*Ella solo quería pagar sus cuentas. Él solo quería mantener su imperio.*
Sofía no buscaba problemas, solo un buen turno de noche. Pero cuando sus ojos se cruzan con los de Alessandro, el hombre que controla la noche y el peligro, su vida sencilla se hace añicos. Ella es testigo de algo que no debió ver, y ahora, en lugar de ser eliminada, se convierte en su posesión más preciada y peligrosa.
Alessandro es un depredador, un jefe de la mafia cuya palabra es ley y cuyo corazón se creía muerto. Pero Sofía, con su inocencia indomable y su inesperada resistencia, desentierra una vulnerabilidad que él juró enterrar bajo capas de poder.
Atrapados en una mansión dorada que es también su jaula, la tensión entre ellos se vuelve insoportable. ¿Podrá Sofía amar a un hombre cuyo mundo se construye sobre secretos y violencia? y estará Alejandro dispuesto a quemar su imperio hasta los cimientos para mantenerla a salvo?
prepárate para una historia donde la obsesión es la única regla.
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capitulo 24
El descenso por los túneles del acueducto fue un descenso a los infiernos de la negligencia. Lo que en los planos reales figuraba como una red de ingeniería envidiable, en la realidad era un laberinto de paredes desconchadas y sedimentos que llegaban hasta los tobillos. La antorcha de Alejandro proyectaba sombras alargadas que parecían monstruos acechando en cada recodo.
—Cuidado —advirtió Mateo, señalando una sección donde el techo se había hundido parcialmente—. La falta de mantenimiento no solo mató las cosechas, también está matando la montaña.
Sofía avanzaba con la mandíbula apretada. Cada paso en ese lugar era un recordatorio físico de la traición de la Reina Madre y Valois. No eran solo números en un papel; eran piedras que caían, agua que no llegaba y un reino que se desmoronaba por dentro mientras la fachada de mármol del palacio seguía brillando.
La Ciudad Baja y el hedor de la traición
Después de lo que parecieron horas de caminata en semicírculo bajo la tierra, el aire cambió. El olor a tierra húmeda fue reemplazado por el hedor metálico y rancio de los desechos urbanos. Habían llegado a los niveles inferiores de la capital.
—Aquí es donde nos separamos —dijo Mateo, deteniéndose ante una pesada rejilla de hierro—. Si sigo con ustedes, seré un blanco fácil. Regresaré a la aldea para organizar a mi gente. Si Valois intenta declarar la regencia, el sur no se quedará callado.
Alejandro le estrechó la mano con firmeza. —Gracias, Mateo. Eldoria no olvidará esto.
Con un esfuerzo coordinado, Alejandro y los dos guardias restantes levantaron la rejilla. Salieron a un callejón oscuro en el Distrito de los Curtidores, una zona donde el ruido de las curtidurías y el bullicio de la clase obrera servían como el camuflaje perfecto.
Sofía se limpió el rostro con un trozo de su capa. Estaba irreconocible: cubierta de hollín, barro y con el cabello desordenado. Parecía cualquier cosa menos una reina, y esa era su mayor ventaja.
—El Ministerio de Auditoría está a seis calles —susurró ella—. Si vamos por los techos de las caballerizas, evitaremos las patrullas de la Guardia Real que Valois ha desplegado.
Infiltración en el santuario de los números
El edificio del Ministerio era una estructura austera de piedra gris, un monumento a la burocracia que Valois siempre había despreciado por considerarlo "un nido de contadores sin sangre". No sabía que ese "nido" era ahora la última línea de defensa del trono.
Entraron por una ventana del segundo piso, usando la destreza física de Alejandro para izar a Sofía. El interior estaba en silencio, solo roto por el tictac de los grandes relojes de péndulo.
—¡Ricci! —susurró Sofía al llegar a la oficina principal.
El contador estaba acurrucado bajo su escritorio, abrazando un maletín de cuero como si fuera su propia vida. Al ver a los reyes, casi se desmaya del alivio.
—Majestades... pensaba que estaban muertos. El Duque... el Duque ha tomado el Gran Salón. Está anunciando que el carruaje real cayó por un barranco y que no hay supervivientes. Está redactando el acta de regencia en este mismo momento.
—¿Tienes los documentos, Ricci? —preguntó Alejandro, cuya voz había recuperado ese tono gélido de autoridad que hacía temblar a sus enemigos.
—Aquí están. Las pruebas originales, las firmas de las empresas fantasma y la confesión sellada —Ricci entregó el maletín—. Pero no podrán llegar al Gran Salón. Hay cincuenta hombres armados en la puerta principal.
Sofía tomó el maletín y miró a Alejandro. En sus ojos no había miedo, sino una chispa de triunfo.
—No necesitamos entrar por la puerta principal, Alejandro. Valois ha basado su golpe en una mentira: nuestra muerte. No hay nada más poderoso para destruir una mentira que la verdad apareciendo de entre los muertos.
El enfrentamiento final en el Gran Salón
Minutos después, las puertas dobles del Gran Salón, donde la nobleza se había reunido de urgencia, se abrieron de par en par. El Duque de Valois estaba de pie en el estrado, con una pluma en la mano, a punto de firmar el documento que lo convertiría en el gobernante de facto de Eldoria.
—...y en vista de esta tragedia sin precedentes —decía Valois con una voz fingidamente quebrada—, asumo la carga del mando para evitar que nuestro amado reino caiga en la anarquía...
—Esa pluma le queda grande, Duque —la voz de Sofía resonó en la inmensa bóveda, cortando el aire como un látigo.
Toda la sala se giró al unísono. Sofía y Alejandro entraron. No llevaban coronas, ni armaduras de gala. Estaban sucios, heridos y cubiertos del barro de las provincias que el Consejo había despreciado. Pero su sola presencia irradiaba una fuerza que hizo que los nobles retrocedieran como si hubieran visto un fantasma.
Valois palideció, su mano temblando sobre el papel. —¡Impostores! ¡Guardias, detengan a estos mendigos!
Pero los guardias no se movieron. Miraron a su Rey, vieron la mirada de Alejandro —una promesa de muerte para cualquier traidor— y bajaron sus lanzas.
Sofía caminó hacia el estrado, subiendo los escalones con una elegancia que el barro no podía ocultar. Arrojó el maletín sobre la mesa, justo encima del acta de regencia.
—Aquí está el costo de su "regencia", Duque —dijo Sofía, su voz elevándose para que cada noble en la sala la escuchara—. Cuarenta por ciento de desvío de fondos. Traición al pueblo. Intento de magnicidio. Y lo más imperdonable: subestimar a la mujer que usted llamó "mujerzuela sin linaje".
Alejandro se colocó detrás de ella, poniendo una mano en su hombro.
—Duque de Valois, por el derecho de la sangre y la ley del reino, queda arrestado por alta traición.
Valois intentó hablar, pero no le salieron las palabras. La caída fue total. Mientras los guardias se lo llevaban a rastras, el silencio en el salón fue roto por un solo aplauso, que pronto se convirtió en un estruendo. No eran los nobles quienes aplaudían primero; eran los sirvientes y los guardias de las puertas inferiores.
Sofía se apoyó en la mesa, cerrando los ojos por un segundo. La huida había terminado. La batalla por el trono se había ganado, no con espadas, sino con la verdad que arrastraron desde la oscuridad de los túneles.
—Lo logramos —susurró Alejandro al oído de Sofía.
—No, Alejandro —respondió ella, mirando a la multitud que ahora los aclamaba—. Solo acabamos de empezar. Mañana, empezamos a reconstruir los acueductos.
escrituras , al parecer 2 versiones de una misma historia
🤔
qué se cree ????/Smug/