Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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PROBLEMAS FAMILIARES
El sol se alzaba sobre el Reino de Grand Village, bañando con una luz dorada las imponentes torres de la academia de magia más prestigiosa de la región. Era un nuevo día de evaluaciones, y aunque el ambiente exterior era de una paz idílica, dentro de los muros de piedra de la institución la tensión se podía cortar con un cuchillo. Los ecos de los duelos del día anterior todavía flotaban en las conversaciones de los estudiantes, quienes sabían que hoy se definirían los rangos finales de la temporada.
En el ala médica de la academia, el olor a hierbas curativas y el suave zumbido de los encantamientos de sanación llenaban el aire. Leónidas se encontraba de pie junto a una de las camillas, observando con atención a su compañera.
—¿Te sientes mejor, Deila? —preguntó Leónidas, con una nota de alivio en su voz que intentaba ocultar su preocupación previa.
Deila se incorporó lentamente, probando la flexibilidad de sus músculos. Su piel, antes pálida por el agotamiento mágico, había recuperado su color natural.
—Así es —respondió ella, dedicándole una pequeña sonrisa de agradecimiento—. La enfermera Katlyn es asombrosa; su magia curativa es sumamente efectiva. Siento como si nunca hubiera estado en combate.
Blake, que permanecía apoyado contra la pared con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, finalmente intervino.
—Nos alegra que estés de vuelta —dijo con su habitual tono serio—. Pero hay que admitir la realidad: la magia de Gin es poderosa. Nos ha servido como un recordatorio de que no podemos confiarnos.
Deila bajó la mirada, apretando los puños sobre las sábanas blancas de la camilla. La derrota todavía escocía en su orgullo.
—Estoy de acuerdo contigo, Blake —susurró—. Tendré que entrenar mucho más duro si quiero proteger a mis compañeros y superar ese nivel.
Sin embargo, el tiempo para lamentarse era un lujo que no poseían. Leónidas se enderezó, ajustando su equipo de combate.
—Ey, Blake —llamó su atención, con una expresión que indicaba que el momento de la verdad había llegado—. Hoy nos toca a nosotros.
Blake asintió con una parsimonia casi gélida.
—Así es. Mi oponente hoy es Tokata.
Al mencionar ese nombre, un escalofrío recorrió la espalda de Deila. Recordaba perfectamente la arrogancia y la presencia abrumadora de aquel joven durante el inicio del año escolar.
—Viendo cómo se interpuso en nuestro camino en la ceremonia de bienvenida, imagino que es igual de fuerte que Gin —advirtió ella, mirando a Blake a los ojos con genuina preocupación.
Blake no se inmutó. Su determinación parecía forjada en el mismo acero que su voluntad.
—Ya veremos —fue su única respuesta.
Deila se levantó de la camilla y caminó hacia él, poniendo una mano reconfortante en su hombro.
—Lo harás bien, Blake. No te dejes llevar por sus provocaciones. No te preocupes, confiamos en ti.
El gran coliseo de prácticas estaba abarrotado. En el centro de la arena, bajo la atenta mirada de cientos de ojos, se encontraba Hitoka. Como uno de los diez magos de la corte, su mera presencia imponía un silencio sepulcral en las gradas.
—Sean bienvenidos —declaró Hitoka, su voz resonando mágicamente en cada rincón del salón—. Hoy presenciaremos los últimos enfrentamientos de esta fase evaluativa.
Consultó un pergamino oficial y luego alzó la vista hacia los estudiantes que esperaban en el túnel de acceso.
—Los que lucharán hoy son... —hizo una pausa dramática— Tokata contra Blake.
Leónidas le dio un firme apretón de manos a su amigo antes de que este saliera a la luz.
—Buena suerte, amigo —le deseó con sinceridad.
—Buena suerte, Blake... —añadió Deila desde la distancia, con un nudo en la garganta.
Ambos combatientes caminaron hacia el círculo central de la arena. El contraste entre ellos era evidente: Blake, contenido y analítico; Tokata, desbordando una confianza que rayaba en la crueldad.
—Espero que estés listo... hermano —siseó Tokata cuando estuvieron lo suficientemente cerca. La palabra "hermano" salió de sus labios cargada de veneno, un recordatorio de un pasado que Blake preferiría olvidar.
Hitoka alzó la mano derecha, captando la energía del ambiente. Los espectadores contuvieron el aliento.
—¡Luchen! —exclamó, bajando el brazo con un movimiento tajante que dio inicio oficial al duelo.
Lejos del clamor de la arena, en la planta más alta de la academia, el despacho del Director Bale ofrecía una perspectiva diferente del combate a través de una gran esfera de cristal que retransmitía cada movimiento. El director, un hombre de sabiduría incalculable, observaba la pantalla con los dedos entrelazados.
—¿Qué sabes de ellos dos, Jill? —preguntó sin apartar la vista del enfrentamiento.
La profesora Jill, que se encontraba a su lado, consultó los expedientes de la clase.
—Hasta donde sabemos, señor, los dos son hermanos. Pertenecen al clan Terra.
—El clan Terra... —murmuró Bale, su expresión volviéndose más sombría—. Un clan dominante, famoso por producir los miembros mágicos de tierra más poderosos y resistentes del reino.
Jill asintió, señalando la esfera de cristal donde Tokata acababa de lanzar una ráfaga de proyectiles ígneos.
—Así es, señor. Pero hay una disparidad notable aquí. Tokata tiene la clara ventaja; su poder mágico base es muy superior al de Blake. Además, Tokata ha logrado despertar el subdominio mágico de lava, una mutación rara y devastadora. Blake, por su parte, solo utiliza la tierra convencional.
El director suspiró, viendo cómo Blake apenas lograba esquivar un pilar de roca fundida.
—En ese caso, ya sabemos quién es el ganador, ¿verdad? —concluyó Bale.
—Me temo que sí, señor... —respondió Jill con pesar.
En la arena, la temperatura había subido drásticamente. Tokata no estaba peleando para ganar puntos; estaba peleando para destruir.
—¡Intenta esquivar esto! —gritó Tokata, golpeando el suelo con ambas manos.
Una lluvia de meteoros, envueltos en una capa de lava incandescente, descendió desde el techo del coliseo hacia la posición de Blake. Blake, con los reflejos agudizados por el peligro, se movió con una agilidad sorprendente. Conocía los patrones de ataque de su hermano; se habían enfrentado miles de veces en su infancia, y ese conocimiento era lo único que lo mantenía con vida en ese momento.
—¡Mi turno! —exclamó Blake, realizando una compleja serie de sellos manuales—. ¡Dios de la tierra, aplasta a mis enemigos con tu fuerza! ¡Lluvia de meteoros!
Enormes rocas sólidas se materializaron en el aire y cayeron sobre Tokata con una fuerza brutal. Sin embargo, Tokata ni siquiera se movió. Con un gesto indolente de su mano, creó una barrera de lava que vaporizó las rocas antes de que pudieran tocarlo.
—¿Acaso ese es tu límite, Blake? —se burló Tokata, soltando una carcajada que resonó en todo el estadio—. ¡Maldición... mis ataques no funcionan! —pensó Blake, apretando los dientes mientras retrocedía.
—Tal vez sea hora de mostrarte nuestra verdadera diferencia de nivel —sentenció Tokata. Sus ojos brillaron con un fulgor anaranjado—. ¡Dios de la tierra y el fuego, combinen su fuerza y derroten a mis enemigos!
Hitoka, observando desde el borde de la arena, abrió los ojos con asombro.
—¿Qué? Este niño tiene un control del subdominio increíble para su edad —pensó el mago de la corte.
Tokata desató una ola de lava purulenta que cubrió gran parte de la arena. Leónidas, desde las gradas, sintió que el corazón se le detenía.
—¿Hermano? —murmuró al escuchar el grito de Tokata, procesando apenas la revelación familiar.
—¿Acaso dijo hermano? —preguntó Deila, estupefacta.
Blake, viendo la ola de muerte acercarse, convocó su defensa final.
—¡Dios de la tierra, protégeme con tu poder... Escudo de roca! —gritó con desesperación.
Un muro masivo de piedra surgió del suelo, pero el poder de Tokata era abrumador. La lava fundió la defensa de Blake instantáneamente, provocando una explosión masiva que lanzó escombros en todas direcciones.
Cuando el humo se disipó, Blake estaba arrodillado, jadeando con dificultad. Su brazo izquierdo quemado y herido.
—Agh, mi brazo... —gimió de dolor—. Al menos no me noqueó... —susurró, intentando ponerse de pie con una voluntad inquebrantable.
Tokata, viendo que su hermano todavía respiraba, perdió los estribos. La envidia y el odio que guardaba hacia Blake afloraron con furia.
—¿Cómo te atreves a no caer? —rugió—. ¡Te mataré! ¡Dios de la tierra y fuego...!
Justo cuando Tokata se preparaba para lanzar un ataque que habría sido fatal, una presencia apareció entre ambos combatientes. Era Hitoka, cuya autoridad congeló el aire.
—¡Suficiente! —ordenó Hitoka con una voz que no admitía réplicas—. El ganador es Tokata. El duelo ha terminado. Pueden retirarse.
Blake bajó la cabeza, aceptando la derrota. Tokata, aunque victorioso, se acercó a su hermano antes de salir del círculo.
—La próxima vez te acabaré, Blake —le siseó con una frialdad que prometía más violencia en el futuro.
Hitoka miró a Blake con una pizca de respeto.
—Blake, ve a la enfermería de inmediato. ¿Puedes moverte?
—Sí, señor... —respondió Blake, alejándose cojeando de la arena.
En el despacho del director, Bale observaba el retiro de los combatientes.
—Esos dos... —comentó Bale, pensativo—. Jill, debes entrenar más al muchacho de tu clase. Tiene un potencial que él mismo desconoce.
—Lo haré, señor —prometió la profesora Jill.
—Dos prodigios más; qué sorpresa —continuó el Director Bale—. Protegerse de un ataque con subdominio de lava usando solo la tierra básica es impresionante. Ese chico, Blake, tiene una resistencia y un control técnico que pocos poseen.
Jill asintió, mirando hacia el centro de la arena donde el personal ya estaba limpiando los restos de lava.
—Estoy de acuerdo, señor. Pero ahora sigue el enfrentamiento más esperado por todos.
De vuelta en el coliseo, Hitoka retomó su posición central.
—Bien —anunció para el público—. El último combate del día será entre Joan y Leónidas.
Leónidas se puso de pie, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Cruzó una mirada con Deila, quien le dio un gesto de ánimo. Al entrar en la arena, se encontró con Joan, quien ya lo esperaba con una expresión indescifrable.
El último enfrentamiento estaba por empezar. En un ambiente cargado de magia y expectativas, todos se preguntaban: ¿Quién saldrá victorioso en este duelo final?