era un mafioso cualquiera; era un líder y había jugado con él.
"Si no fueras tan patético e inútil, eso no habría sucedido. ¡Bien hecho para mí!", en su mirada había mucho más que rabia, había la determinación de que no sería más débil, que no bajaría más la cabeza y saldría de aquel lugar o m0r1r14 intentándolo.
Respiró hondo una vez más y abrió la puerta del frente. Ya estaba comenzando a oscurecer y las luces de los postes ya estaban encendidas. Él miró para los lados y observó sombras con formatos que lo hacían tener certeza de que eran personas escondidas. Una sonrisa corta surgió en sus labios. Parecía que estaba mirando para el mundo con ojos diferentes, casi como si tuviera súper poderes.
Comenzó a caminar lentamente, con una bolsa de basura en la mano, pero pasó por los basureros más próximos y continuó, lo que ya fue suficiente para dejar a los hombres más atentos. Él mantuvo el ritmo y entró en uno de los callejones cuya iluminación era más fraca, retiró del bolsillo de la sudadera un paquete con canicas y las esparció por el suelo, cuidando de no hacer ruido. Caminó hasta el basurero que estaba allí, subió sobre su tapa y alcanzó el muro.
Escuchó pasos y vio sombras aproximarse: no tenía más vuelta atrás...