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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7 – A cualquier costo. Vivir dejó de ser una opción.

El cansancio se apoderaba de su cuerpo, pensar requería un esfuerzo, la cabeza le dolía, punzante, insistente. Necesitaba comer.

Tenía que sobrevivir. A cualquier costo.

Porque sus hijos—pequeños, inocentes—la necesitaban. Eso quería creer. O tal vez no. Tal vez debían pensar que estaba muerta.

Cada vez que los imaginaba, el nudo en la garganta se apretaba más. La tristeza devoraba. Quemaba. Una presión en el pecho, asfixiante. Las lágrimas nublaban su vista.

Tenía que hacer algo.

Empezó a revisar cada centímetro de la oficina. Cajones abiertos de golpe. Papeles esparcidos. Carpetas revueltas. Y entonces, lo vio.

Cosas inimaginables. Experimentos. Víctimas. Números y nombres apilados en documentos fríos.

Horrores descritos.

Cosas inhumanas.

La furia la tomó por completo. Su pecho subía y bajaba, la respiración entrecortada, su piel ardiendo de impotencia. Un temblor sacudió sus brazos y manos.

De un golpe, barrió todos los papeles y carpetas de la mesa. Pero la ira seguía ahí. Palpitante. Insaciable.

Iba de un lado a otro, la respiración agitada. Arrasaba con todo a su paso, esparciendo el caos.

Nada era útil. Nada servía.

Solo quedaban en pie el escritorio, y aquel cajón en la esquina.

Lo agarró con ambas manos y lo lanzó con desesperación.

El impacto resonó en la habitación. Las gavetas cayeron hacia los lados. El cajón quedó boca arriba, desnudo, inútil… salvo por algo.

Un papel.

Doblado, amarillento. Pegado a la superficie como si el tiempo lo hubiera fundido con la madera.

Se inclinó. Lo despegó con cuidado.

Abrió el documento, era algo grande, se encontraban unas series de líneas y marcas. Pensó: Un mapa. Un plano.

Extendió el papel sobre la mesa. Lo sacudió; un poco de polvo que se disipó. Límites precisos. Bordes definidos. En el centro, un cuadro. Dentro, más líneas, delgadas, estrictas, dividiendo el espacio. Alrededor, nada. Solo vacío. Como si estuviera aislado de todo..

Debía ser del lugar, lo compró mediante las cámaras, cada habitación y pasillo estaban en el plano.

Tomó una hoja en blanco. Dibujó el plano en ella, marcó todos los lugares donde estaban los muertos para no correr riesgos, mientras los del pasillo estaban atacando a alguien. Lo utilizo como ventaja.

Cogió una mochila, se paró frente a la puerta y pensó en sus pequeños. Su angustia crecía al igual que sus interrogantes: ¿Cómo estarían viviendo, pasando necesidades? ¿Quién los estaría cuidando? Necesitarían de ella.

Eso le dio el coraje de salir de esa habitación.

Con pasos silenciosos, cerró cuidadosamente la puerta de la habitación. En el camino se encontró aquel guardia que se disparó en la cabeza, lo reviso y tomo todo lo que consideró necesario incluyendo unas llaves y el arma que tenía.

Como ya conocía el lugar, fue directo a la armería. Manos temblorosas. Silencio contenido. Deslizó los dedos sobre el llavero, sacando una a una, sosteniendo el resto con cuidado, evitando cualquier tintineo. Probó. Falló. Probó otra vez. Hasta que, por fin, la cerradura cedió.

Ya dentro de aquel ambiente frío y sofocante, rodeado por paredes de metal, el aire estaba cargado de un olor denso y penetrante. Una mezcla de aceite, humo, sudor y metal. Desagradable. Difícil de ignorar, como si se filtrara en la piel y la ropa, dejando una sensación pesada.

Las filas de estantes rodeaban el lugar. Diferentes tipos de armas . Vitrinas con cajas de municiones apiladas y herramientas dispersas: destornilladores, llaves inglesas, linternas, y algunas otras cosas más. En el centro, una mesa.

Avanzó hasta la mesa. Extendió las llaves sobre la superficie fría. Papel, lápiz, cinta adhesiva. Rápido. Marcó la habitación con su nombre. Se quitó la bata de baño, que aún llevaba puesta, tomó algunas prendas y botas de su talla, se vistió.

Tomó un chaleco y le quitó el peso. Se ajustó varias correas y cinturones al cuerpo. Luego repartió las llaves, por toda la ropa, al igual que todas las armas que pudo, leyó algunos manuales, que de alguna manera los entendió con tanta facilidad. verificó que estuvieran cargadas. Llevo algunas otras herramientas en la mochila.

Respiró hondo. Ahora sí. Entreabrió la puerta observó que no hubiera nadie más y salió sigilosamente. cerrándola nuevamente para evitar que fuera invadido por los muertos.

Llegó a la cocina, aunque la puerta estaba cerrada habían dentro algunos pocos muertos, Habían un par de ventanas en ella, los miró un momento, mientras probaba las llaves y no estaban como los del pasillos, estos apenas se movían.

Entró cuidadosamente al lugar y se ocultó tras una mesa que estaba tumbada de lado, en un rincón. Tomó un arma con silenciador y comenzó a disparar. No dudaba. No fallaba. Como si su cuerpo recordara lo que su mente aún no entendía, cada disparo daba justo en la cabeza.

En esos momentos de confusión comenzó a escuchar pasos y gruñidos, provenientes de afuera. Rápidamente cerró la puerta para evitar que entrara algún otro.

Aliviada al revisar y no encontrar a nadie más, al menos no vivos. Las manchas secas de sangre, cubrían el lugar, bandejas, sillas, mesas volcadas. El aire tenía un olor rancio y nauseabundo. Comida descompuesta, bolsas rotas … algo más. Era un caos y no podía aguantar mucho tiempo ahí.

Cruzó hacia la cocina. Separada del comedor, pero igual de caótica.

Platos rotos. Cuchillos dispersos. Trastes tirados por todas partes. Frutas y verduras pudriéndose. Líquidos oscuros manchando el suelo. Un hedor. Arañazos en las paredes. En las puertas.

Encendió la cafetera. Aún funcionaba. Un gorgoteo. El aroma familiar.

Tomó un sorbo. Calor deslizándose por su garganta. Un destello en sus sentidos.

¿Cuándo fue la última vez que tomó café?

No lo recordaba.

Disfrutó de ese momento. Sentada cómodamente. El amargo tibio en su lengua, el aroma envolviendo el aire. Por un momento, solo eso existió. El placer sencillo de un sorbo.

Se acercó al refrigerador. Tantas cosas. Demasiadas. Eligió una manzana. Roja, brillante. La sostuvo en la mano, pesada, fría. El primer mordisco crujió. El jugo le humedeció los labios, masticó despacio, el dulce sabor mezclado con la acidez.

Pero fue solo un aperitivo. Su estómago necesitaba algo más, tomó algunas cosas de refrigerador, las lavó bajo el agua helada, junto a algunos trastos.

Encendió la estufa. El gas susurró antes de prenderse con un chasquido azul.

Un par de filetes. Carne real. Lo colocó sobre la sartén caliente. El sonido, un siseo, el aroma se elevó, envolviéndola.

Mientras la carne soltaba su jugo, cortó unas verduras, las echó a la sartén. Un poco de sal. Pimienta. Orégano… Otras especies.

Su estómago rugió, impaciente. Sirvió la comida en un plato y se sentó. El primer bocado fue un estallido de sabor y calor. Suavidad, textura. Masticó despacio, saboreando cada bocado.

Comió en silencio, consciente de cada latido, de cada respiración. Afuera, el mundo se caía a pedazos. Dentro de ella, algo acababa de despertar.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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